Revista Conexos

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Dulce María Loynaz: la palabra y el silencio

JANISSET RIVERO

 

El gran dilema de un poeta es apresar, en la aparente rigidez de la palabra, la vastedad de la imagen, del sueño, de la premonición, del instante en el que se reinventan la vida y la muerte, en el que se desborda lo invisible. Sin embargo, la poeta Dulce María Loynaz no busca en la palabra el “manto” que la guarde de la humana emoción sino el “cilicio” que se ciñe, o la mariposa suelta que bate las alas en el aire libre “sin llaves y sin velos”. El resultado de esa forma de decir es la palabra que se agranda, que crece hacia arriba como buscando la infinidad del cielo, o hacia abajo como raíz profunda; la palabra que parece seda o agua, o a veces espuma entre las manos del lector. Ensanchar la palabra es un acto de magia y fe.
  Existe otro elemento que agregar a esta concepción de la Loynaz que, junto a la anterior, definen su poesía: la sencillez, la desnudez de la palabra. Como afirmó Rafael Marquina2, la poesía de Dulce María es aquella “en que la palabra, desnuda, escueta, sin apoyaturas sentimentales vale por lo que el poeta entiende y no explica”. Y es precisamente la propia Loynaz quien al exponer sus reflexiones sobre la creación poética, afirma que todo lo que sea adorno o sofisticación de la poesía “ha de estorbar su función de conducir, su aptitud de crecer”.3 La conciente búsqueda de la palabra sin ornamento, que es parte de su ciencia creadora, no solamente responde a la necesidad de su tiempo posmodernista de prescindir del adorno y buscar la esencia de la expresión misma, sino que es la certeza de la sacralizad de la palabra, la necesidad de que saque a la luz con mayor lealtad lo experimentado por el poeta sin incurrir en excesos que deformen, tal vez, todo aquello que jamás podrá expresar. Desnudar la palabra es un acto de audacia. Al afirmar que “sólo con sangre y con espíritu es la palabra digna de nacer”, está poniendo de relevancia su concepción más estricta del sentido ético de la creación como elemento modelador de lo estético. Este es, precisamente, el fundamento que permite a Marquina apuntar que en su poesía “la palabra cobra un sentido inédito, personal, distinto”.4
  Pero, si la palabra que merece nacer es sólo aquella de la sangre y el espíritu, ¿dónde queda lo indecible, lo inexpresable? La respuesta de la Loynaz es contundente: en el silencio. El Poema LIV de su extraordinario libro “Poemas sin nombre”, lo expresa:

Si pudieras escogerlas libremente entre las más brillantes o las más obscuras; si te fuera dado entresacarlas con mano trémula, como hace ante las piedras preciosas el orfebre encargado de labrar una joya real… Si pudieras pescarlas como estrellas caídas en un pozo, o afilarlas como espadas, o torcerlas como seda… Si pudieras disponer de todas las que existen como trigo en sus mieses, y desgranarlas y molerlas y comerlas, no tendrías la palabra que pueda ya llenarme este silencio.

Sugerir el silencio a través de la palabra que esboza una realidad mucho más abarcadora y profunda, vivir “la majestad del silencio donde se oye el latido de las cosas”5, es la convicción que explica de algún modo la singularidad y profundidad de la obra poética de Dulce María. En ella lo expresado es apenas la sombra del milagro mayor. Su mejor elocuencia es el silencio.

 
Lo eterno en lo temporal

No es fácil, cuando se es creador, cuando se tiene la capacidad de expresar con la vehemencia de esta poeta, ceder el espacio de una palabra, al silencio de la palabra sin voz. Allí radica la maestría de esta mujer poeta, porque no se deja seducir por la inmediatez de la belleza fácil, sino que busca, escarba en el alma, se queda quieta para escucharlo todo, para sentir a plenitud el sonido, el sudor, la angustia, el peso, la emoción de la existencia. La humildad para apreciar el inconmensurable valor de la palabra humana y el coraje para callar y encontrar en el silencio la verdadera elocuencia de su expresión, no responden a ninguna técnica narrativa sino más bien son el resultado de una concepción humanista y cristiana de la vida. Estos valores cristianos son los que en verdad constituyen el cimiento de su obra, y sus temas recurrentes tendrán en ellos su fuente primigenia.
  En su primer libro “Versos”, Loynaz inicia su búsqueda existencial. A pesar del cuestionamiento filosófico que plantea en muchas de las composiciones, de ellas también emergen una serie de valores: la humildad, el sentido de servicio, la alabanza a Dios, el rechazo de lo vano (“la palabra vacía -¡el cascabel de las palabras!6), la necesidad de pureza y dulzura, todos de probada inspiración cristiana.
  El cuestionamiento, la duda son dados por la conciencia que adquiere la poeta-mujer de sí misma, del sentido crítico de su existencia, y la búsqueda de una razón propia de vida. Definir las cosas la hace más conciente de la existencia física y la lleva a la existencia mística o espiritual, y así se pregunta en el poema “Si me cortan…” del poemario Versos:

Dime, Señor, en forma que lo entienda,
qué hago yo en esta hora,
en pie sobre la tierra
con mi desesperada esperanza…

Y ya anteriormente, al principio del poema se preguntaba qué haría si le cortaban “el hilo de luz que todavía sujeta el alma ciega de la rueda de noria […] Si me cierran la ventanita al mar donde a veces me asomo a ser espuma”. Este deseo de buscar lo profundo, de desechar lo aparente la lleva a descubrir duras verdades: “Rompí a mis pies los caminos:/ y me quedé sola frente/ a la noche”; y también dulces consuelos, como el que encuentra en la más íntima esencia del amor.

[…] amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día
[…]
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra
por dentro… […]
Amor es perdonar; y lo que es más
que perdonar, es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y morir y resucitar…

¡Amor es resucitar!

Lo que busca es la eternidad, lo eterno en lo temporal o por encima de lo que muere físicamente, de lo circunstancial, como en el poema Siempre, amor: “Siempre, amor:/ por arriba del beso/ que fue comida de gusanos/ y de la rosa que se pudre”. Al buscar su razón se vincula con lo eterno y llega a desear “volver a la raíz remota/ sin luz, sin fin, sin termino y sin vía!” (Divagación). Pero ese tránsito hacia lo atemporal pasa primero por una conciencia de lo vivo, de la belleza de lo natural, de lo que late y crece, aunque esa misma belleza sea percibida en un plano de eternidad, de permanencia. Por eso pareciera más que búsqueda, un sentido de misión la necesidad de encontrar en la fealdad lo bello. En la muchacha coja, o ciega ella puede encontrar vestigios de la más pura beldad. Y su verso, entonces, llega a ver la muerte como posibilidad de lo infinito. Así presenta, en su “Canto a la mujer estéril”, la esterilidad de una mujer como el signo de la pureza consumada. La Loynaz le canta a la “madre imposible” y la llama “pozo cegado, ánfora rota, catedral sumergida”. De pronto, aquello que humanamente podría considerarse una imperfección, se convierte en proeza: “Tú contra lo que quiere vivir, contra la ardiente/ nebulosa de almas, contra la/ obscura, miserable ansia de forma […] ¡Contra toda la Vida, tú sola!…/ ¡Tú: la que estás/ como un muro delante de la ola!”. Es ella misma, frente a la noche, frente a la tristeza, a la duda, al miedo, afirmándose en su humanidad, mezcla de vida y muerte, de materia y espíritu. Es ella frente al tiempo diciéndole que no le pertenece: “Mi hora no está en el reloj…/ ¡Me quedé fuera del tiempo!…” (Tiempo).
  Aunque pareciera que el tiempo no le importa, en realidad éste la define. En su libro “Juegos de agua”, unos poemas parecen como retratos de un instante (irrepetible), otros parecen como ríos eternos, como figuras atemporales. En el poema “La fuga inútil”, el agua del río va huyendo de sí misma, tiene miedo de su propia eternidad; y en “Añoranza”, la poeta desea asomarse a “ese balcón envuelto en las neblinas de la corriente, para ver pasar el agua sin fin y sin principio”. Pero la añoranza de lo eterno no le impide disfrutar y cantar a lo inesperado y sorpresivo de la vida. Precisamente su sed de eternidad alienta la curiosidad por el mundo, por todo lo vivo, lo natural. Le canta a las aves, los peces, los ríos, el mar, las flores, la primavera, las hojas secas, el sol. Todo lo escudriña, lo pregunta, lo quiere saber. Su sentido humanizante de la existencia, de lo que la rodea y la toca física o espiritualmente se ve reflejado en el guijarro, al que la poeta en el poema XXI del libro “Poemas sin nombre”, compara con la estrella, y aunque el guijarro es el guijarro y la estrella es la estrella, cuando ella toca el guijarro lo transforma en algo más, en algo suyo que ama. Es la misma historia de la rosa que el Principito de Exupery no cambia por ninguna otra. Este milagro que sólo el ser humano puede lograr sobre lo amado, transmutación del guijarro y la rosa, en algo más que guijarro y rosa, entraña la chispa de lo divino. Esta certeza, vivida tantas veces, le indica, entonces, que es el amor el único que puede revelar “-como a un golpe de luz- la hermosura de un alma” (Poema XXVI).
  La religiosidad, sin embargo, no aparece solamente a través de los valores del humanismo cristiano en sus temas poéticos. Cuando nos presenta a la novia de Lázaro, en ese extenso y hermoso poema en prosa, en el que esta mujer, simple mortal, que no pudo ser tocada (como Lázaro) por la mano de la divinidad y que espera callada, añorando el pasado aquel en el que no existía el abismo de la eternidad entre ellos, la Loynaz, pretende discernir una forma de acortar esa dura distancia entre la humanidad y Dios. La respuesta es, de nuevo, el amor:

Encontré entre todo lo perdido, la miel que te era grata,
la canción que te hacia sonreír y la que un día te ganó una
lágrima. Y otra vez anudare una cinta en mi trenza, una
ilusión de novia a mi ventana.7

Otro ejemplo maravilloso es la novela lírica “Jardín”, la historia de una mujer y un jardín. Obra que la propia poeta se pregunta en el preludio, si merece el nombre de novela “este ir y venir infatigable, este hacer caminar infinitamente a una mujer por un jardín”8, para al final afirmar que “una mujer y un jardín son dos motivos eternos” (9). Bárbara se llama la Eva de este jardín que reinventa la poeta. Bárbara es Eva (lo sugiere la narradora casi al final de la novela) porque en ella había también “una inmensa y antigua inocencia, al mismo tiempo que una avidez frutal, una actitud perenne de nacer sin haber nacido nunca, de despertar sin saberse a punto fijo en qué noche había dormido su sueño”. (286).

 
La estructura, el estilo, los géneros

En Dulce María Loynaz todo es poesía: el poema, la prosa, la novela, la crónica, el ensayo. Su percepción poética permea los géneros, las formas de expresión, porque ya han trastocado su propia vida.
  Su teoría poética es simple, la expresa en poemas, en conferencias, en ensayos. La poesía para ella es “tránsito a verdadera meta desconocida”, salta de lo visible a lo invisible, traslación, movimiento. “La poesía debe llevar en sí misma una fuente generadora de energía capaz de realizar una mutación por mínima que sea. Poesía que deja al hombre donde está [..] ya no es poesía”.9 La forma exterior la deja la poeta a la entera selección del creador, no piensa que dictar normas sea apropiado. Sin embargo, explica por qué en cada uno de sus libros de poemas habrá al menos un soneto, pues éste justifica que el escoger el metro libre ha sido porque le parece más adecuado. Afirma Josefina Inclán10 acerca de su poesía: “De valores inmutables, subjetiva e intemporal, su poesía alejada de la retórica rigurosa gusta del verso libre, se aparta de la rima y se concentra en el ritmo interior”. Su forma de hacer el verso libre es comentada en un pasaje de Pálmenes Yarza escogido para el libro de homenaje a la Loynaz editado por Ana Rosa Núñez: “Sin romper nunca su ritmo, su poesía acoge el versolibrismo y también las formas medidas que surgen en cuerpo indivisible con el contenido poético. Se observa pues una sola intención: libertad absoluta a la manifestación emotiva, de tal manera que los poemas de medición y rima disciplinada, parecen haber llegado así, haber entrado al carril formal, y haber salido dentro del molde que eligieron en el enamorado trasmundo de la psique”(365).
  Muchas calificaciones ha ganado la poesía de la Loynaz por parte de grandes poetas y escritores de su época y épocas siguientes. La mayoría coincide en que se trata de una poesía posmoderna, intimista, “una poesía oscura, aun no estrenada” al decir de Aurelio Boza Masvidal, que entiende lo íntimo, lo desconocido del alma humana. Pero nadie pudo decir con más claridad lo que la propia poeta revela acerca de su teoría poética en el Poema II de su libro “Poemas sin nombre”: “Yo dejo mi palabra en el aire,/ sin llaves y sin velos./ Porque ella no es un arca de/ codicia, ni una mujer coqueta que/ trata de parecer más hermosa de lo que es”.
  Su verso es, además de libre y lleno de ritmo interior, un retablo de colores diversos pleno de plasticidad y transparencias. Es lo que Cintio Vitier llamó “impresionismo poético”. Por la forma de decir, a veces, trasluce a Lorca, y por su tono calmado y austero de sugerir se acerca al maravilloso Jorge Guillén.
  Estas características se traspasan a la novela, a la crónica, al ensayo. Su novela “Jardín” es lírica, como su autora, su prosa es poema desmontado de la estructura externa de la rima, pero, al final es poesía pura, al estilo de Tagore o de Juan Ramón Jiménez.
  La metáfora es instrumento de humanización del mundo espiritual que experimenta la autora, y el símbolo es su único refugio posible. El diálogo, que aparece en algunos poemas, es ella misma hablándose, desdoblándose, meditando sus temas ante el lector que también es invitado a la reflexión.
  Lo que hace su expresión hermosa es lo que precisamente calla, es ese desamparo, esa desnudez tan familiar a todo hombre y toda mujer. Su esfuerzo poético vale, como vale la esperanza para el ser humano, porque es introspección sincera, sin ambages ni adornos, y es también flecha disparada al infinito desde la sima profunda donde habita el alma en busca de una respuesta al otro lado del silencio. Su poesía es, como afirmada Marquina, su fe de vida.

 
Una mujer-isla

Partamos de la soledad como uno de los temas centrales en la obra de Dulce María Loynaz. Le canta a la soledad: “Soledad, te amo tanto que temo a veces que Dios me castigue llenándome la vida de ti…” (Poema XXX). Ella es la casa vieja que se queja de su soledad en “Últimos días de una casa”. Ella es como la casa “una ausencia cargada de regresos”, y recuerda aquel silencio distinto porque tenía “sabor humano”.
  Y la conciencia de su soledad, que es la soledad de toda la humanidad, la lleva a entender, casi simbióticamente la terrible belleza y el dolor que conlleva para Cuba ser una isla, porque ella se siente como isla también. Lo repite en sus poemas, se lo pregunta “¿Qué es una isla?/ Una isla es/ una ausencia de agua rodeada/ de agua: Una ausencia de amor rodeada de/ amor…” Dice que “la isla es lo menos firme, o menos tierra de la Tierra”.
  Ama a Cuba porque la siente como metáfora de ella misma. Un alma solitaria, permeada de silencio, de voces interiores, de matices diversos que se fecundan entre sí. En la Isla (su isla) se aferra con fiereza a la tierra y echa raíz; y se convierte en ola que a veces acaricia y otras golpea la roca. Porque es fiel a sí misma, es fiel a Cuba. En Cuba vive, sueña y crea mientras pasa la vida. Escribe de otras islas, las visita, pero se queda a morir allí donde tiene anclada su alma. Desde su alto faro ha visto sus mejores amaneceres y también ha visto llegar las peores tormentas, las ha presentido inclusive; y ha visto inflarse al odio “como un globo de tinieblas”.
  Esta mujer-isla, esta cubana profundísima, de raigambre mambisa, de palabra íntima, con su vida y su obra invita a los cubanos (náufragos todos de la inacabada tormenta de odio) a cruzar el puente del retorno, un camino de regreso hacia nosotros mismos. Nadie podría acusarla de traición alguna, ni los que criticaban su silencio, tildándolo de aristocrático porque no entendían cómo al hablar sobre la Avellaneda, afirmaba que “los supremos valores del espíritu serán siempre los que den viabilidad y permanencia histórica a la patria”; ni los que la recordaban o la intuían desde la cruel distancia del destierro que va borrando rostros y erosionando memorias. Por eso hoy no solamente es bueno recordarla, es necesario y sano. Hay que volver a revisar sus versos, a reeditar su aroma y su cadencia. Es tiempo ya de echarnos al camino, regresar al jardín es inminente.

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1 LOYNAZ, Dulce María, Poema II del libro “Poemas sin nombre” en Homenaje a Dulce María Loynaz, Edición de Ana Rosa Núñez, Ediciones Universal, Miami, 1993. P. 147.
2 MARQUINA, Rafael, Conferencia aparecida en la Revista Lyceum, N. 11-12, V. VIII, Septiembre-Diciembre 1938. P. 26-48.
3 Presentación de Dulce María Loynaz en el Lyceum para los alumnos de la Universidad de La Habana, agosto de 1950 en Homenaje a… Op. Cit. P. 253.
4 MARQUINA, Rafael, Op. Cit.
5 Ibidem.
6 LOYNAZ, Dulce María, Versos, en el poema “La Oración de la Rosa”.
7 LOYNAZ, D.M., La novia de Lázaro, Editorial Betania, España, 1991, P.35.
8 LOYNAZ, D.M., Jardín, Editorial Seix Barral, S.A., Córcega, España, 1992, P.9.
9 Presentación de Dulce María Loynaz en el Lyceum para los alumnos de la Universidad de La Habana, agosto de 1959 en Homenaje a… Op. Cit. P. 255.
10 Artículo publicado en el Diario Las Américas, Miami, 5 de enero de 1993, P. 4-A.
 
OBRAS CITADAS
LOYNAZ, Dulce María, La novia de Lázaro Editorial Betania, Madrid, 1991.
LOYNAZ, Dulce María, Jardín Editorial Seix Barral, Barcelona, 1992.
NUÑEZ, Ana Rosa, Homenaje a Dulce María Loynaz Ediciones Universal, Miami, 1993.
 
PERIÓDICOS/ REVISTAS
Diario Las Américas, Miami 5 de enero de 1993.
Revista Lyceum, La Habana, Septiembre-Diciembre 1938.
 

Janisset Rivero (Foto cortesía de la autora)

Janisset Rivero (Foto cortesía de la autora)

Janisset Rivero (Camagüey, 1969). Salió de Cuba exiliada y residió en Venezuela licenciándose en Comunicaciones y Publicidad por el Instituto Universitario de Nuevas Profesiones en Caracas, y más tarde en Español por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en Miami. En el año 2003 termina sus estudios de maestría sobre literatura hispanoamericana en FIU.
Es miembro fundador del Directorio Democrático Cubano. Ha representado al Directorio ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Además es coautora de los informes “Pasos a la libertad” (1997-2008) y “Situación de los derechos humanos en Cuba” (2003-Presente). Asimismo ayudó en la preparación del informe “La tortura en Cuba” (2007).
Dirige el programa radial “Barrio adentro”. También es co-presentadora del programa radial “Valores humanos.
Fue instrumental en la preparación y publicación de la novela “Una tumba sin nombre”, del escritor argentino Fernando Gril en el 2009. Y colaboró en la preparación de los poemarios de los prisioneros políticos cubanos Regis Iglesias Ramírez (2004) y Néstor Rodríguez Lobaina (2006); así como el libro testimonial del prisionero político cubano, Jorge Luis García Pérez “Antúnez” (2000).
Trabajó como editora de la Revista Ideal. Fue organizadora de la peña de lectura e intercambio entre poetas “Poesía desobediente” (2013).
Ha publicado poemas, ensayos y artículos en periódicos y revistas de Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos. Es autora de los poemarios publicados “Ausente” (Aduana Vieja, 2008) y “Testigos de la noche” (Editorial Ultramar, 2014).

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2 comentarios el “Dulce María Loynaz: la palabra y el silencio

  1. Alberto Lauro
    02/07/2015

    Breve ensayo pero esencial. A ella le hubiera gustado.
    Alberto Lauro

    • Janisset Rivero
      02/07/2015

      Gracias Alberto Lauro por esas palabras. Para mi hubiera sido una maravilla conocerla personalmente ya que conocer y estudiar su obra es una gran bendicion.
      Janisset

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Esta entrada fue publicada el 27/06/2015 por en Ensayo.