Revista Conexos

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Dos crónicas de Eduardo Mesa

EDUARDO MESA

 
Chicho
 

El Moro cogió miedo y yo lo entiendo, pero la muerte de Chicho nunca se sabrá. Cuando le dije al Moro de meter la denuncia me embarajó la cosa con el pretexto de que Chicho siempre andaba jodiendo: “Si no se hubiera burlado de las viejas no habría pasado lo que pasó…” me dijo y quizás sea cierto.
  Chicho y el Moro llegaron a pueblo de Güiro Seco en el camión, eran rastreros y los rastreros tienen mujeres por todas partes. Estaba andando la Guerra de Todo el Pueblo, en la que morirían cincuenta mil marines el primer día de la invasión. Los yanquis saldrían derrotados porque la opinión pública norteamericana no soportaría un nuevo Vietnam.
  El Moro se fue a ver una jevita que tenía en el pueblo y Chicho se quedó dando una vuelta para hacerle la media, en la noche continuarían el viaje. En el parque de Güiro Seco un piquete de viejas vestidas de milicianas se entrenaban en matar marines con jarros de agua hirviendo. Chicho se había comprado un “rifle” de aguardiente para matar las horas y lo tenía envuelto en un cartucho, la tarde estaba buena para estar como el Moro, pensaba Chicho.
  Las viejas corrían sofocadas por el calor pero continuaron con su “entrenamiento”, ahora empuñaban unos fusiles AK de calamina, disparaban proyectiles imaginarios al yanqui imaginario y se escondían detrás de unos sacos de arena sin darse cuenta que sus culos de vieja quedaban a merced del fuego enemigo. Chicho seguía bebiendo y se reía. “Si estas viejas ven a un marine se cagan… ¿Después de un bombardeo con qué coño van a calentar agua?… Mira que esta gente come mierda chicoooo…” se decía así mismo entre un buche y otro, y sus propias palabras le daban risa.
  La tarde continuaba su rutina de pueblo, las viejas milicianas no se rendían ante el asedio de aquellos yanquis mal dibujados, pero empezaban a flaquear ante la risa de Chicho, que ya estaba curda y las señalaba desde un banco. Los disparos y las escaramuzas continuaron con menos ímpetu, Chicho sintió que se orinaba y comenzó a mirar a todas partes para buscar un baño. Le preguntó a un negro que había pasado un par de veces por el parque con una carretilla y el negro le hizo señas para que se callara. Un tipo que llevaba una camisita de guinga se sentó al lado de Chicho, y este, que estaba contentón, siguió con su descarga en voz alta: “Ven acá mi hermano, tú crees que esas viejas con esos culos gordos van a matar a un yanqui”. “¿Dónde habrá un baño por aquí mi hermano?” El tipo se río y levantó un periódico, tres policías llegaron para esposar a Chicho, que estaba borracho pero no hizo violencia. “Caballero que les pasa a ustedes si yo no hice nada” decía mientras se lo llevaban.
  Le dieron una tranca de las buenas, lo dejaron tirado en el calabozo y no podía levantarse. Al otro día, a mucho rogar del Moro, y dejándole tres racimos de plátanos al carpeta lo soltaron. Llegaron a La Habana al mediodía, murió al caer la tarde, el dolor en el pecho del que se quejaba en el camión era un infarto, dijo nervioso que lo cegaba una luz y su última visión fueron los flamboyanes de Carlos III, con sus ramas de flores amarillas.
  Después del entierro le hablé al Moro para meter la denuncia con un socio que estaba en el brete de los Derechos Humanos, pero la familia de Chicho no quiso. Le dije entonces de hacerlo nosotros pero el Moro me dijo que me olvidara de eso, que él se lo había buscado, yo no quise hacerlo solo porque tenía miedo.
  Es verdad que si Chicho no se hubiera burlado de aquellas viejas no habría pasado nada, es verdad que siempre andaba con su risa y su jodedera, pero en las dictaduras se hace costumbre el hecho de que las víctimas siempre tienen culpa. El Moro y yo vivimos así durante mucho tiempo, y si a diferencia de Chicho seguimos vivos es porque aceptamos, casi sin querer, que la culpa era nuestra.

 
 
 
El Cristo
 

Había un pinar al otro lado de la bahía, uno de esos paisajes que la memoria registra con la etiqueta de “siempre”. En parte era cierto, “siempre” estuvieron aquellos pinos que se extendían como una cortina hasta la Fortaleza del Morro. En la tarde de algún que otro sábado mi padre me llevaba al malecón y yo me preguntaba que habría tras esos árboles, pero nunca hice la pregunta porque lo olvidaba ante el asombro que me provocaban los barcos mercantes guiados por el práctico hasta la entrada del puerto.
  Los muchachos de la parroquia salieron un sábado a media mañana y se las arreglaron para llegar hasta la cortina de pinos que parecía un bosque. Cruzaron varias cercas y llegaron a los pies de un Cristo inmenso, allí extendieron un mantel y rezaron antes de comer. No pudieron terminar el frugal almuerzo, llegó un jeep militar y varios reclutas armados los conminaron a abandonar el lugar, el jeep los escoltó hasta que salieron del “perímetro”; después tuvieron que esperar un rato hasta que los guardias recibieron la orden de dejarlos libres.
  El Cristo de La Habana es una obra de carácter civil y fue esculpido por Jilma Madera. El dictador Fulgencio Batista la inauguró unos días antes de que Fidel Castro, el tirano, entrara en la ciudad. Pudiéramos decir que el Cristo en la bahía fue un último delirio de grandeza.
  El periodista Juan Emilio Friguls me contó una anécdota relacionada con el Cristo y el Cardenal Arteaga. Al Cardenal siempre lo han criticado porque asistió a la inauguración de aquel Cristo civil de ceño algo fruncido, Borges diría de mal humor obrero. En aquellos días cayó preso por razones políticas un joven católico. La familia del joven le pidió al Cardenal que intercediera para salvar su vida y el cardenal le pidió audiencia al dictador, quería llevarle la súplica de aquella familia, una súplica que asumía como propia.
  El dictador era astuto, los que llegan a ese sitial lo son, y demoró la audiencia. La esposa del dictador se mantenía en contacto con el Cardenal, esta llamó por teléfono para invitarlo a la inauguración del Cristo y el Cardenal rehusó asistir. Pasaron unos días y la esposa del dictador volvió a llamar, en esta conversación le insinuó al Cardenal que si asistía a la inauguración su esposo estaría dispuesto a tratar el tema pendiente de aquel joven, retenido por Esteban Ventura en los calabozos de la Quinta Estación. Entonces el Cardenal aceptó la invitación de Fulgencio Batista y aquel joven vivió.
  El relato de Friguls es esa parte de la historia que no captaron las fotos de aquel día y ha quedado extraviada para el juicio, a veces inexorable, de las historias casi oficiales. En el año 1996 se celebró una misa ante la imagen del Cristo en la bahía, y yo sentí que era una misa de desagravio para aquellos que fuimos obligados a ver un pinar donde había un Cristo inmenso.
  Los jóvenes de hoy, que visitan el Cristo como un paseo más, no imaginan siquiera que aquel lugar fue parte de una base militar y que esa estatua estuvo oculta por muchísimo tiempo. Mientras pasean por el malecón habanero registrarán en su memoria con la etiqueta de “siempre” a esa imagen que saluda a los mercantes. Es otro tiempo el suyo, la imagen colosal en mármol de Carrara es ahora parte de un recinto abierto y otra atracción turística en La Habana.

Eduardo Mesa (Foto cortesía del autor)

Eduardo Mesa
(Foto cortesía del autor)


 

EDUARDO MESA (La Habana, 1969), fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Ganador de los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con las revistas Convivencia, Misceláneas de Cuba e Ideal y edita el blog La Casa Cuba, donde trata temas relacionados con la fe, la sociedad y la cultura. Ha publicado en narrativa El bronce vale y otras crónicas (Editorial Silueta, 2011). Reside en los Estados Unidos desde el 2005.

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2 comentarios el “Dos crónicas de Eduardo Mesa

  1. Alberto Lauro
    06/07/2014

    gracias por esto textos que hicieron recordar nuestra vieja amistad madrileña
    saludos
    alberto lauro

  2. eimv
    08/07/2014

    Gracias a ti, un abrazo.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 28/06/2014 por en Crónica.
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