Revista Conexos

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Los humores medievales de don Quijote

EILEEN VALDÉS

 

En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha los humores van condicionando el comportamiento y carácter de su protagonista don Quijote. Estos humores van a estar estrechamente relacionados con la dietética antigua, que es precisamente, de donde surge esta “doctrina humoral”. Las sustancias y fluidos humanos al transformarse se convierten en un líquido viscoso llamado “humor”. Cada humor es soporte de dos cualidades elementales: la flema, de lo frío y lo húmedo; la sangre, de lo caliente y lo húmedo; la bilis amarilla, de lo caliente y lo seco; y la bilis negra, de lo frío y lo seco. Cada humor es atraído al lugar más idóneo según su condición: la flema a la cabeza, la sangre al corazón, la bilis amarilla al hígado, la bilis negra al bazo. Hablemos de la posibilidad de cómo el exceso de bilis en el cerebro produce locura en don Quijote, y la estrecha relación que esto tenía con la forma, cantidad y veces que él comía.

  Esta teoría de los cuatro humores dominó gran parte del pensamiento médico occidental e islámico, y viene desde los tiempos de Hipócrates en el siglo IV a.C. Esta teoría “humoral” suponía la existencia de cuatro humores: sangre, cólera, flema y melancolía. Los mencionados anteriormente circulaban por la sangre para dar lugar a otros cuatro modos de temperamento: sanguíneo, colérico, flemático y melancólico. El legado hipocrático valoraba la “eucrasía”, que en medicina significa buen tipo constitucional del cuerpo; es decir el equilibrio de los humores. En palabras de Christine Orobotig, “la salud de nuestros cuerpos consiste en el temperamento y proporción de estos cuatro humores, y la enfermedad cuando se destemplan, creciendo o menguando los unos sobre los otros” (73). Los “humores” afectaban tanto a la naturaleza física como a la espiritual; y por primitivas que nos parezcan hoy estas ideas, representan el antecedente histórico de la fisiología y de las teorías abiertamente materialistas de la conciencia.

  Este concepto de los humores era ampliamente conocido por las personas de la época. Miguel de Cervantes aprovecha esto a su favor para describir y caracterizar a través de ellos a su mejor creación, don Quijote de la Mancha. Los mismos van a ayudar a los lectores a interpretar ciertos aspectos físicos y espirituales del Quijote. La idea de utilizar los humores medievales en las novelas u obras de teatro no fue algo que inició Cervantes, ya que en otros libros se puede ver su presencia. Lo que si fue innovador, es la forma en que los utiliza. Cervantes crea en esta novela una correlación entre el grado de lucidez del Quijote y las veces que come. Esto lo logra haciendo que uno de los humores sea más predominante cuando tiene el estómago vacío, y que al comer pase a otro siendo el cambio notorio en su grado de lucidez. Cervantes consigue marcar esta diferencia de una manera ingeniosa a través de los diálogos y la forma de comportarse del Quijote.

  Además de que esta teoría de los humores era sobradamente conocida, se especula que se inspiró en el primer documento oficial traducido al castellano que hablaba sobre la misma. Pedro García nos comenta sobre lo mencionado: “Esta sintomatología, tenida por científica en la época, había sido anticipada por el doctor Juan Huarte de San Juan en su afamada obra Examen de ingenios…el primer tratado escrito en lengua vernácula” (120). Se piensa que, así como Cervantes conocía vastamente la literatura de la época, también había estudiado plenamente este documento para la creación de su Quijote. Y añade García, “Cervantes ha leído en el Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan una determinada teoría de los humores, así como una doctrina de los ingenios, que vienen a abundar en algo que era opinión común de la Europa de aquel tiempo…y condicionaba el temperamento o manera de ser” (119). En su investigación Pedro Gargantilla, Jaime Delgado, y Emilio Pintor se aventuran a decir: “es posible que el apelativo ‘ingenioso’ dado por Cervantes a su hidalgo lo tomara ‘prestado’ del título de la obra de Huarte” (575).

  Cervantes era un genio de la escritura y quedó demostrado con los juegos de palabras que utilizó en El Quijote, donde siempre está entrelazando de forma babélica la verdad y la mentira, entre la realidad y la ficción. Siendo esta su línea de escritura, solo podíamos esperar un anti-héroe lleno de contradicciones como personaje principal de esta novela; el cual, además de tener muchos matices, se va a desplazar entre tres humores predominantes: colérico, melancólico y flemático. Recordemos que para que un individuo estuviera de forma idónea los cuatro humores debían estar balanceados, aunque siempre uno sobresalía, aunque no quiere decir que los otros humores no estuvieran presentes. Felipe Sánchez nos comenta sobre esto: “flaco lo vemos al comienzo de la novela, y flaco, amarillo y con los ojos hundidos, le vemos regresar al final de su carrera andante…El genio de Cervantes supo ver las íntimas relaciones psicosomáticas que se producían en los hombres. Su aguda observación captó los rasgos diferenciales del carácter y su pluma los mostró en pinceladas definitorias” (79). A continuación, las características de los humores para poder entender lo que Cervantes nos quiso transmitir:

HumorEstaciónElementoÓrganoCualidadesAdjetivación AntiguaAdjetivación ModernaCaracterísticas antiguas
SangrePrimaveraAireCorazónTemplado y húmedoSanguíneoArtesanoValiente, esperanzado, amoroso
Bilis amarillaVeranoFuegoHígado, vesícula biliarTemplado y secoColéricoIdealistaMal temperamento, fácil de enojar
Bilis negraOtoñoTierraBazoFrio y secoMelancólicoGuardiánAbatido, somnoliento, depresivo
FlemaInviernoAguaCerebro/pulmónFrio y húmedoFlemáticoRacionalCalmado, indiferente

  Centrémonos en los tres humores que utiliza Cervantes para describir al personaje principal don Quijote. El escritor fluctúa entre dos; uno lo adjudicamos a sus características físicas, y el otro a sus características espirituales.

  Para describirlo físicamente Cervantes utiliza el humor “colérico”, pero para sus características espirituales se inclinan más por el humor “melancólico”. Según Cristina González lo que hace Cervantes es “conectar la naturaleza intelectual de la persona con su naturaleza biológica”(4). La combinación de estos humores se deja ver desde el primer capítulo, “Era (don Quijote de la Mancha) de complexión recio, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza…Y del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio” (I.I.28). Estos rasgos coinciden con los temperamentos colérico y melancólico según la caracterización de la medicina antigua. Pedro García argumenta que “de ahí que los rasgos físicos de Don Quijote coincidan con la definición tradicional del individuo colérico… Asimismo, la pista melancólica que lleva a padecer una enfermedad del alma al caballero andante cervantino” (130). También el temperamento de una persona viene dado además por aquello que usualmente come. Algunos investigadores de este tema incluso se atreven a decir que desde el título de la novela y sus primeras palabras podemos ver los humores reflejados: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes” (I.I.27). ¿Cuál fue el propósito de Cervantes al empezar contándonos sobre la dieta rutinaria del Quijote? Cristina González, investigadora sobre el tema, nos comenta:

  “la facultad imaginativa de don Quijote, su ingenio, es una característica del temperamento colérico según la teoría de los humores de Juan Huarte de San Juan,…De acuerdo con el pensamiento médico de la época, algunos alimentos, como las lentejas, que don Quijote come todos los viernes, agudizan esta condición. Es decir que el título de la novela, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y la dieta del protagonista nos pondrían sobre la pista de sus problemas.” (3)

  Siguiendo el hilo que une la descripción de los alimentos que consumía don Quijote con los temperamentos del mismo, esto nos añade a lo dicho Dolores López:

  “Todas las carnes de digestión pesada producen melancolía. En cuanto a la carne de ave se tolera mejor la carne de animales nuevos a excepción del pollo de paloma o pichón. En cuanto a las legumbres don Quijote suele comer lentejas los viernes. Las legumbres, en general son nocivas y producen melancolía porque acumulan gases en la cabeza que generan sangre negra, espesa y sueño perturbador. Las especias -el sabroso salpicón- causan melancolía cálida y cefálica, pues la sal y los alimentos salados favorecen grandemente el desarrollo de la melancolía.”(883)

  Aunque valga considerar también que “en el siglo XVI están de moda las cualidades temperamentales, sobre todo la melancolía, que adquirió una connotación de esnobismo” (López 885). Podemos especular que esta tendencia de usar el humor “melancólico” para dar distinciones de grandezas, el autor la problematizó al jugar con las diferentes características de los otros dos humores que se reflejan en el personaje.

  No solo los utilizó para describir sus características; Cervantes fue más allá y logró que estos dos humores predominaran mientras el estómago estuviera vacío. Los cuales correspondían a los humores que tenían que ver con la bilis (colérico con la bilis amarilla, y melancólico con la bilis negra). Sobre el tema nos explica Javier de la Higuera, “Cólera y melancolía no son rasgos temperamentales contrarios o incompatibles. El calor, según la teoría de Hipócrates-Galeno que sigue Huarte, es necesario para digerir y para las demás funciones vitales, es derivado a la cabeza en las personas dedicadas a una excesiva actividad intelectual, de manera que el rezar, contemplar y meditar enfría y deseca el cuerpo y lo hace melancólico”.

  ¿Qué es la bilis y cómo influye todo esto en el humor del Quijote? El hígado produce un líquido que se almacena en la vesícula biliar. Cuando comemos, la bilis sale de la vesícula por las vías biliares, llega al intestino delgado y se mezcla con las grasas de los alimentos. Los ácidos biliares disuelven las grasas, como los detergentes disuelven la grasa de una sartén. El hígado produce aproximadamente un litro de bilis al día. Al pasarse el Quijote largas jornadas sin comer, la bilis se descompensaba y con ella los humores a los que esta sustancia pertenecía, exacerbando así la locura por la tanta lectura de los libros de caballería. Estos humores subían al cerebro descompensando el comportamiento de nuestro Caballero de la Triste Figura.

  Esta correlación la empezamos a ver tan tempranamente como en el segundo capítulo: “él anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta” (I.II.36). La palabra hambre es repetida dos veces para enfatizar la condición del Quijote y que empecemos a asociar la falta de comida con la locura de este. Recordemos varias de las desafortunadas aventuras en las que se mete nuestro Quijote. En los capítulos que le siguen, confunde la venta con un castillo, a las prostitutas con doncellas, y es armado caballero allí mismo por el ventero pícaro con la ayuda del porquero y las prostitutas. Además, allí es donde ocurre la vela de las armas por don Quijote, donde termina peleando con los arrieros. Le sigue la aventura con el desafortunado muchacho Andrés. Según Dolores López: “La perturbación melancólica afecta principalmente a los sentidos, pues tienen falsas sensaciones visuales, auditivas, olfativas y táctiles. La melancolía es una enfermedad llena de fantasías, hace pensar que se oye o ve aquello que no se ve ni se oye, y el hombre que tiene esta locura piensa de sí aquello que no puede ser jamás” (882). Todas estas aventuras en las que se mete don Quijote, que no tienen ni pie ni cabeza, nos muestran los desvaríos mentales que este tiene cuando el estómago está vacío. Sobre esta dualidad de humores nos explica Javier de la Higuera: “colérico-melancólico, que se define más bien por la fluctuación de esos estados o, incluso, por la forma en que el rasgo melancólico sobrepuja al impulso colérico”.

  Estas secuencias de infortunios para nuestro protagonista vienen a parar en el capítulo VI cuando finalmente regresa a casa y pide que le den de comer y le dejen descansar: “hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otras cosas, sino que le diesen de comer y le dejasen dormir” (I.VI.60). Vemos cómo toda la locura mengua un poco en el momento en el que el estómago vuelve a llenarse y los humores a balancearse. Entonces el Quijote pasaba al tercer humor, flemático. Una vez que el estómago tiene alimentos que procesar, la bilis empieza a trabajar; entonces estos humores (bilis amarilla y bilis negra) que subían al cerebro y contribuían a la desorganización del estado mental del Quijote regresan a los lugares que pertenece que son el bazo y el hígado. Al empezar el proceso digestivo, los humores recobran su armonía en el cuerpo y el Quijote pasa al tercer humor que le acredita Cervantes. Veamos cómo se manifiesta esto en las líneas: “Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones” (I.XI.96). Nuevamente Cervantes utiliza palabras claves como “satisfecho su estómago” para enfatizar el humor al que estaba próximo a pasar don Quijote. Después que los humores retomaran su equilibrio, don Quijote pasaba a un estado flemático, donde se volvía una persona más pasiva, pensativa, pacífica y ecuánime. De hecho, después de haber satisfecho el hambre es que en la voz del Quijote llega, en el capítulo XI, uno de los mejores discursos del libro, el “Discurso de la Edad de Oro y la Edad de Hierro”.

  El contraste entre el comportamiento del Quijote con el estómago vacío o lleno se marca en los capítulos venideros, donde al estar satisfecho de alimentos no está buscando aventuras descabezadas, sino más bien, escuchando historias de otros personajes. Aurora Egido nos explica: “una vez más, (Cervantes) recogió las contradicciones que en torno al tema habían desarrollado con anterioridad teólogos, médicos y filósofos para expresar la doble paz de un humor que, como en don Quijote, produce resultados de variado signo”(5). Esto el autor lo utiliza a su favor para crear estos cambios de humores condicionados a la dieta del personaje. Comer o no comer no provoca la locura en don Quijote, pero sí la enfatiza.

  Otro ejemplo de un comportamiento más lúcido lo encontramos en el capítulo XV, “apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron” (I.XV.130). Este capítulo cuenta la aventura de los yangüeses, a diferencia de los otros capítulos donde don Quijote confunde ventas con castillos, prostitutas con mozas y molinos con gigantes, aquí está muy seguro de la realidad y del tipo de persona a la que se enfrenta: “a lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea” (I.XV.131).

  Esta lucidez del personaje empieza a mermar según va pasando tiempo sin ingerir alimentos. Después del acontecimiento de los yangüeses, acompañado de Sancho, encuentra una venta, aunque él insiste que es un castillo. Una vez instalados en esta venta donde les dan posada, pero no les dan comida, empieza a desvariar mucho más. Es en este capítulo donde confunde a la poco agraciada Maritornes con la hija del ventero, que a su vez; él piensa que es la hermosa princesa del castillo donde cree estar: “Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura” (I.XVI.143). Es interesante cómo en el capítulo anterior el hidalgo estaba muy consciente de que los yangüeses eran yangüeses y ahora por la falta de alimento, a una torpe y no agraciada asturiana la confundía con una hermosa doncella.

  Los desvaríos por la falta de comida no terminan aquí, más bien empeoran cuando el Quijote, para curarse las heridas, decide preparar un bálsamo mágico, el famoso “bálsamo de Fierabrás”. Terminado el mismo, aún con el estómago vacío, lo ingiere: “apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar, de manera que no le quedó cosa en el estómago” (I.XVII.148). Esto agravó su estado mental, puesto que ahora estaba totalmente vacío el estómago. Cervantes se encarga de enfatizar el estado del tubo digestivo de don Quijote. Después de esto, confunde aún más la realidad con la fantasía, diciendo cosas como que la venta está encantada. Al salir de ella se enfrenta en una batalla bastante desigual con una manada de ovejas y carneros que confunde con dos grandes ejércitos. Sobre esta batalla nos comenta Cristina González: “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y la dieta del protagonista nos pondrían sobre la pista de sus problemas, los cuales se manifiestan con particular claridad en el episodio de los rebaños de ovejas, en el que don Quijote sufre uno de los mayores ataques de cólera de toda la obra” (4). Los hechos mencionados van demostrando la correlación entre los desvaríos mentales de nuestro protagonista, y si ha ingerido alimento o no.

  Más adentrados en la lectura en los capítulos que siguen Cervantes nos deja saber por lo claro el patrón que estaba estableciendo con los humores, y cómo don Quijote pasa de colérico y melancólico a flemático una vez ingiere alimentos: “Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron, bebieron del agua del arroyo de los batanes…cortada, pues, la cólera, y aun la melancolía” (I.XXI.192). Cervantes en vez de describir estos aspectos del protagonista desde el principio, deja que el lector saque sus propias conclusiones sobre la relación mencionada entre los humores y la dieta del personaje. Como nos explica Javier de la Higuera: “Don Quijote, su identidad espiritual o existencial es problemáticamente construida a lo largo de la obra, casi como si se tratara de una incógnita sobre quién es realmente el protagonista”. Según Aurora Egido: “Cervantes se afilió al carácter positivo neoaristotélico de la melancolía, pero también a la línea ficiana que homologó a ésta con la visión poética; de ahí el doble interés del humor melancólico, por cuanto afectaba no sólo al comportamiento, sino a las capacidades creativas del individuo” (5). Cervantes decide que los humores vayan caracterizando a don Quijote según se va desenvolviendo la novela.

  Siguiendo el hilo de lo expresado anteriormente, otro ejemplo que confirma la correlación entre el estómago lleno y el humor flemático, es lo que se dice a continuación en el capítulo XXXVII: “y, así, cenaron con mucho contento, y acrecentóles más viendo que, dejando de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movió a hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir” (I.XXXVII.390). Y acto seguido don Quijote prosigue a dar otro de sus grandes discursos en este libro, el “Discurso de las armas y las letras”. El factor común entre estos dos grandes discursos dados: el “Discurso de la Edad de Oro y la Edad de Hierro” y el “Discurso de las armas y las letras”, es que ambos pasan una vez que éste ingiere alimentos. Al estar el estómago lleno, los humores restablecían su armonía, y pasaba en don Quijote a predominar el temperamento flemático. Cuando don Quijote está influido por este humor, son los momentos de más lucidez que vemos en el personaje; y se encuentra más consciente de lo que está pasando a su alrededor en ese momento. Contrario a cuando está con el estómago vacío que desvaría, y confunde todo con su fantasía de caballero andante. Para enfatizar aún más esta dinámica de cambio de humores, en las páginas siguientes nos dice Cervantes: “todo este largo preámbulo dijo don Quijote en tanto que los demás cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca” (I.XXXVIII.398). Recordemos que estas características de olvidarse de comer pertenecían al humor melancólico; al cual respondía don Quijote, no por sus características físicas, sino emocionales.

  El autor se mantiene jugando con los cambios de humores según la ingesta de alimentos del personaje durante toda la obra. Estos humores van a estar estrechamente relacionados con la dietética antigua, que es precisamente de donde surge esta “doctrina humoral”. Cada humor es soporte de cualidades esenciales, y cada humor es atraído al lugar más idóneo para él en el cuerpo. Esta teoría “humoral” suponía la existencia de cuatro humores: sangre, cólera, flema y melancolía. Los anteriormente mencionados circulaban por la sangre para dar lugar a otros cuatro modos de temperamento: sanguíneo, colérico, flemático y melancólico. Mantener el equilibro de estos en el cuerpo era esencial para la buena salud de la persona, y si se alteraban había que equilibrarlos nuevamente, creciendo o menguando los otros. Los antes mencionados afectaban tanto a la naturaleza física como a la espiritual, y por primitivas que parezcan hoy estas doctrinas representan el preámbulo histórico de la fisiología.

  Miguel de Cervantes se basa en esta teoría humoral para caracterizar, tanto física como espiritualmente, a su mejor creación. Crea en esta novela una correlación entre el grado de lucidez del Quijote y las veces que come. Logra esto haciendo que predomine uno u otro humor dependiendo del estado lleno o vacío del estómago. Consigue marcar esta diferencia de una forma ingeniosa a través de los diálogos y la forma de comportarse del Quijote. El Caballero de la Triste Figura fluctúa entre tres humores: el colérico, el melancólico, y el flemático. El colérico es utilizado para sus características físicas, el melancólico para describir su estado emocional, y el flemático era el estado que adquiría cuando ingería alimentos. Y así ingeniosamente nuestro hidalgo es movido entre estos tres humores medievales, según esté su estómago. Comer o no comer no provoca la locura en don Quijote, pero certeramente podemos decir que la enfatiza.

 
Citas
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Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico. Madrid: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española – Alfaguara, 2004.
de la Higuera Espín, Javier. “El Quijote y la melancolía.” Arbor 189.760 (2013): 015.
de San Juan, Juan Huarte. Examen de ingenios para las ciencias… Imp. de Ramón Campuzano, 1846.
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Gargantilla Madera, Pedro, Jaime Mateos Delgado, and Emilio Pintor Holguín. “Neurociencia española en tiempos de Don Quijote (I).” Rev Neurol (2016): 575-575.
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López, Dolores Romero. Fisonomía y temperamento de Don Quijote de la Mancha. Universidad, 1993.
Mira, Emili. “Ideas modernas sobre los temperamentos.” Ars Medica 1.5: 143-46.
Orobitg, Christine. “El sistema de las emociones: la melancolía en el Siglo de Oro español.”Accidentes del Alma: las emociones en la Edad Moderna. Eds. M. Tausiet y J.S. Audaug. Madrid: Abada, 2009. 71-98.
Sanchez, Felipe. “LA MEDICINA EN LA OBRA DON QUIJOTE DE LA MANCHA.” Revista Senderos Universitarios 01 (2016): 78-85.
   

Eileen Valdés

 

Eileen Valdés es nacida en Cuba. Reside en Tampa, Florida. Es profesora de español. Licenciada en Psicología y Educación. Tiene una Maestría en Literatura Hispánica por la Universidad del Sur de Florida (USF). Poeta, narradora y ensayista.

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Esta entrada fue publicada el 07/02/2021 por en Ensayo.

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