Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

En la biblioteca

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

Lo peor no era el vacío ante la hoja en blanco, era la certeza de que se hacían precisas las palabras, de que esa noticia, ahora cercana al papel, podía ser la causa por la que pretendía exteriorizar esa vorágine de pequeños recuerdos, dándole un sentido a la idea que no podía concretar finalmente.

En realidad nunca lo había conocido, pensó, pero esa muerte es una de esas notas que por extrañas razones recortamos celosamente, para archivar entre cosas que tenemos siempre al alcance.

Atrajo lentamente el papel, entonces comenzaron a fluir imágenes pasadas, formando letras ilegibles, tachaduras, y procurando  llevar el ritmo de la mano al compás de las ideas, intentó escribir…

En sólo dos semanas estaban ya atados todos los posibles inicios de vida en esta parte del mundo. Miami, había dejado de ser una quimera, ahora, con la visión de su arquitectura, iba perdiendo poco a poco ese encanto propio de lo anhelado. La ciudad tangible se iba reduciendo, los autos ya no eran motivo de asombro, eran parte de un paisaje moderno lleno de un tecnicismo abrumador. Caminar era un hábito que perdería con el tiempo, una de esas necesidades por las que somos capaces de sentir nostalgia. Después de varias cuadras, la biblioteca aparecía frente a él. No se trataba de aquella mole de mármol y concreto, donde ya desde la aparición de su diseño majestuoso, despertaba el deseo intenso de la sabiduría. Aquí no estaban las inscripciones en sus columnas de sabios griegos y latinos, que le daban la bienvenida en otro tiempo y lugar, y a las que se había acostumbrado desde sus ya lejanos catorce años, en constantes visitas a la biblioteca José Martí de La Habana. Ahora se trataba de una construcción moderna, más bien  pequeña, en contraste con las enormes tiendas vistas en su ruta, pero no por esto dejó de sentir el mismo cosquilleo en el estómago que le producía la entrada a ese santuario de los libros. El sólo hecho de saber que se trataba de algo distinto, lo seducía. No tendría que esperar media hora, al solicitar un texto, para recibir la respuesta de una absurda restauración en proceso de libros que sabía prohibidos. Palparía con sus manos, descubriría con sus ojos, todo lo desconocido en las letras de esa Cuba que estaba en otra parte y de la que le hablaban sus amigos.

Apenas divisó la estatua de John F. Kennedy, que parecía presidir la sala, donde el silencio se imponía. No se detuvo ante computadoras de las que desconocía el manejo totalmente. Se acercó hasta un pequeño mueble con el letrero de catálogo en un español que ya le iba resultando novedoso, entonces pensó en varios nombres. El primero en buscar fue Lezama, ese Paradiso tantas veces mencionado y nunca visto, formaba parte de su obsesión. En otro orden, puso a Baquero, seguido de Padilla, esa poesía le pareció suficiente para empezar.  Anotó en una hoja la localización, y fue hacia los estantes, donde pudo darse cuenta de la inexactitud de aquel catálogo. El temor a que le respondieran en esa lengua desconocida, o tal vez, la timidez de parecer un ignorante, lo detenían ante la posibilidad de pedir ayuda. Decidió entonces mirar al azar, y pudo ver ante sí, el Paradiso de Lezama. Abrió sus páginas y comenzó con voracidad la lectura, pero a medida que avanzaba, su mente se perdía en otro sitio, no lograba concentrar su atención, tal vez la densidad de la narración o la imposibilidad de leerlo a la velocidad deseada, le dieron por pensar que se trataba de uno de esos mantos maravillosos como aquel cuento del Rey, donde los súbditos se negaban a descubrir su desnudez, por no parecer iletrados ante la incapacidad de distinguir la tela, que supuestamente sólo verían los sabios. Lo puso a un lado y continuó indagando, hasta encontrar a Baquero entre aquellos estantes de hierro. No pudo eludir el deseo de llegar hasta el índice, que lo llevara a leer otra vez esa frase que a veces le llegaba a la memoria, cuando sentía la necesidad de evocar un poema, y repetía  tantas veces, como quien siempre lo ha sabido “Yo te amo ciudad.”

Siguió mirando entre los libros, y removiendo varios, cayó ante sus pies uno pequeño. En la portada, una especie de collage, que sin lugar a dudas, aludía a su país, indios semidesnudos y transparentes, dejaban ver detrás la figura de un negro con aspecto de esclavo o cimarrón, mirando al horizonte. A lo lejos, un niño se distinguía sobre una multitud compacta, de la cual salía una bandera cubana, mientras un cuadro de Marx y otro de Martí, escapaban de aquel tumulto donde apenas se divisaban los rostros.

Poniéndolo sobre la mesa, entró en sus páginas y comenzó  a leer esta vez de prisa… a medida que avanzaba, un vertiginoso enlace de realidades con metáforas le daban esa sensación de ser poseído por la palabra, que conocía muy pocas veces… nadie podrá escapar, inútiles serán los carnets, la rápida sacada de la camisa fuera de los pantalones. Se veía a sí mismo arrastrado tras una cacería por aquel parque donde la historia que leía se había repetido tantas veces, esta era tal vez la razón de ese misterio que lo sumergía una y otra vez entre la prosa, que calaba ese lugar inaccesible a veces de su sensibilidad.

… Típica figura de la nueva sociedad

la puta

revolucionaria.

Él conocía esas danzas que sólo cambiaban de forma con los años, pero era la misma en su esencia. Allí estaban condenadas para siempre, ironizadas y vulnerables ante ese verbo certero, esa danza de milicianas al ritmo de tambores y pancartas, gritando consignas y haciendo converger las ganas, el sudor y la vileza entre carnes sudorosas que siempre se prostituían ante dogmas políticos.

… pues ninguna palabra, por muy noble que sea, le dará mas vigencia a tu poema, que el grito: de pié, cabrones, rayando siempre al alba.

Sí, él también conocía ese grito, él también conoció sus primeras ampollas a los doce años, sus primeras gripes bajo platanales llenos de rocío y un mínimo descanso sobre maderas con colchones de eso que llamaban guata, esperando siempre el grito antes de que el sol le recordara, el lugar donde estaban, y al que extranjeros lejanos, llamaban “paraíso.”

Un millón de niños (16 a 18 años)

desfilan marciales

Él también estaba entre esos niños, mucho tiempo después, la historia se repetía con ensayos de marchas sobre el asfalto, con sonrisas planificadas de antemano, mirando siempre a la tribuna… no hacía paréntesis en la lectura, sólo la emoción comunicaba a su cuerpo la necesidad de nicotina, pero no quería interrumpir el encanto alcanzado. Llegó al final de las páginas como un ser abatido, ahora parecía acariciar el libro en un extraño ritual. Leyó otra vez el nombre del autor, como quien teme a un posible olvido, aunque ya desde entonces le parecía imposible. Eso era a lo que su amigo Daniel llamaba un orgasmo literario. Habían apagado y encendido las luces, anunciando que cerrarían el lugar, entonces vino a él la idea, caminó hasta el baño, sosteniendo aún el libro, mientras miraba a todas partes con el temor de ser visto, lo colocó en el interior de su camisa, y salió entonces buscando el rótulo de EXIT.

Ahora caminaba sin apenas distinguir la ciudad, apresurando los pasos, procurando alejarse en el menor tiempo posible, ya a lo lejos, tornó sus ojos a la biblioteca, y viendo que estaba a cierta distancia, sacó nuevamente el libro, poniéndolo entre sus manos, teniendo el extraño placer de saber que ahora era suyo.

… Se alejó de aquellas hojas al llegar al párrafo final, sin apenas releer lo escrito, acercó otra vez la noticia ante sus ojos. El autor de ese libro ya no existía desde hacía apenas varias horas, tal vez tampoco existiría esa historia, si no hubiese leído una vez que:

Para el terror basta la sencillez del verso épico: decir,

Hay que decir

Hay que decir

En un sitio donde nada se puede decir es donde más

Hay que decir

Hay que decir

Hay que decirlo todo.

Ese todo trascendía esta vez a su país, se trataba sólo de la historia simple del robo de un libro. Nada de singular tendría ese recuerdo, si esa tarde, no tuviera ante sí la noticia de que su autor había puesto fin a su vida, ahora atrajo nuevamente hasta sus manos aquel libro, y mirando su portada, comenzó la lectura, esta vez en voz alta… Reinaldo Arenas, El Central

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Esta entrada fue publicada el 29/07/2012 por en Ensayo, Narrativa.
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