Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Magdalena y otros poemas

CAMILA CHARRY NORIEGA

 
Magdalena
 
De una vieja ceiba
tres soldados cuelgan a un perro de manchas cafés.
Como repitiendo los gestos de un espíritu cruel
intentan desprender la cabeza del animal
intentan separarla de su cuerpo.
Por turnos estiran la cadena
que une al perro con el árbol
fuman,
ríen
toman aguardiente
en improvisadas copas hechas de totumo.
 
Matan el tiempo entre la selva,
se divierten cuando el perro aúlla
y su llanto animal se extiende tremendo
hasta que al fin la cabeza
del cuerpo se separa.
Entonces toman sus fusiles en silencio
y vuelven por la espesa selva
tranquilos
a sus rondas nocturnas.
 
 
 
Chengue
 
En la radio anuncian que han tomado el pueblo.
Que hubo explosiones
restos de carne que se estrellaron contra otros cuerpos.
Que todo fue muy rápido.
Que las gallinas dejaron en el aire
después de arder bajo el estallido
sus plumas como un ala de neblina
que no permitió ver con claridad
cuántos muertos fueron.
Que fue un horror no haberlos visto bien.
Que deberán regresar en la madrugada para contar los cuerpos
adivinar las formas entre los fragmentos
en pleno domingo,
sin día de descanso,
sin recibir un pago adicional.
  Dijeron, en la radio, que la vida nunca es justa.
 
 
 
No hay fruto en la palabra flor,
solo adentro
en el tremendo temblor que es el poema
que destila la muerte o el amor
lo simple se hace ser.
La lengua es una oruga que bordea el urgente tiempo;
la página posible de realidad.
La palabra temperamental que concibe la palabra flor
como si la belleza fuera el objeto y no su deseo,
su consumación.
Adentro crece la imagen de lo permitido
y en un doble acto de renuncia, lo permitido perece;
gana su unidad y estalla mientras la vislumbra.
Solo adentro el fruto es comestible;
los demás,
veneno.
 
 
 
Cuando caiga la última palabra
bajo el puente y entre los animales muertos
todos puertos que hemos olvidado,
aun existirá el recuerdo de la juventud
para constatar que se ha dejado la piel ante el templo.
 
El amor como el más fiero de los mares
nos devolverá a los pies el esqueleto tibio
de lo que la vida reclamó para que la felicidad o el tedio
hicieran de nosotros.
 
 
Del libro El sol y la carne, Ediciones Torremozas, Madrid, España
 
 
 
6.
 
Olas sobre el ojo abierto de la gaviota abatida
en la arena de la playa.
Difícil saber cuál murió primero.
La ola en la costa que revienta y se divide perdiendo la unidad;
la gaviota muerta en cuyos ojos de agua
se fragmenta el mar.
 
 
 
20.
 
Se abre la tarde; un río.
En su hondura vacilan mis ojos
que temen la entraña de la tierra
su lengua que lamerá mi vientre
y me vaciará de memoria.
 
 
 
16.
 
Vacía
flota en el viento la hoja.
Cae y mientras cae la eternidad penetra.
Su alfabeto, una luz otra, otra constelación
revierte su centro a su decir primero;
raíz, materia sin rostro
árbol ausente
en el paisaje la tarde.
 
 
 
35.
 
La lengua lame el fuego;
  palabra que pone fin
y destroza todos los conceptos.
Lo que existe
arde y duele innombrable.
 
 
 
46.
 
Antes era buena
y me desvestía húmeda y feliz.
Pero aparecieron el tiempo
las mordazas y el veloz segundo
en que el espacio que quedaba
entre mi cuerpo y yo
sólo fue el hastío del deseo,
ya no el pavor de tus labios
que brillaban sobre mi abismo
como una lágrima.
 
 
Del libro Otros ojos, Elángel editor, Quito, Ecuador.
 

Camila Charry Noriega (Foto cortesía de la autora)

Camila Charry Noriega
(Foto cortesía de la autora)


 

Camila Charry Noriega nació en Bogotá, Colombia. Es profesional en estudios literarios y actualmente estudiante de la Maestría en Estética e historia del arte. Profesora de literatura. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoy, Otros ojos y El sol y la carne. Ha participado en diversos encuentros de poesía en Europa y América. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano y polaco.

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Esta entrada fue publicada el 26/07/2015 por en Poesía.
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