Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Bluefields y otros poemas

CARLOS CASTRO JO

 

Bluefields

Que no le baste a Bluefields
…su hora de carnaval.

Que le sude su rondón,
su pan de coco,
su mayaya la sin ki,
su tululu pass unda.

Que le baile su palo de mayo.

Que no se me salga este Bluefields de la sangre,
que se quede ahí
junto a la bahía
desvelado.

Que pueda un día
yo descansar
en sus húmedas entrañas.

Que pueda yo
un día
ser llevado
por los hijos de mis vecinos
sobre las calles
de mis pasos
livianos,
rápidos, pequeños.

II
Bluefields es un pueblo de novela
donde la ficción y la realidad
son una sola cara de la misma moneda.

Es el tambor de Lizandro,
su hidrógeno y su oxígeno.

Su nutriente oral es de este suampo.

Bluefields es mayo, mayoyá,
la hora del baile en plena calle.

El sábado en el rancho.

Bluefields
es venir en carrera de Old Bank y Nueva York
a sentarse en las bancas del Parque Reyes.

Bluefields es la brisa de la bahía
y los pescadores tirando su atarraya
dándole movimiento al paisaje imperturbable.

Bluefields es la lluvia
y el calor que se evapora
y los zancudos con su coro
agudo y escalofriante.

Bluefields
es un estado mental.

Corn Island
Alí Aláh está ahí
con pluma, papel y ojos
acechando.

Pero el mar no empaca
su resignada mochila.

No se va.

Sino que va y viene
sobre la costa
como jugando
con el pobre poeta
que sigue ahí
esperando
a que el mar se vaya
para que él pueda
ir a poner la denuncia.

No me pregunten a quien
iba a denunciar el poeta.

Eso nunca me lo dijo.

Ahora yo estoy aquí
esperando a que caiga la tarde
y a que se vengan los zancudos y los jejenes.

Pero el mar me llama.

El mar es un amante calmo y callado
que viene a besarle los pies a la isla.

***

En esta taza de café

Bebo el nitrógeno de mi padre
En esta taza de café de la Jinotega
de las postales que guardaba celoso
en el baúl de su pasado.
Bebo el material del que estoy hecho,
Me bebo yo mismo
en esta taza de café.

***

Entierro

Ayer se murió Lorna Taylor

conocida en las esquinas de Bluefields como Celá.

Los periódicos no mencionaron su nombre

y el día transcurrió como que si nada hubiera pasado.

A su vela asistieron sus viudos

y los de siempre:

los que andaban buscando como echarse un trago gratis.

Después de los rezos y los cantos,

la campana de su iglesia –Católica o Morava-

se percoló intermitente entre la garúa

que tocaba con sus dedos leves

el tambor impasible del puerto.

Ahora la llevan al cementerio

los borrachos y sus viudos.

No hay nadie importante entre los presentes.

Llevan el ataúd al hombro

porque no había dinero para pagarle a una camioneta,

quizá porque su vida y su muerte fueron ordinarias,

privadas, naturales.

Pero en vida ella amó a todos los muchachos del colegio

en su cuarto del barrio Nueva York

donde los esperaba todos los días

y, por un peso,

en tres segundos, los iniciaba

en las cosas de la vida.

***

Del agua y de la historia

En el principio era el agua

como una gran culebra

reptando hacia el amanecer de la tortuga;

agua que ellos fueron nombrando

esto se llama Wangki,

esto pyuta, esto kâbu,

la tortuga, lih.

En el principio era la montaña

llena de dantos y venados,

de caobas y ceibas,

que ellos fueron nombrando.

Este se llama sula, esto tilba,

esto twi, esto yulu.

Al pájaro lo nombraron pyâwira.

En el principio fue el verbo

porque nombrar es poseer.

En el principio era Mískut,

solo con su gente

pescando, cazando dantos y tortugas

y recordando en sikro

la vida de los suyos.

En el principio

toda la Taguzgalpa, toda la Tulugalpa,

era la tierra de los miskitos,

y toda la música de su lengua era suya,

al principio.

El principio era mayangna, nosotros,

los que vienen de Kaun’ápa, la montaña de los ombligos.

Nosotros, hijos de los dioses,

del gran padre Maisahana

y de Ituána, madre diosa, diosa madre.

Los que los llamaron sumus

querían dominarlos

pero a ellos no los dominan,

ellos no se corren,

no se vienen a menos.

Ellos se fueron por los ríos

y comenzaron a poblarlos

y a nombrarlo todo,

esto se llama Musawás,

ese Iyás, allá Karawala.

Los mayangnas son los hijos de los dioses,

los primeros pobladores.

El principio era rama.

Los ramas se fueron al norte

sin detenerse

hasta hallar un lugar

para cazar warí en rama,

para plantar cacao en rama,

para pescar róbalos en rama,

para cocinar banano en rama,

para sacar el carbón del almendro en rama,

para echar sus velas en rama

sobre Punta Gorda y Torswani,

sobre Dokuno y Kukra River,

sobre una bahía

que navega hacia su propia isla:

Rama Cay.

Después vinieron los españoles.

Colón vino

a acariciarle la espalda a la costa,

a darle Gracias a Dios,

a beber chocolate,

a buscar un estrecho dudoso.

Con los españoles vino la cruz y la espada

a destruir una estirpe y a plantar la censura,

la bota -la bestia y el hombre confundibles-,

a destruir la libertad que tiene su asiento

en los vientos del Caribe,

en las aguas de los ríos.

Detrás de Colón vino el nombramiento

esto se llama Veragua,

este mosquito, ese zambo,

ese indio,

ese Río Coco,

porque nombrar es poseer,

poseer es dominar.

Después vinieron los ingleses

a abrirle el costado a los españoles

con su comercio, con sus armas de fuego,

con su ciencia, con sus ganas

de dejar sus genes sobre los suampos,

con su lengua de barrio pobre londinense

vinieron.

Con ellos y sin ellos,

el África llegó en barcos.

A trabajar llegó,

con sus cuerpos fuertes,

con su danza,

con su canción llegó.

Llegó a bailar el tululu pass unda

an’ ova

y tum tum

tum tum.

Llegó a poblar las islas,

los manglares,

a poblar las lagunas

de pan de coco y patí,

de rice and bean,

yum yum,

de palo de mayo,

tum tum,

a mezclarse llegó

y siendo uno,

un solo cuerpo fuerte

bello y brioso

tum tum

yum yum

tum tum

y una mente

en dos lenguas,

en dos historias,

viviendo dos culturas diferentes

pescando, trabajando en los muelles,

hablando inglés, comprando en español,

escribiendo poesías y canciones,

haciendo cocteles de ostiones,

cocinando aleta de tortuga

para el shiqui-shaque.

Del África vino Anancy.

Llegó con su astucia, con su sarcasmo,

con su África llegó a Old Bank

y se plantó en King Street

y salieron los Hodgson, los Taylor, los Hooker, los Jackson,

para ser el comienzo

de estos campos verdes, azules.

Greenfields, Bluefields.

Avanzando desde el Orinoco y San Vicente,

de sur a norte

de norte a sur

vinieron los garífunas

escapándose de la esclavitud,

de los barcos fantasmas,

buscando la cultura, la cususa,

la laguna calma para celebrar el wallagallo,

la tierra propia propicia

para sembrar el dashín, el arroz,

para pescar en una laguna propia,

propicia.

El principio era de otros

de kukras, chontales y matagalpas

que esparcieron sus nombres

sobre los ríos, sobre los cerros,

sobre las lagunas, sobre las islas.

De ellos quedan los nombres

sobre el paisaje

porque sobrevivir es ser recordado

en nombre.

Un día un Zelaya fiero

que codiciaba todo esto

entró, como el ladrón,

a medianoche.

Su llegada fue el principio de Babylon:

más impuestos, menos yapti tasba,

más pobreza, menos soul,

más explotación, menos bosawás

más racismo, menos rama.

Zelaya vino a pacificarte

pero ya estabas ahí,

con algo de Chibcha,

con algo de Jamaica,

con algo de Inglaterra,

con algo de África.

Zelaya entonces regaló la costa

en lotes a sus amigos.

Este pedazo para Dolores Gámez,

este para Bolaños, este para Lacayo.

Zelaya y sus secuaces entonces nombraron tierras y repartieron nombres:

a la anexión la llamaron reincorporación,

a Bilwi Cabezas,

a todo el territorio Zelaya.

Porque nombrar es poseer,

repartir lo ajeno es dominar.

Eso hicieron Zelaya y su banda de secuaces.

Pero ya había historia, otra historia.

Érase una vez un rey nombrado

autonombrado

y unos bosques de caoba y de pino

y unas minas de oro

y unas plantaciones de banano

y un mar de camarones y langostas.

Éranse días de benques,

de tucas navegando el Río Grande,

días de bananales

a la orilla del Río Escondido.

Once upon a time

There was a company time.

Había de todo en los comisariatos.

Había harina y comida enlatada,

pero la riqueza se iba del país

y el dinero a los comisariatos.

A pesar de que había mucho de otras partes

también había wabul, pejibaye, rondón,

tortuga, quequisque,

para la repartición pana pana

en la comunidad.

Zelaya no pudo pacificarte.

Y esa es la historia de lo que somos.

¡Quién pudiera tener tanto marisco,

tanto bosque, tanto oro,

para nada, para otros!

Ahora Bluefields, Bilwi, Ramacay.

Ahora Sandy Bay, Kara, Karawala.

Ahora Bilwaskarma, la Cruz de Río Grande, el Tortuguero,

Bismuna, Waspam, Pearl Lagoon, Orinoco, Corn Island.

Ahora son pueblos a la deriva

pero el carnaval vive

y la gente goza su herencia múltiple

multi, multigente,

su mayaya la sin ki,

su wallagallo,

su mukus, su siwi,

su Ramacay,

su sirpiki mairin,

su Bahía de Bluefields, puertecita del mar,

sus luchas históricas

de pueblos de agua

al centro de la historia.

Carlos Castro Jo

Carlos Castro Jo. Bluefields, 1960. Poeta y sociólogo. Es catedrático de sociología en el Clark College en Vancouver, Washington, Estados Unidos. Ha publicado ensayos en revistas especializadas de sociología en los Estados Unidos y en Wani, la revista del Caribe nicaragüense, y artículos de opinión en Confidencial y El Nuevo Diario. Ha publicado poesía en Wani, Ventana, El Nuevo Amanecer Cultural, La Prensa Literaria y The American Poetry Review. Es autor de los poemarios Al margen de lo visible (2001) e Insomnios y soliloquios (2009).

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2 comentarios el “Bluefields y otros poemas

  1. Cristina
    02/12/2012

    Excelentes poemas. Se aprenden y aprehenden verdades, historias y ciclos enteros de vida al leerlos.

  2. Susana Della Latta
    02/12/2012

    Grandes poemas. La magia de Bluefields en muy buenas letras! gracias poeta

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 01/12/2012 por en Poesía.
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