Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Los ibeyi

CARLOS VELAZCO

Cuenta Lydia Cabrera de los ibeyi que reabrieron los caminos de la isla cerrados por Okurri Borokú. Pero en un inicio no fue esa nuestra intención.

–¿Conservas algún tipo de fe? –había preguntado Danilo.

Traté de adivinar su reacción, y nada.

Nos reuníamos por un mensaje que él me envió sin saber mi nombre siquiera. Una amiga lo consultaba, por recomendación, un sábado por la noche, y ya se despedía cuando Danilo le preguntó por un conocido suyo con mi padecimiento. Por los rasgos que aproximó, ella confirmó que se trataba de mí, ya que nunca le dije de mi asunto. Más o menos aquel fue su relato luego. Eso, y un mal augurio. Otro. También la dirección y la hora en que podría encontrarlo a la mañana siguiente.

Ese domingo esperaba yo desde hacía casi veinte minutos a la entrada del pasillo exterior de una casa enorme. De esos pasillos que corren laterales para los autos. En el muro que la separaba de la residencia contigua, un cartel anunciaba un restaurante particular en el área que correspondería al garaje trasero.

No viendo a nadie parecido a la persona descrita, lo seguía buscando por ambas aceras de la cuadra. Contra toda probabilidad, me llegué incluso al fondo, donde dos hombres sacaban mesas y sillas y las disponían debajo de una pérgola. Como se identifica enseguida al tipo de gente que se hace la que no lo ve a uno o que siempre espera que sea el otro el que vaya hasta ellos, no pregunté nada y salí.

Danilo apareció por la esquina a las diez y veintinueve. Vestía de manera elegante y, a la vez, sobria: saco, pantalón, maletín. No hacía una gran primera impresión. Aunque se secaba el sudor alrededor de las gafas oscuras con un pañuelo, desprendía cierta calma. Me presenté alzando un poco la voz cuando estaba a pocos pasos. Él fue cortés al saludar y me indicó para ir a sentarnos. Escogió precisamente una de las mesas que había quedado fuera de la pérgola.

–¿No prefiere a la sombra? –sugerí.

–Aquí está bien –contestó–, además, necesito el sol de frente.

–Después me explica –por decir algo– el método para llegar a la hora señalada.

Al oír de él, no el augurio –hay desgracias que no se sobreviven–, me extrañó que alguien con dificultades de la vista hubiese sido aceptado de parqueador. Era permanecer allí hasta la madrugada, e interpelar a los clientes que estacionasen al borde de la calle:

–¿Le cuido el auto?

Cuestión de apostar. El “sí” no garantizaba que, luego de varias horas, le pagaran. También la pregunta de Danilo sonaba a propuesta.

Comenzó explicando que la energía de cada ser humano podía representarse con un círculo, y si la persona se hallaba estable en sus emociones, este círculo resistía las partículas o flujos que incidían sobre él, pero que, en su defecto, se hacía endeble. Algo así por un rato. Luego vino su pregunta y mi respuesta.

–Tendremos que conversar más –dijo–, no para convencerte sino para que hablemos el mismo lenguaje. No vale si no pones nada de ti.

Colocó sobre sus rodillas la maleta, abrió con cierto trabajo los zippers y empezó a buscar.

–¿Estás habituado a orar? –preguntó.

Claro que sabía orar. Y claro que no tenía ánimo.

–Nosotros –primera alusión a un grupo– estamos pasando a audio las oraciones de nuestro libro. Hay personas que no pueden leer y han estado limitadas de hacerlas –explicó–. Vamos muy lento, solo grabamos una vez a la semana en casa de un hermano que vive en Regla y que tiene las condiciones. Cada martes que él me avisa, mi esposa y yo dejamos todo y vamos para allá.

Mientras, extraía un reproductor –como la miniatura de una bocina– y una pequeña caja. Sacó de la caja varios pen drives, empezó a palparlos hasta decidirse por uno y guardó los demás en el bolsillo de la camisa.

–Vas a escuchar una oración corta –avisó.

Abrigué ese primer temor al ridículo en un lugar público. Pero Danilo ya encendía el reproductor y conectaba la flash. Me repetí que el que en este país dos individuos se sentaran a rezar sin hacer daño a nadie, sería una extravagancia más. Porque a veces uno tiene que salirse del libreto.

Danilo acomodó sus antebrazos sobre el maletín, sobre sus manos la barbilla y supongo que enfocó su mirada en un punto del infinito. Yo cerré los ojos.

Nada que no aceptara cualquier catecismo, salvo por las alusiones a la energía como instrumento divino. Y aunque no hubo ninguna sucesión de pensamientos de mi parte, vine a percatarme de que la voz y la melodía de fondo habían cesado cuando él ya devolvía el reproductor a la maleta y la memoria al bolsillo.

–Ve hasta allá y vuélvete –y señaló el muro a unos metros.

Obedecí a esta singular sesión de rayos X al aire libre, con pena de que creyera que yo me hubiese entretenido. Quizás también acepté que la esencia del momento dictaba que cada hecho fuese un tanto más raro que el anterior.

Enseguida, me indicó volver.

–Por lo pronto se ha disipado la obstrucción en tu cuerpo vital.

Yo me sentía igual.

–Te sorprendiste que hubiese llegado en tiempo… –continuó, y guardaba las memorias en la caja– anoche, al fijar esta cita con la muchacha, percibí la hora a la que arribaría el ómnibus al que me iba a resultar más fácil subir. Se trata de sincronizar lo más posible tu voluntad con el fluir del universo. Por eso una idea es tan real como una acción.

Hizo por levantarse, cuando le indiqué que olvidaba cerrar el maletín. Lo consiguió no sin torpeza, pues pocas cosas hay más difíciles que cerrar un zipper que no cede.

–Esas son virtudes que no debes perder, la conciencia constante y el que te inquiete la seguridad de los desconocidos –empezó–. Hace unos días, tras terminar muy tarde de grabar, esperábamos nuestra ruta en la parada de ómnibus, y además de la oscuridad, no corría ninguna brisa… –yo visualizaba por poderes a Danilo y a su esposa en el parque de Regla, entre la noche.

–¿Qué sientes? –le preguntó.

–Hay una fuerte presencia negativa en este lugar –contestó ella.

–Empezamos nuestra meditación, y no sin cierto esfuerzo, logramos que el aire volviera a circular –concluyó él.

Caminábamos por el pasillo hacia la calle, porque el restaurante abriría pronto, cuando pensaba yo en que milagros tan intrascendentes bien podían no llamarse así.

–¿Sabes qué podría significar esa brisa para alguien? –me dijo.

Una vez en la acera, no hizo falta que Danilo se explicara. A veces gente distinta reacciona igual ante las mismas preguntas. Sobre todo con las preguntas.

Me he arriesgado a empezar por aquí, porque ese encuentro influyó en lo acontecido después.

Aquella misma noche escribí un cuento con más o menos todo esto, en una versión más extensa y también más artificiosa. Al poco regresé otra vez donde Danilo para leérselo. Estábamos sentados afuera en un quicio, recostados casi contra el muro, cuando en el instante en que leía: “Empezamos nuestra meditación, y no sin cierto esfuerzo, logramos que el aire volviera a circular”, de veras que el viento empezó a remover mis papeles. Me percaté porque Danilo me interrumpió: “Mira lo que has conseguido”.

Fue entonces que recordé a los ibeyi de los que habla Lydia Cabrera, los cuales, una vez desendiablada la isla y recuperados sus caminos, pidieron a Obatalá en el cielo restituir los antiguos cuerpos y las almas a los miles de esqueletos insepultos de quienes se habían perdido. Y Obatalá que es grande, jamás nos niega nada.

2014/2017

carlosvelazco

Carlos Velazco (foto: cortesía del autor)

 

Carlos Velazco (La Habana, 1985) fue incluido en 2020 como colaborador en Cristóbal Díaz Ayala. Vigía de la música cubano caribeña, volumen coordinado por Josean Ramos, Sergio Santana Archbold y Lenis Oropeza.

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Esta entrada fue publicada el 29/09/2021 por en Narrativa.
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