Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

‘El sosia de Dios’, de Michel Fournier

DANIEL FERNÁNDEZ

 

Confieso que padezco de una especie de chauvinismo astrológico literario. Prefiero a los autores nacidos bajo mi signo, Sagitario. Desde la frontera con Escorpión, el 22 de noviembre, con Gide y George Eliot a la cabeza, hasta la frontera con Capricornio, el 21 de diciembre, donde se destacan Rebeca West y Heinrich Böll. Todos los escritoires nos dicen algo o mucho, pero los de nuestro propio signo nos hablan desde más cerca.
  Quisiera hacerle un homenaje a cada uno de ellos; aunque ya he escrito sobre algunos de estos parientes zodiacales, como Lezama Lima, Dulce María Loynaz o Clarice Lispector. Hoy le toca a un familiar recientemente redescubierto. Michel Tournier, que nació en París, el 19 de diciembre (como Lezama y Genet) de 1924.
  Había leído de joven su El rey de los alisos, pero fue por misteriosa sincronía o serendipia que encontré en mi biblioteca Los meteoros, que aún no había leído, y de ahi fui en precipitada investigación, pesquisa y enamoramiento, solicitando más de sus libros a la biblioteca y comprando unos cuantos que la biblioteca no tenia. También leí dos enjundiosos trabajos biograficocríticos.
  El resultado fue un amor transverberado y transdimensional por un autor que parece que no solo me habla al oído, sino que va conmigo haciendo chistes y muerto de la risa. Me siento como Blake, otro sagitario, del que se dice que en sus últimos años se la pasaba hablando con Dante, Virgilio y otros autores. Me erizo.
  Famoso y reverenciado en sus tiempos, Tournier obtuvo el Premio de la Academia Francesa por su primera novela Viernes, o Los limbos del Pacífico (1967). Y poco después, en 1970, por El rey de los alisos, (unanimemente) el de la Academia Goncourt, institución a la que perteneció hasta su muerte, en el 2016. La primera es una reescritura del Robinson Crusoe, de Defoe, la segunda es una revisitación al mito del ogro.
  Con una prolificidad envidiable escribió novelas largas y cortas, realistas y fantasiosas, ensayos, tratados, fábulas, cuentos infantiles y trabajos autobiográficos, además de una abundante producción como fotógrafo, y una temporada como productor de TV. Es imposible presentar su inmensidad y trascendencia literaria en unos pocos párrafos. Algunos críticos lo detestaban, otros lo ensalzaban y lo comparaban con Flaubert, cosa que a él le encantaba. En una entrevista le preguntaron que qué quedaba de Flaubert en el siglo XX, y con esa “humildad” típica de los sagitarianos, respondió: “Yo”.
  Y no exageraba, hay en él mucho de realismo como en Madame Boavary, pero mucho de la magia de Salambó (que él consideraba la mayor novela francesa del XIX), o de Herodías, de cuyo banquete pide prestado para su Melchor, Gaspar y Baltazar.
  Al final de su autobiografía, El viento Paracleto, insiste en un tema que permea toda su obra, la naturaleza y su manifestación en el jardín. Me tocó de cerca. Tanto, que me alegré de no haberlo leido antes de haber escrito mi novelita La amnesia, porque de lo contrario, me habría influIdo demasiado. En esas páginas finales afirma que: “El hombre-jardín envejece con gracia”, y termina diciendo que en esa “cuarta dimensión” (porque los jardines también crecen hacia el cielo) del hombre-jardín: “El presente se eterniza en una imprevisión y una amnesia divinas”. Nada, como si me lo hubiera dicho en un banco de mi patio.
 

El sosia de Dios

(Cuento publicado en su ‘El vagabundo inmóvil’ (Gallimard 1984), con dibujos de Jean-Max Tubeau, la traducción es mía).

 

  Como Dios había hecho a Adán a su imagen y semejanza, nada los distinguía. Adán era el sosia de Dios. A los ángeles, al verlos juntos repasar los senderos del Paraíso les parecía ver a dos hermanos gemelos, y muy astuto tendría que ser el que pudiera decir con certeza, cual era Dios y cuál era Adán,
  A propósito de astuto, Lucifer, el más bello de los ángeles, estaba carcomido de la envidia por culpa de este parecido y no cesaba de pensar en una manera de ponerle fin.
  Su primera idea fue simplemente la de matar a Adán con un lance de su espada de fuego. Un día en que lo vio adormecido bajo los mangles, abatió sobre él su arma con una fuerza capaz de haberlo partido en dos. Pero le salió mal. ¡Ese no era Adán, era Dios! Lucifer no pudo nunca limpiarse de la acusación de intento de deicidio, y fue así que se convirtió en Príncipe de las Tinieblas.
  Sin embargo, su envidia con respecto al primer hombre no hizo más que exacerbarse, y no cesaba de pensar en la manera de lograr su perdición.
  Hasta que un día logró encontrarla. Ese día, le susurró a Dios en la oreja que no estaba bien que Adán estuviera solo. Entonces Dios creó a Eva. ¡Remedio santo!
 
 

Daniel Fernández
(foto: cortesía del autor)


 

Daniel Fernández estudió Licenciatura en Literatura Hispanoamericana y Cubana en la Universidad de La Habana, y trabaja actualmente como crítico de música clásica y reportero de El Nuevo Herald, en Miami. Perteneciente a la llamada Generación de El Mariel, el autor escribió una novela en Cuba La vida secreta de Truca Pérez, por la que fue sancionado a cuatro años de privación de libertad. Fue indultado en 1979, año en que llegó a Estados Unidos. Ha publicado Sakuntala la Mala ontra La Tétrica Mofeta (Editorial Silueta, 2009), Novelas Sencillas (Editorial Silueta, 2010) y El libro rojo de Sakuntala la Mala (Editorial Silueta, 2018). Autor de varias obras dramáticas, además de poemas y cuentos dados a conocer en distintas publicaciones y escenarios.

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Esta entrada fue publicada el 07/02/2021 por en Crítica.
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