Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Un corazón largo como un plátano

ALEJANDRO LORENZO

 

El teniente Richard a menudo me invita a dar un paseo por los nuevos penales que han construido a lo largo y ancho de la provincia. El oficial es un negro alto que le falta la mano derecha y su corazón es largo y estrecho como un plátano.
  Soy cardiólogo, he visto muchos corazones, pero como el de ese sujeto ninguno.
  Cuando me autorizaron a observar la operación para reemplazar una arteria obstruida, comprobé la anómala formación en la vital maquinaria.
  Luego de la intervención quirúrgica, he oído muchas veces como le late. Pum, pum, pum, silencio, Pum pam, de nuevo silencio prolongado como si se fuera a parar definitivamente.
  La válvula se encontraba contaminada, por tanto cigarro que aun fuma, y una nociva dieta con alto contenido de grasas. Pero él opina lo contrario.
  —No creo que sea únicamente el tabaco y la carne de puerco, doctor, fue la pólvora. Pólvora en el Segundo Frente, en Girón, en el Escambray y también cuando durante años comandaba el pelotón de fusilamiento adscrito al Estado Mayor de la FAR y al del Alto Mando. La mano que me falta se la debo a esa labor. Se me escapó un tiro y tuvieron que amputármela.
  Luego me explica en detalles sin yo pedírselo.
  —El tiro de gracias era el momento más enrevesado de aquellas ejecuciones. Figurase usted que de aquellos tiempos tengo guardado como reliquia un pantalón verde olivo, que se manchó de tanta sangre que adquirió un color marrón oscuro. Un día de esto se lo voy a mostrar.
  Las salpicaduras siempre iban a parar a las piernas, y mira que les explicaba a los subalternos que hicieran un trabajo limpio para que no verme en la necesidad de rematar a esos individuos. Pero esos muchachos, algunos que nunca habían tomado un fusil en sus manos, disparaban donde no tenían que hacerlo y muchas veces debíamos levantar al condenado y volverlo a colocar en el palo porque se encontraba más vivo que Usted y que yo.
  —No me juzgue mal doctor, —me dice nervioso—. Usted sabe muy bien que ha pasado mucho tiempo y todavía tengo pesadillas horribles.
  Pero alguien debía hacerlo ¿no? En aquellos primeros años de la revolución yo era un incondicional a la causa, no, a la causa no tanto, al Comandante en Jefe, el era, y seguirá siendo mi madre, mi familia, la patria. La devoción que sentí por ese hombre era de tal magnitud,
que, si me hubiera ordenado matar a mi madre, le aseguro que lo hubiera llevado a cabo
sin pestañar.
  Pero además doctor, en cada uno de aquellos condenados veía reflejado el rostro de mi padre, un abusador que golpeaba a mi pobre vieja cuando agarraba sus borracheras, ese cabrón que por suerte está bajo tierra, también me golpeaba a mi, a un niño de apenas 6 años, y lo hacía duro, como un salvaje. Si, en esas caras de pánico, de súplica y hasta en algunos desafiantes, yo descargaba todo el rencor que sentía por quien me procreo…
  El teniente Richard nunca se ha casado, según dice, vive con sus tres tías y siempre que nos vemos me habla del gran, y creo, su único amor. En una ocasión me pidió que escribiera un poema para obsequiárselo. Y me salió uno muy breve, haiku, que supongo por la cara que puso cuando lo leyó no le gusto.
    Cascada de lunas tiene el corazón
    y a veces late tanto
    que arranca las flores de los años.
 

El amor de este oficial se llama Ofelia, es una prisionera que borda camisas que exportan a Italia. Ella, por su rapidez ha ganado varios campeonatos en el taller de costura y tiene fama de que puede estar bordando sin parar hasta catorce horas.
  Dos o tres veces a la semana, siempre al atardecer, bañado, perfumado, Richard va a visitarla. Muchas veces me ha pedido que lo acompañe y yo con tal de salir de la penitenciaria acepto con gusto.
  Es un tipo inexperto e inseguro, de esos que empiezan a interesarse por el sexo y las mujeres en una etapa muy tardía de sus vidas.
  Lo he observado como cabizbajo se sienta a su lado y no le dice nada. La mujer, por su parte, también sin hablar, lo contempla con una expresión que oscila, entre una ternura bobalicona y una miserable sumisión.
  Richard antes de irse, muy ceremonioso, le extiende un cartucho lleno de mangos. Ofelia, con una prontitud propia de los que viven bajo la amenaza de que lo poco que poseen puede acabarse o se lo van arrebatar, guarda las frutas en una bolsa de plástico, que me he fijado, siempre lleva consigo.
  Al principio, verlos como se comportaban, me divertía, ahora, la escena que se repite, me resulta ridícula y aburrida.
  La mujer es una mulata de ojos verdes, espigada, de unos cincuenta años, posiblemente una fusión entre una bisabuela africana y uno de aquellos descendientes de colonos franceses que huyeron de Haití al triunfo de la revolución de los esclavos y que se asentaron en las zonas cafetaleras de la región oriental.
  —¿Por qué esta presa? —Le pregunté y observé que se quedó por un momento sin responde como si decidiera decírmelo o no.
  —No me permiten informar sobre las causas de ningún prisionero y menos a otro que se encuentra en reclusión.
  —Era tan solo curiosidad, si no debes, no me lo digas.
  —Bueno, tu pareces buena gente y soy sobre todas las cosas un hombre agradecido. Me salvaste, si no fuera porque recomiendas que me operaran a tiempo ya hubiera muerto.
  A ella la enjuiciaron a principio de los 70 por quemar vivos a sus tres hijos. Cumple 30 años. Indagué hasta el último detalle sobre el caso, para no fallar, y llegué a la conclusión de que se cometió una injusticia. La infeliz no tuvo una buena defensa, además era una muchacha en aquel entonces media analfabeta. Estoy seguro que esa monstruosidad jamás la cometió.
  Fue un accidente, doctor, uno de los tantos que ocurren a diario. Una chispa hizo explotar la cocina de querosín y en un pestañeo incineró la casa. Ella se salvó de milagro, algunas quemaduras en la espada, pero nada grave. El marido, la suegra y hasta su propia madre y hermanos, alegaron en el juicio que la quema la hizo intencional por un arrebato de celos.
  Pero mire doctor, estoy tan seguro de su inocencia, que si a ella en este momento le otorgaran la libertad, contraería matrimonio con la pobrecita Ofelia y si todavía puede tener hijos, yo tendría uno o varios con ella.
  Como médico sancionado dispongo de un reducido consultorio dentro del penal. Cuando Richard me lo solicita se lo presto para que pase unas horas junto con la tal Ofelia.
  No sé de qué influencias se vale para poder sacar a su amante de la cárcel de mujeres y trasladarla a la mía. Debe tener contactos sumamente poderosos para poder hacerlo, pero entre las preguntas que no le haré, esa es una de ellas.
  Mientras están en la intimidad, yo me quedo afuera y a veces alcanzo a escucharlos reír, cantar y hasta emitir fervientes gemidos de placer.
  A veces esa pareja me inquieta. Si las autoridades descubren que hago de posadero, pueden joderme más de lo que estoy. Con seguridad a Richard no le va a pasar nada, porque es uno de esos llamados hombres de confianza que supongo muchos jerarcas le deben grandes favores.
  No quiero desilusionarlo, pero he escuchado rumores de que Ofelia mantiene una relación con otra vente años menor que ella y se rumora que hasta duermen en la misma litera. Quizás lo sabe, pero no le importa. La tipa trabaja como electricista de mantenimiento en la fábrica de confecciones textiles. La conozco, porque me la enviaron para que la examinara y le recetara unos medicamentos que le alivien unos fuertes dolores asociados a una artritis en fase prematura.
  No sé qué atractivo le encuentra Ofelia a esa jovencita, porque es enana, con una cabeza desmesurada. Tengo entendido que entró por una condena menor, juego ilícito, y se complico derramándole agua hirviendo a otra reclusa, por asunto de celos. La mujer luego de permanecer por dos meses en estado de gravedad falleció.
  Alrededor de las tres de la madrugada tocó a la puerta para que no los sorprendan los guardias que a esa hora habitualmente inspeccionan las instalaciones.
  En una ocasión, al salir de ese improvisado y clandestino sitio de encuentro, Richard, emocionado se apartó de ella, se acercó a mí y me dio un fuerte abrazo. Aunque era de noche se había colocado unas gafas de sol.
  —He llorado doctor, he llorado mucho ––Me susurró al oído—. Nunca he querido tanto a una mujer…
 
 

Alejandro Lorenzo
(foto: cortesía del autor)


 

Alejandro Lorenzo (La Habana, Cuba, 1953). Pintor, escritor y periodista. Estudió arte en la Academia San Alejandro. Ha publicado, en poesía, La cuerda rot (1991), La piedra del cielo (1994) y Antes y después del mar (1999). Sus relatos de Cuentos de Mateo (1992) aparecieron en edición bilingüe por Pureplay Press en 2004. Reside en EE. UU.

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Esta entrada fue publicada el 07/02/2021 por en Narrativa.
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