Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Seis poemas de Eddy Campa

LEANDRO EDUARDO CAMPA

 
V
 
Yo, Mirtha B. Moraflores,
que enloquecí a Eddy Campa
porque nunca le dije que lo amaba.
    Aquí, yo, ahora,
    en este inmundo ataúd,
¿cómo sobreponerme al remordimiento?

Recuerdo cuando le hacía aquellos desaires
de los cuales yo disfrutaba;
    entonces él, Eddy Campa,
    escribía los poemas más bellos;

los escribía en cualquier sitio;
    el borde de una acera,
    el techo de un auto,
    el tronco de un árbol,
    el mostrador de una tienda.

Después,
    tarde en la noche,
    tronara o relampagueara
los ponía en el parabrisas de mi auto
envueltos en celofán para que la noche
con su relente no los enfriara.

    Luego,
al bajar de mi apartamento a las ocho de la mañana,
los rompía delante de sus ojos
que no habían dormido;
      se los rompía
      con esa arrogancia
que siempre le mostré.

    Orgullosa fui, y miserable soy:
    que le entregué mi cuerpo
    a quienes no lo merecieron:
    que me mofaba de él,
    a quien sin embargo amaba.

¡Que la tierra me anegue con tus versos!
 
 
 
VI
 
Yo, Eddy Campa,
que amé a Mirtha B. Moraflores
hasta el delirio.

Yo, que la esperaba
en el quicio de los atardeceres
desde las cinco de la mañana
para, tres horas después, verla
salir de su apartamento

    –y ella siempre detrás
    del marido
para hacerme pensar que él no le interesaba
mucho–

    heme aquí, ahora,
    revolviéndome en este sarcófago
de despecho (si al menos estuviera acolchonado),
    recordando las noches
    en que ella, Mirtha, se paraba
en la ventana de su dormitorio para verme
escribir sobre mis rodillas,
sumido en el más sublime de los sufrimientos;
    entonces,
todo era motivo para la lírica
y hasta la inmundicia se tornaba poesía.

Déjame decirte, oh Mirtha mía,
    que nunca te dije
    que te amaba
para salvar este poema.

No permitas que estos versos se humedezcan:
haz que conserven el calor
de los que te dejaba en el cristal
delantero de tu Chevy Camaro.

Las tumbas en Memorial Park
no tienen limpiaparabrisas.
 
 
 
VII
 
Mirtha,
    estos versos escritos para ti,
    no pretenden
la fama que mata la pasión.

    Si han de quedar
    en los fríos
laminados de las computadoras,
    es porque en ellos se habla
    de quien tu indiferencia sufrió
    y de quien tus atenciones disfrutara.

Pero si acaso hay alguien
      a quien estos versos no conmuevan,
      desde mi sepultura sabré
que todo cuanto la Humanidad lograre
en vano será.
 
 
 
VII
 
Yo fui (yo soy) Mr. Dinero:
la constancia, el esfuerzo, el trabajo.

Yo, que dejé en mi patria
una casa con su terreno
donde pastaban mis vaquitas,
y llegué a esta tierra sin un centavo,
¿por qué compartir mi dinero?

Todos los días partía de madrugada
hacia mi finca donde cortaba la caña
que transportaba a mi cafetería.

Luego atendía mis casas rentadas
y mi lavandería, y a mi familia;

y me dormía a las doce de la noche
pensando en aumentar mi dinero
del que también vivían mis empleados.

Sé que decían
que hice mi dinero en la “bolita”,
comprando “robo”, vendiendo droga;
pero esos que hablaban de mí,
y que todavía hablan,
venían a pedirme favores, a llorarme.

Sólo los triunfadores no pensaron
así de mí,
y esos son mis amigos.
 
 
 
XXI
 
Desde el ramal de tus pupilas
mi congoja acecha.

        ¿Qué sepultura soportaría
        este pesar?

¿Acaso leías bajo el almendro
el infortunio de nuestras vidas?

    No hay amor verdadero
    sin la amenaza de una tragedia.

(La razón agoniza
      donde la pasión pervive).

A ti te entrego este apaciguamiento:
no lo destapes.

Un cinerario respira
por tu candidez.

        ¿Regresará Rosario?
 
 
 
XXII
 
En el quicio de los atardeceres la vida termina
cada domingo a las seis de la tarde;
    y no hay color en el cielo que el de tus ojos,
    cuando nos miras desde la cafetera brillante
y nos dices:

      ”Buenas noches”, y nosotros te respondemos
      hasta el lunes. Reinita.

Luego cada sombra es una memoria
que estremece.

      Todo se desvanece tan apresuradamente
      en el café
con que partimos.

        Sólo las luces del Parque Martí
        permanecen intactas.

Contra la humanidad de la noche, nos protege
la Primera Enmienda.
 

Leandro Eduardo Campa (Foto de Pedro Portal)

Leandro Eduardo Campa
(Foto de Pedro Portal)


 

LEANDRO EDUARDO CAMPA (La Habana, 1953–EE. UU., ?). Estudió Filosofía y Literatura en la Universidad de La Habana. En 1980, asediado por la Seguridad del Estado, parte hacia los Estados Unidos, vía Mariel-Cayo Hueso. Publicó el cuaderno de poesía Little Havana Memorial Park (1998). A finales de 2001 desaparece sin dejar huellas. Se le presume muerto. Dejó inédito el libro de cuentos Curso para estafar y otras historias.

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Esta entrada fue publicada el 07/09/2014 por en Poesía.
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