Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

De cómo Wang-Fo pudo salvarse

MARGUERITE YOURCENAR

Traducción de Reinaldo García Ramos

El viejo pintor Wang-Fo y su discípulo Ling recorrían los caminos del reino de Han.
  Avanzaban con lentitud, pues Wang-Fo se detenía por las noches para observar los astros y de día para contemplar a las libélulas. No iban muy cargados, porque Wang-Fo amaba la imagen de las cosas, no las cosas mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido, salvo los pinceles, los frascos de laca y de tinta de China, los rollos de seda y de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fo cedía sus pinturas por algún plato de papilla de mijo y desdeñaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, encorvado bajo el bolso de bocetos, arqueaba con respeto su espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, pues a sus ojos aquel saco estaba lleno de montañas nevadas, de ríos primaverales y del rostro de la luna estival.
  Ling no había nacido para andar por los caminos junto a un anciano que se adueñaba de la aurora y capturaba los crepúsculos. Su padre había sido un comerciante en oro; su madre, la única heredera de un mercader de jade que le había legado sus bienes, al tiempo que la maldecía por no haber nacido varón. Ling se había criado en una mansión de donde las riquezas desterraban el azar. Esa existencia minuciosamente protegida lo había vuelto tímido: le tenía terror a los insectos, a los truenos y al rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió para esposa a una joven muy bella; la dicha que le procuraba de ese modo a su hijo lo consoló de haber llegado a la edad en que la noche es para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salina como las lágrimas. Después de la boda, los padres dieron muestra de extrema discreción y fallecieron, y así su hijo quedó solo en la mansión pintada de cinabrio con su joven esposa, que sonreía sin cesar, y con un ciruelo que cada primavera le daba sus rosadas flores. Ling amó a aquella mujer de alma límpida del mismo modo que uno quiere a un espejo que nunca se empañará o un talismán que siempre brindará protección. Frecuentaba las casas de té, para seguir la moda, y favorecía con moderación a los acróbatas y a las bailarinas.
  Una noche, en una taberna, tuvo a Wang-Fo de compañero de mesa. El anciano había bebido, para estar en mejores condiciones de pintar un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si midiera con esfuerzo la distancia entre la taza y su mano. El licor de arroz desataba la lengua de este artesano taciturno y esa noche Wang habló como si el silencio fuera un muro y las palabras estuvieran destinadas a cubrirlo de colores. Gracias a él, Ling descubrió la belleza en los rostros de los parroquianos, que se volvían borrosos tras el humo de las tibias bebidas, el pardo esplendor de las carnes lamidas por las lenguas desiguales de las llamas y el exquisito fulgor enrojecido de las manchas de vino, esparcidas como pétalos secos sobre los manteles. Una súbita ráfaga hizo que los postigos cedieran y el aguacero penetró en la estancia. Wang-Fo se inclinó, para que Ling pudiera ver con admiración el lívido rastro del relámpago, y Ling, maravillado, dejó de sentir miedo ante las tempestades.
  Como Wang-Fo no tenía dinero ni hospedaje, Ling pagó el consumo del viejo pintor y le ofreció humildemente un sitio donde echarse. Hicieron juntos el camino; Ling sostenía un farol y esa luz creaba resplandores insólitos sobre los charcos. Esa noche, Ling descubrió asombrado que las paredes de su casa no eran rojas, como él siempre había creído, sino del color de una naranja a punto de podrirse. En el patio, Wang-Fo hizo notar la forma delicada de un arbusto en el que nadie había reparado hasta entonces y lo comparó con la silueta de una muchacha que dejara secar sus cabellos al viento. En el pasillo, se deleitó siguiendo con la mirada la marcha vacilante de una hormiga por las grietas del muro, y el horror que hasta entonces Ling había sentido ante esos seres diminutos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que Wang-Fo le acababa de regalar un alma y una percepción nuevas, acostó con respeto al anciano en la habitación en que su padre y su madre habían muerto.
  Desde años antes Wang-Fo soñaba con hacer el retrato de una princesa antigua tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le pareció nunca lo bastante irreal para ser su modelo, pero Ling le sirvió, puesto que no era una mujer. Después Wang-Fo habló de pintar a un joven príncipe que tensara su arco bajo un enorme cedro. Ningún mancebo de los tiempos presentes era lo bastante irreal para ser su modelo, pero Ling hizo posar a su propia esposa bajo el ciruelo del jardín. Entonces Wang-Fo la pintó en un traje de hada entre las nubes del ocaso y la joven rompió a llorar, pues lo interpretó como un presagio fatal. Cuando Ling empezó a preferir los retratos que Wang-Fo hacía de ella, en vez de a ella misma, el rostro de la joven comenzó a marchitarse, como una flor expuesta al viento cálido y las lluvias del estío. Una mañana la encontraron ahorcada en las ramas del ciruelo rosado: las puntas del chal que la había estrangulado se mecían al viento, igual que sus cabellos. Parecía más delgada que de costumbre y más pura, como las bellas damas que celebran los poetas de antaño. Wang-Fo la pintó entonces por última vez, pues amaba ese tinte verdoso con que se recubre el rostro de los muertos. Su discípulo Ling se ocupó de mezclar los pigmentos, y tanto se concentró en la tarea, que se olvidó de verter lágrimas.
  Ling vendió uno tras otro sus esclavos, sus jades y los peces de su fuente, para procurarle al maestro potes de tinta púrpura, que venían de Occidente. Cuando la casa se quedó vacía, la abandonaron y Ling cerró tras sí la puerta de su pasado. Wang-Fo estaba hastiado de un sitio en que los rostros ya no podían revelarle ningún secreto de fealdad o belleza. Y así, maestro y discípulo se fueron a recorrer los caminos del reino de Han.
  Su renombre los fue precediendo por los caseríos, por el umbral de los castillos y los pórticos de los templos, donde los peregrinos se refugian al anochecer, sumidos en la incertidumbre. Se rumoraba que Wang-Fo poseía el don de dar vida a sus pinturas con un toque de color que añadía al final, ante todos los presentes. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los ricos querían que les pintara imágenes de soldados. Los sacerdotes lo consideraban un sabio y le rendían honores; las gentes pensaban que era un brujo y le temían. Esas diferencias de opinión le causaban regocijo a Wang-Fo, pues le permitían estudiar en torno suyo expresiones de miedo, veneración o gratitud.
  Ling mendigaba el alimento, velaba el sueño del maestro y aprovechaba sus momentos de ensoñación para darle masajes en los pies. Al despuntar el día, cuando el anciano aún dormía, se iba a buscar paisajes apartados, ocultos tras bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro se sentía desanimado y lanzaba sus pinceles al piso, él los recogía. Si Wang se ponía triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriendo el sólido tronco de una vieja encina; cuando Wang se sentía alegre y le gastaba bromas, Ling con humildad fingía escucharlo.
  Un día, al ponerse el sol, llegaron a las afueras de la ciudad imperial y Ling buscó para Wang-Fo un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en gastados ropajes y Ling se tendió a su lado para darle calor, pues la primavera recién había empezado y el piso de tierra apisonada estaba frío aún. Al alba, los corredores retumbaron con pasos estruendosos; se escucharon los susurros asustados del posadero y órdenes proferidas en lengua bárbara. Ling se estremeció al recordar que la víspera él se había robado un pastel de arroz para la cena del maestro. Convencido de que venían a arrestarlo, se preguntó quién iba a ayudar a Wang-Fo al día siguiente, cuando llegara el momento de vadear el próximo río.
  Los soldados entraron portando faroles. La llama se filtraba por el papel multicolor y ponía fulgores azules y rojos en los cascos de cuero de los recién llegados. En sus hombros vibraba la cuerda de los arcos y los de aspecto más feroz soltaron de pronto rugidos sin razón. Pusieron sus pesadas manos sobre la nuca de Wang-Fo, quien notó sin poderlo evitar que el color de sus mangas no hacía juego con el de sus abrigos.
  Apoyándose en su discípulo, Wang-Fo siguió a los soldados, tropezando con los desniveles del camino. Los transeúntes se fueron agolpando a ambos lados, burlándose de aquellos dos criminales que, a no dudarlo, eran conducidos a ser decapitados. A todas las preguntas de Wang, los soldados respondían con salvajes muecas. El maestro llevaba las manos amarradas y las cuerdas le causaban dolor; Ling, desesperado, le sonreía al mirarlo, lo cual era en él una manera más tierna de llorar.
  Llegaron a la entrada del palacio imperial, cuyos muros violáceos se alzaban en pleno día como un panel crepuscular. Los soldados llevaron a Wang-Fo por innumerables salones cuadrados o circulares, cuyas formas simbolizaban las estaciones, los puntos cardinales, la condición del macho y de la hembra, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas emitían notas musicales al girar sobre sí mismas y estaban dispuestas de manera tal que el oyente recorría la gama completa del sonido si atravesaba el palacio de este a oeste. Todo estaba dispuesto con el fin de expresar una delicadeza y un poderío sobrehumanos y se percibía que las menores órdenes impartidas allí debían ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció, el silencio se hizo tan profundo que ni siquiera un torturado se habría atrevido a gemir. Un eunuco alzó un cortinaje, los soldados se estremecieron como damiselas y la pequeña comitiva penetró en el salón del trono del Hijo del Cielo.
  Era un recinto desprovisto de paredes, sostenido por gruesas columnas de piedra azul. Al otro lado de los fustes de mármol florecía un jardín, en cuyos canteros cada flor era una rara especie traída de ultramar. Pero ninguna de ellas despedía perfume, por temor a que los olores agradables perturbaran las meditaciones del Dragón Celeste. Por respeto al silencio en que se sumían sus pensamientos, ningún ave era admitida en el lugar y hasta las abejas habían sido expulsadas. Un gigantesco muro separaba el jardín del resto del mundo, a fin de impedir que el viento viniera a rozar la ropa del Emperador, tras haber pasado sobre los perros muertos y los restos humanos en los campos de batalla.
  El Regente del Cielo permanecía sentado sobre un trono de jade. Aunque apenas tenía 20 años de edad, sus manos estaban cubiertas de arrugas, como las de un anciano. Su vestido era azul, para aludir al invierno, y verde, para insinuar la primavera. Su rostro era bello, pero impasible, como un espejo colgado en un sitio muy alto que sólo captara el reflejo de los astros y el implacable firmamento. Tenía a su diestra al Ministro de Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Justos Tormentos. Sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, acercaban la oreja, para no perderse ni una sola palabra que saliera de sus labios, pues había adquirido el hábito de hablar siempre en voz baja.
  -Dragón Celeste -dijo Wang-Fo, prosternado-, soy viejo, soy pobre, soy débil. Tú eres el verano; yo soy el invierno. Tú tienes diez mil vidas; yo sólo tengo una, que ya está a punto de acabar. ¿Qué te he hecho? Me han amarrado las manos, y ellas nunca te han causado daño.
  -¿Me preguntas qué me has hecho, viejo Wang-Fo? -dijo el Emperador.
  Su voz era tan melodiosa, que daban deseos de llorar. Alzó su mano derecha, que con los reflejos del piso de jade cobró fulgores glaucos, como una planta submarina, y Wang-Fo, maravillado ante el tamaño de los huesudos dedos, buscó en sus recuerdos, para ver si alguna vez había pintado un retrato mediocre del Emperador o de alguno de sus antepasados, y eso le hiciera merecer la muerte. Pero tal cosa era improbable: Wang-Fo no había estado a menudo en la corte imperial, pues siempre prefería las chozas de los campesinos en la campiña o en las ciudades los barrios de prostitutas y las tabernas del puerto, donde los porteadores arman sus trifulcas.
  -¿Me preguntas qué me has hecho, viejo Wang-Fo? -repitió el Emperador, inclinando su delgado cuello hacia el anciano que escuchaba-. Te lo voy a decir. Pero del mismo modo que el veneno ajeno sólo puede deslizarse hacia nuestro interior por alguna de nuestras nueve aberturas, para hacerte confrontar tus errores tengo que mostrarte los pasadizos de mi memoria y contarte mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la habitación más secreta del palacio, pues creía que los personajes de los cuadros no debían exponerse a los ojos de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar la vista. Fue en esas salas que fui educado, viejo Wang-Fo, pues en torno mío se había organizado la soledad, para hacerme crecer en ella. Con el objeto de evitar que las almas humanas estropearan mi candor, me mantuvieron alejado del nervioso ir y venir de mis futuros súbditos y a nadie se le permitía pasar ante mi umbral, por temor a que la sombra de ese hombre o de esa mujer se prolongara hasta mí. Los viejos sirvientes que me habían asignado eran escasos y se dejaban ver lo menos posible; las horas giraban en círculo; los colores de tus pinturas se avivaban con el amanecer y palidecían con el crepúsculo. Cuando no conseguía dormir, las miraba, y durante cerca de diez años las contemplé cada noche. Por el día, sentado sobre un tapiz cuyo diseño me sabía de memoria, dejaba reposar mis manos vacías sobre mis rodillas cubiertas de seda y soñaba con los placeres que el porvenir me ofrecería. Me imaginaba el mundo, con el país de Han al centro, parecido a la llanura uniforme y ahuecada de la mano, surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A todo alrededor, el mar en que nacen los monstruos, y más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y usaba tus pinturas para que me ayudaran a imaginarme esas cosas. Me hiciste creer que el mar era igual al vasto mantel de agua desplegado sobre tus telas, tan azul, que una piedra arrojada en él tenía que convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y cerraban como flores, como criaturas que avanzan con el viento por los senderos de tus jardines; que los jóvenes guerreros de esbelto talle que custodian las fortalezas en la frontera eran en sí mismos flechas que podían traspasar el corazón. A los dieciséis años vi reabrirse las puertas que me separaban del mundo: ascendí a una terraza del palacio para mirar las nubes, pero las vi menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí que me llevaran en litera a recorrer las provincias del Imperio, por caminos llenos de piedras y lodo que yo no había previsto, y no encontré tus jardines, llenos de damas semejantes a luciérnagas cuyo cuerpo era en sí mismo un jardín. Los guijarros de la costa me hicieron menospreciar el océano; la sangre de los torturados es menos roja que la grana imaginaria de tus telas; la podredumbre de las aldeas me impide ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me causa tanta repugnancia como la carne muerta que cuelga en los garfios de los carniceros; y las risotadas de mis soldados me provocan náuseas. Me has mentido, Wang-Fo, viejo impostor: el mundo no es más que un montón de manchas confusas, lanzadas sobre el vacío por un pintor insensato y borradas sin cesar por nuestras propias lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy su emperador. El único imperio sobre el cual vale la pena reinar es ese en el que tú entras, viejo Wang, por los caminos de las Mil Ondulaciones y los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre montañas cubiertas de una nieve que nunca se disuelve y sobre campos de narcisos que jamás se marchitan. Y es por eso, Wang-Fo, que he buscado un suplicio reservado sólo para ti, para ti que con tus sortilegios me has quitado el disfrute de lo que poseo y me has despertado el deseo de lo que nunca poseeré. Y para encerrarte en el único calabozo del que no podrás salir, he decidido que se te quemen los ojos, pues tus ojos, Wang-Fo, son las dos puertas mágicas que te permiten ingresar a tu reino. Y puesto que tus manos son, con sus diez bifurcaciones, las dos rutas que te conducen al corazón de tu imperio, he decidido que te sean cercenadas ambas manos. ¿Me has comprendido, viejo Wang-Fo?
  Al oír esta sentencia, el discípulo Ling sacó de su cintura un puñal mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo sujetaron. El Hijo del Cielo suspiró y añadió, sonriendo:
  -Y te odio también, viejo Wang-Fo, porque has sabido despertar amor. Maten a ese perro.
  Ling dio un salto repentino, para evitar que su sangre viniera a manchar el vestido del maestro. Uno de los soldados alzó su sable y la cabeza de Ling se desprendió de su cuello, como una flor recién cortada. Los sirvientes se llevaron los restos. Y Wang-Fo, desesperado, admiró la bella mancha escarlata que la sangre de su discípulo había dejado sobre el piso de piedra verde.
  El Emperador dio una señal y dos eunucos enjugaron los ojos de Wang-Fo.
  -Escucha, viejo Wang-Fo -dijo el Emperador-, y suprime tus lágrimas, pues no es este el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer despejados, para que la luz que aún les quede no se enturbie con tu llanto. Pues no es sólo por rencor que deseo tu muerte; no es sólo por crueldad que quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fo. En mi colección de tus obras poseo un cuadro admirable en que se perciben las montañas, los estuarios de los ríos y el mar, infinitamente empequeñecidos sin duda, pero con una plenitud que supera la de los objetos mismos, como los rostros que refleja la superficie de una esfera. Pero esa pintura está inconclusa, Wang-Fo, y tu obra maestra es todavía un boceto. A lo mejor en el momento en que pintabas ese cuadro, sentado en un valle solitario, notaste un pájaro que pasaba volando o un niño que perseguía ese pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No terminaste de pintar las franjas en el manto del océano ni los cabellos de algas sobre las rocas. Y yo quiero, Wang-Fo, que utilices las horas de luz que te quedan para concluir esa pintura, que así contendrá los últimos secretos que has guardado durante tu larga vida. Estoy seguro de que tus manos, a punto de desprenderse de ti, se estremecerán sobre la tela de seda y trazarán las líneas del infortunio, con las cuales el infinito hará su entrada en tu obra. Tampoco tengo dudas de que tus ojos, tan cerca ya de ser aniquilados, descubrirán proporciones que están en los límites mismos de los sentidos humanos. Ese es mi proyecto, viejo Wang-Fo, y puedo forzarte a realizarlo. Si te niegas, antes de dejarte ciego haré quemar todas tus obras y serás entonces como un padre cuyos hijos han sido masacrados y ha visto destruidas sus esperanzas de posteridad. Pero ten presente, si quieres, que esta última orden no es más que una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante que jamás has acariciado. Y ofrecerte pinceles, pigmentos y tinta para emplear tus últimas horas es como entregar una joven cortesana a un condenado a muerte.
  A una señal del meñique del Emperador, dos eunucos trajeron con respeto la pintura inconclusa en la que Wang-Fo había plasmado la imagen del mar y del cielo. Wang-Fo secó sus lágrimas y sonrió, pues el pequeño boceto le trajo recuerdos de su juventud. Todo allí daba pruebas de una frescura de alma a la que él ya no podía aspirar, pero faltaba algo, sin embargo, pues en la época en que Wang había hecho el dibujo no había contemplado todavía con suficiente fuerza las montañas y los riscos que bañan sus desnudos flancos en el mar, ni se había impregnado de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fo eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender amplios oleajes azules sobre el mar inconcluso. Un eunuco acuclillado a sus pies iba mezclando los pigmentos y, como cumplía mal esa tarea, más que nunca Wang-Fo echó de menos a su discípulo Ling.
  Wang empezó poniendo toques de rosado en el extremo del ala de una nube que estaba posada sobre una colina. Después añadió a la superficie del mar pequeñas rugosidades, que no hicieron otra cosa que acentuar la sensación de serenidad. El piso de jade se fue cubriendo de súbita humedad, pero Wang-Fo, absorto en su pintura, no se percató de que estaba trabajando con los pies en el agua.
  El frágil bote que con cada pincelada del pintor había ido aumentando de tamaño ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El sonido cadencioso de los remos se alzaba de repente en la distancia, rápido y vivaz como un batir de alas, y se fue aproximando hasta llenar suavemente todo el salón, después cesó y en los remos del barquero las gotas de agua relumbraron, sin llegar a caer. Ya hacía largo tiempo que el hierro candente destinado a los ojos de Wang se había apagado sobre el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos se alzaban sobre las puntas de sus pies, pero permanecían inmóviles, fieles a la etiqueta. Finalmente, el agua llegó al nivel del corazón imperial. El silencio era tan abarcador, que se habría escuchado la caída de una lágrima.
  Era, desde luego, Ling. Tenía puesto su viejo traje de todos los días y en su manga derecha era visible un descosido que no había tenido tiempo de zurcir esa mañana, antes de que llegaran los soldados. Pero tenía en torno al cuello una extraña bufanda roja.
  Wang-Fo le dijo en voz baja, mientras continuaba pintando:
  -Creí que estabas muerto.
  -Con usted vivo -dijo Ling en tono de respeto-, ¿cómo hubiera podido morirme?
  Y ayudó al maestro a subirse a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de modo que Ling parecía navegar en el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban como serpientes en la superficie y la lívida cabeza del Emperador flotaba como una flor de loto.
  -Mira, discípulo mío -dijo Wang-Fo con voz melancólica-. Esos desdichados van a perecer, si no lo han hecho ya. Nunca creí que en el océano hubiera suficiente agua para ahogar a un Emperador. ¿Qué se puede hacer?
  -No tema, Maestro -murmuró el discípulo-. Muy pronto volverán a estar secos y ni siquiera se acordarán de que sus trajes se hayan humedecido. Sólo el Emperador conservará en su corazón un poco de amargura del mar. Esa gente no está hecha para perderse en el interior de una pintura.
  Y añadió:
  -El tiempo está hermoso, el viento es favorable, las aves marinas están haciendo nido. Partamos, Maestro mío, hacia el país que está del otro lado de las olas.
  -Partamos -dijo el viejo pintor.
  Wang-Fo se hizo cargo del timón y Ling se inclinó sobre los remos, cuya cadencia invadió de nuevo el salón, firme y constante, como el palpitar de los corazones. El nivel del agua fue disminuyendo paulatinamente, en torno a los grandes acantilados que se fueron convirtiendo de nuevo en columnas. Pronto quedaron solamente algunos charcos escasos que relumbraban en los declives del piso de jade. Los ropajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba ciertos restos de espuma en el borde de su manto.
  El cuadro terminado de Wang-Fo estaba apoyado contra una mesa de baja altura. Una barca ocupaba todo el primer plano y se alejaba poco a poco, dejando tras de sí una leve estela que enseguida se cerraba sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres que iban sentados en la embarcación; pero todavía era posible distinguir la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fo, que ondulaban al viento.
  El rumor de los remos se fue debilitando y después cesó, anulado por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante, con una mano sobre la frente a modo de visera, miraba alejarse la barca de Wang, que ya era solamente una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vapor dorado se elevaba y se extendía sobre las aguas. Por último, la barca giró en torno a un farallón que sellaba la entrada en alta mar, la sombra de un risco cayó sobre ella, la estela de su paso se borró sobre la desierta superficie y el pintor Wang-Fo y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel océano de jade azul que Wang-Fo había acabado de inventar.
 

Marguerite Yourcenar  (Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos). Foto: JP Laffont / Corbis

Marguerite Yourcenar
(Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos).
Foto: JP Laffont / Corbis

Marguerite Yourcenar nació en Bruselas en 1903 y murió en Maine, Estados Unidos, en 1987. Ganó fama mundial con su libro Mémoirs d’Hadrien (1951), que fue traducido al español por Julio Cortázar. Yourcenar recibió numerosos premios en Europa, entre ellos el Fémina (dos veces), y en 1980 fue admitida en la Académie Française, la primera mujer en recibir esa distinción. Su texto sobre el pintor Wang-Fo se inspira en una leyenda taoísta; apareció por primera vez en La Revue Européenne en 1936 y después en Nouvelles orientales, un volumen de relatos que la autora publicó en 1938.

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Un comentario el “De cómo Wang-Fo pudo salvarse

  1. Ena
    13/04/2015

    Gracias Rey por este regalo, sin ti los tarugos al “inglé” como yo, no lo conoceríamos. Un abrazo.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 12/04/2015 por en Traducciones.
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