Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Carlos Victoria: el regreso que se repite

ELIZABETH MIRABAL

 

Es preciso
que quede entre tú y yo
la helada página de mi tristeza:
que sean siempre tuyas las victorias
y yo reciba el estupor, el olvido.

“Del soldado Narciso a su patria”
Carlos Victoria
(septiembre, 1970-junio, 1971)

 

La novela que Carlos Victoria escribía ya enfermo, adolorido y cerca de la muerte, de la que apenas se leyeron los fragmentos de un primer capítulo titulado “Cuando mi nombre era Pablo”, concebía un regreso. No era el retorno idílico del personaje de Calvert Casey, quien lejos casi toda la vida de su país natal, abandona la urbe neoyorkina, sus libros místicos y sus ropas de invierno en busca de un reencuentro afectivo con un autosugestionado edén de sol, guayaberas y personas que “parecían felices, infinitamente más felices”, en el que, por contraste, halla una muerte violenta.1
  Exiliado y conocedor de la Cuba en la que vivió su infancia y juventud, Pablo Daniel —el protagonista de Victoria— es víctima de un accidente de tránsito a la misma edad con la que el idealista de Casey toma la determinación de quemar sus naves en el Norte. Un auténtico renacimiento, que incluye la protección de un cambio de rostro y un favorable estatus económico, lo incita a planear, en la mejor tradición de Edmundo Dantés, el regreso a la Isla en busca de una venganza.
  No sabemos quién o quiénes han sido el objeto de ese ajuste de cuentas, tampoco las razones que los han hecho merecedores de un castigo. Ni siquiera tenemos la certeza de que la venganza haya tenido lugar. Lo que fuere, ya se ha producido, porque la historia en primera persona que comenzará a contarse, está escrita desde el futuro: “Fui y regresé”.2 Victoria decide jugar con el interés que semejante arranque podría despertar para gran parte de una comunidad por varias décadas exiliada, en parte entregada a la fantasía de una vendetta con la Historia, sin rastros y desde una posición de empoderamiento, pero sobre todo, de un regreso condicionado por precisas exigencias de ajustes. Un país a la medida de un ideal.
  Con posturas coherentes y definidas respecto al sistema instaurado en Cuba —Marcos Manuel el único ámbito en el que recorre una evolución precisa en La travesía secreta es en el político3—, Victoria hereda del poeta romántico José María Heredia la idea de las bellezas del físico mundo y los horrores del mundo moral: ama y gusta del paisaje, el clima, las ciudades en tanto se decepciona del gobierno y la gente de la Isla.
  En “Génesis” —su último texto, escrito, según sus amigos, a modo de torrente, sin muchas revisiones—, Carlos Victoria confiesa estar marcado por una lejanía y una cercanía,4 la misma postura ambivalente que lo conduce a homologar a la patria con sus padres: si de su madre Estrella recibió lealtad, quedó en espera de protección y motivos para enorgullecerse, pues desde adolescente tuvo que asumir la muda de roles que lo convirtió en padre y cuidador de una mujer desvalida y vulnerable, acosada por las constantes crisis nerviosas. De Emelino Consuegra, el padre, nada recibiría, tan solo cierta tranquilidad espiritual y algunas muestras de arrepentimiento tras el reencuentro que forzó en 1994, aguijoneado por la lectura de la novela póstuma e inconclusa de Albert Camus publicada en la primavera de ese mismo año.
  Jacques Cormery emprende en El primer hombre la ubicación de la tumba de su padre en Argelia, un “muerto desconocido”5 en la guerra de 1914, cuando él apenas tenía un año. Al calcular mentalmente su edad frente a la lápida, experimenta una ola de ternura y compasión, pues comprueba que la locura y el caos han permitido que con 40 años sea más viejo que el hombre de 29 allí enterrado. Descubre en la historia de vida de su antecesor, la explicación de sí y de un destino que ha intentado vislumbrar de forma libresca. Victoria intentó igual hallazgo, enfrentando las secuelas de un abandono por parte de Consuegra, todavía vivo en Cuba. La ausencia y la lejanía de él, terminan siendo idénticas a las que lo distancian de un país irresponsable, que no le ha brindado el amparo que demandaba. Ir hasta el padre implica necesariamente un reencuentro con la patria, como comprendió con particular capacidad intuitiva Lorenzo García Vega en su diario de marzo de 1998:

Absurdo: una noche en que se volviera al mundo de los padres. Y Carlos Victoria ha vuelto de Cuba y me habla de su padre. Se ve que Carlos Victoria todavía piensa en el regreso. Sí, a pesar de todo, Carlos Victoria cree en el regreso.6

 

El resurgir de Pablo Daniel guarda relación estrecha con el que provoca el exilio en la existencia de Carlos Victoria. Cuba no solo representaba su tenue vida como escritor, su obra confiscada o destruida, sino también el quiebre y la marca sostenida del alcoholismo y las secuelas de un estigma político (con las consecuencias de ostracismo que ello acarrea) a partir de su expulsión de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana en 1971. Estas experiencias determinarían su decisión en lo referente a un posible regreso editorial a la Isla. En una carta de última voluntad fechada en Miami, el 12 de agosto de 2002, cinco años y dos meses antes de morir, Victoria dejó escrito de forma explícita: “Las posibles publicaciones futuras en Cuba deben aparecer obligatoriamente [subrayado en el original] con una nota biográfica que mencione mi expulsión universitaria, mi encarcelamiento y la confiscación de todos mis manuscritos”. Lamentablemente, en la antología La ínsula fabulante. El cuento cubano en la Revolución (1959-2008), a cargo de Alberto Garrandés y publicada en una colección conmemorativa por el cincuenta aniversario del acontecimiento, esa condición no solo se ignoró, sino que ninguno de los dos herederos titulares de los derechos de autor de Victoria —entre ellos su hermana Josefa Consuegra en Cuba— fueron consultados para permitir o no la inclusión de “Siesta” en dicho volumen. Sobre este tema, Consuegra ha declarado:

Eso lo hicieron sin consultar a los herederos de mi hermano. Soy abogada, no hice ninguna demanda porque no me voy a desgastar en laberintos legislativos, no tiene ningún sentido, y nada voy a lograr si el cuento ya se publicó. En ese momento sí escribí a una persona, dejando claro lo que consideraba una falta de respeto, porque tenían que contar conmigo, y lo que menos se podía hacer era considerar la voluntad de la gente que ya no está.7

 

En los sesenta, Victoria llegó a publicar en Cuba una página de quince pulgadas de largo por diez de ancho en el primer número de El Caimán Barbudo y un poema incluido en una selección de la Brigada Hermanos Saíz que editó la UNEAC. “Tribulaciones” fue en 1965 una de las dos menciones de cuento en el certamen “Séptimo Aniversario” que convocaba el periódico Juventud Rebelde. De cada uno de los ganadores, se leía una escueta ficha acompañada de un pequeño retrato. En el caso de Carlos Victoria Olivera, estudiante de quince años de Camagüey, el recuadro aparecía vacío, con el aviso en mayúsculas: “NO TENEMOS LA FOTOGRAFĺA”.8
  Esa ausencia profetizaba su destino: un nombre acaso mencionado, pero por mucho tiempo sin rostro ni físico ni literario en su país. Irónicamente, en 1967, al presentar Poemas, Luis Marré no hacía ninguna salvedad al asegurar que esas primeras muestras de veintinueve poetas de la Hermanos Saíz, resultaban “testimonio de una realidad gloriosa”, y quedarían como “documento necesario para las generaciones futuras”.9 El más joven de los allí antologados, Carlos Victoria, hablaba en El tiempo se desata de batallas interiores para remontar el dolor –en el que tenía suficiente experiencia para tan poca edad–: “quién pudiera olvidar y renacer de nuevo/ olvidar ya por fin,/ sentirme luego humano/ y subir al ya definitivo,/ inminente,/ al ya eterno comienzo”.10
  Al desvalorizar su obra anterior a los treinta años —es decir, lo poco que logró conservar y que no quemó él mismo antes de irse en 1980 por el Mariel, luego de que en 1978, a raíz de la delación de un poeta camagüeyano que lo acusaba de guardar el original de una novela de otro escritor, le confiscaran todos sus manuscritos en un registro efectuado en su casa, y lo apresaran durante varias semanas—, Victoria dejaba el camino abierto para reconvertirse fuera de Cuba.
  El otro rostro de Pablo Daniel, el protagonista de la novela que nunca llegaría a concluir y a la que le calculaba unas mil páginas, es la máxima expresión del disfraz, de esa identidad disimulada, otra, a la que se aspira en el cuento “Halloween”: el marielito rehúye de su condición tras su inglés impecable, y la fiesta se transforma en una gran metáfora del encubrimiento que sostienen todos, las nuevas poses adoptadas en pos de exorcizar un pasado doloroso: “aquí no hay nadie que no esté disfrazado. Se trata entonces de un auténtico baile de máscaras”.11
  La aspiración de un cambio de identidad, y por lo tanto, de una renuncia a una historia personal opresiva, persiste en varios de los cuentos de Las sombras en la playa, sin importar el espacio geográfico donde estén encallados los personajes. Natalio en “El alumno de Lezama” equipara emborracharse con mudarse a otro país; Adelita, en “El baile de San Vito”, cuando escucha el tocadiscos en Camagüey siente “un vago deseo de ser otra, de tener otro nombre, otra casa, otra vida”;12 en “Liberación”, Julio, el apuesto homosexual con nombre de mes heroico, ya en Miami, experimenta el deseo de viajar: “De perderse. De desaparecer”.13 (Desde entonces, el sueño será otra forma de evasión, un periplo breve y sin riesgos, indispensable pausa y pacífica resistencia como las que experimenta Marcos Manuel en La travesía secreta y, por supuesto, Carlos V. en “Siesta”.) Gertrudis, la prostituta marielita de “La franja azul”, ha cambiado su nombre por el de Susana, cuando Arturo se traviste en la novela La ruta del mago, con la variación de nombre y de apariencia, viene también una nueva vida y otros orígenes:

Yo no me llamo Arturo, yo me llamo María. María de los Ángeles del Pinar y de Soto. Mis apellidos son de noble abolengo, como le corresponden a una camagüeyana, nacida y criada en esta ciudad aristocrática, la única que vale en este país de mierda. Soy hija de un marqués y una poetisa.14

 

El resbaloso —con sus antecedentes inmediatos en un motivo trabajado por Carlos Montenegro (del que tomó su título) incluido en El renuevo y otros cuentos (1929), y por Alejo Carpentier en “Historia de lunas” (1933)—15, ese individuo que durante la crisis económica de los noventa aprovecha las noches de apagón eléctrico para –desnudo y embadurnado con manteca de majá–, desandar La Habana y penetrar en las casas mientras se escapa de quienes pretenden atraparlo, ha adoptado el disfraz de la desnudez, el paroxismo del encubrimiento, cual un superhéroe del subdesarrollo, ubicuo y sin otra proeza que su constante capacidad para disiparse, acaso compartiendo el carácter incorpóreo e impreciso del hermano de Natán Velázquez en Puente en la oscuridad (esa figura acechante, de la que apenas se tienen las líneas de un retrato, una suerte de ciudadano Kane que, claro, nunca será realmente conocido porque ha colocado todas las barreras para evitarlo) o la sensación de protección que ampara al personaje de “El abrigo” cuando se cubre con esta prenda. Si para este último la buena ropa resta timidez, para el resbaloso se trata exactamente de lo contrario. La oportunidad de resurgimiento, de accionar sobre el yo y despojarnos de lo que no queremos ser o representar que ofrece el partir, ha tenido su eco en otros autores y manifestaciones expresivas en el ámbito cubano. Resulta curioso, por ejemplo, que el director León Ichaso haya experimentado en su película Paraíso con la suplantación de identidad del balsero, no solo para ganar otra vida, lejos de un pasado de crimen y drogas, sino también un padre.
  Carlos Victoria prolonga la pretensión ulterior de ser otro a un nivel fundacional. Cuando en “Un pequeño hotel en Miami Beach” establece un paralelo entre el éxodo del Mariel y el advenimiento de los descubridores a América, no solo señala a los exponentes que arribaron por esa vía como una fuerza renovadora del espacio social, cultural y político delineado hasta entonces por la comunidad cubana, sino que crea una genealogía reveladora: los hombres que llegaron al Nuevo Continente lo reconcibieron y renombraron en sus crónicas y diarios, y con él, se reconcibieron y renombraron ellos mismos: haciéndose de propiedades impensables, dejando atrás quiénes habían sido allende los mares, obteniendo en no pocos casos títulos nobiliarios legitimadores y aires de respetabilidad.16
  No es de extrañar que Victoria ideara en una gran obra total un último regreso a la Isla. El volver sobre sus pasos se había iniciado primero en un plano sentimental y subjetivo como el que emprende en “La australiana” María Teresa, cuando al rememorar un salmo: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos a llorar y recordar a Sión”, se percata de que se trata de un lamento emitido por quienes son obligados a marcharse de su patria, sí, pero también de una fidelidad a “la esperanza de un posible regreso”.17 La abuela descolocada, que como varios personajes de Victoria se aferra a su tambaleante y amenazada condición de escritora, que no encuentra idioma en el cual lamentarse, que relee en español los mismos libros, reconoce que su casa en Cuba ha recobrado la densidad de espacio mítico: “ha vuelto a ser, con sus jardines y amplios ventanales, el sitio donde ella siempre quiso vivir”.18
  Otras veces, como en “Las sombras en la playa” y “La ronda”, la nostalgia por un paisaje se funde con la añoranza proustsiana de un tiempo perdido, un anhelo de los sentidos de connotación erótica. Voces que en su huida y exilio intentan lanzar algunas anclas, descubrir sus fundamentos, orientarse en la compleja cartografía que les impone su nueva condición. Ahí está el escritor egocéntrico de “El novelista”, capaz de crear en las circunstancias más áridas y adversas, aferrado a su máquina y sus mecanuscritos como tablas de salvación, mientras busca en la antología de poetas desterrados del XIX cubano “un compromiso, una señal”19 dejados allí por esos otros que lo antecedieron en una decisión vital, de aquellos compañeros a destiempo.
  No es casual que cuando Natán Velázquez conceptualiza lo que implicaría para él recuperar a su hermano, diga que “sería como enfrentarse al fragmento perdido de un espejo”,20 es decir, como recobrarse a sí mismo posando en un borroso paisaje reflejado entre el azogue tramposo y desgastado de ese cuadro mayor que es Cuba en tanto su vínculo con ella se prefigura, fijémonos en la reiteración consciente, en “penoso espejismo”. Quiere un acompañante para ciertos tramos del camino —y se ha destacado con acierto el carácter vial de los nombres de las tres novelas de Victoria.21
  Para entender la importancia y la profundidad del conflicto que significaba para Carlos Victoria la recuperación de sus hermanos, en tanto ganancia de un hogar espiritual que lo cobijara de la desposesión familiar y patria que siempre padeció, habría que traer a colación la frase hegeliana en que se ampara Félix en su carta a la distante Felicia en “Una faja de mar”: no hay amor más puro que el que existe entre hermano y hermana.22 Hondura que se complementa al analizar la gradación de afectos que estructura la casa imaginaria y sin luz de “La mudanza”: en el sótano, en lo más umbrío, húmedo y oscuro, el padre; y en lo más alto, iluminado y fresco, su madre, esa figura recurrente que aparece una y otra vez como ser desasido, aunque nunca de forma tan simbólica como en “El salón del ciego”: Julia emprende la búsqueda desesperada de su hijo Julio César por las calles y bosques de Camagüey en medio de los actos de repudio y violencia atroz contra quienes se marchan por el Mariel. No podemos evitar advertir en su proeza la huella de doña Leonor, desafiante en la revuelta Habana de los sucesos del teatro Villanueva, en pos de su hijo adolescente José Martí, quien no pudo escapar a inmortalizar años después la valentía en el poema XXVII de los Versos sencillos: “No hay bala que no taladre/ El portón: y la mujer/ Que me llama, me ha dado el ser:/ Me viene a buscar mi madre”.23 Solo algo ha cambiado en la anécdota: los sanguinarios voluntarios han sido suplantados por los revolucionarios intransigentes que acosan y golpean a sus propios hermanos.
  Sobrevienen otros regresos ficticios o por sustitución, como al que asistimos en “Un llamado en Manila”: una nueva familia, transgresora e inusitada de dos hombres con un niño, viaja a Filipinas por la similitud que guarda su capital con La Habana. Cuando el pequeño Alex dice que se parece a Cuba, Ismael —mecenas del periplo— confiesa cuál ha sido el verdadero motivo de su elección: “Esa es una de las razones por las que quería venir”.24 Pero Manila es y no es la ciudad perdida, se desvanece la semejanza a medida que penetran en la Filipinas profunda y rural.
  Existen además regresos reales y tangibles como el de la exiliada Ana a su pueblo de interior llamado Concordia, que la expone al riesgo del juicio, el rechazo y el reproche, siendo la concordia precisamente el único sentimiento que a duras penas recibe, o el carnal del personaje de “La franja azul” que solo puede mantener relaciones íntimas con mujeres cubanas y marielitas, del mismo modo que William Figueras en Boarding Home de Guillermo Rosales solo puede completar su pasado cantando junto a Francis el Himno de la Alfabetización.
  La travesía secreta constituye el más tortuoso viaje de retorno a través de la memoria emprendido por Carlos Victoria. Las huellas de ese ir y venir no se limitan a que tras la salida del líquido amniótico camagüeyano, termine por internarse en él, en un retorno circular a la capital de los infiernos a juzgar por la visión de Cuba como tierra dominada por los demonios que Marcos Manuel hereda de su madre. Lo que delata ese mirar atrás es la lucidez política y la intensidad crítica, la terminología de evidente procedencia futura con que el narrador nombra las cosas, completada por la madeja intelectual a través de la cual se filtran casi todas las peripecias del protagonista. Hacia el final, nos percatamos de que leemos la desgarradora crónica de una época que Marcos Manuel ha sido retado a escribir, tanto por el oficial de la Seguridad del Estado que lo interroga, como por Eulogio Cabada, quien al calificar de “yugo” la pretensión de contar todo lo que han vivido, lanza la provocación de manera velada. Si tenemos en cuenta que Marcos Manuel ha estado rodeado de la aureola de ángel y mesías, no debe extrañarnos que haya terminado por asumir su destino como escritor.
  En el campo cultural cubano, Abel Prieto, condiscípulo de Victoria, captaría el carácter de fresco generacional que alentaba su novela, y dejó constancia de los mismos hechos, en especial en el capítulo “Facultad de Humanidades” de El vuelo del gato, donde replica casi idéntica la clasificación de confiabilidad política e integración revolucionaria que existía en relación con las distintas carreras universitarias que aparece en La travesía secreta, además de recrear el ambiente de los hippies en El Carmelo de Calzada y algunas de sus diatribas en torno a The Beatles.25
  Como la tienda La Ilusión, que al final de La ruta del mago es destrozada por la dueña que la ha custodiado, Eulogio Cabada quema los libretos anotados y todo lo relacionado con la preparación de la puesta de La gaviota de Chéjov, en torno a la cual ha gravitado la trama de La travesía secreta. Dos mundos que colapsan, en tanto Abel o Marcos Manuel, los protagonistas, asisten como testigos cuyas posiciones les han permitido explorar un amplio abanico de posibilidades y reacciones frente a un suceso histórico que les ha trastocado la vida a todos. En ambos libros, a esta suerte de extraño salvador, solo le queda la opción de la huida.
  El conjunto de la obra de madurez de Victoria, que se inicia con una alta dosis testimonial en muchos de los cuentos de Las sombras en la playa y en la novela La travesía secreta, se perfila en universo ficcional autónomo a partir de El resbaloso y otros cuentos, hasta alcanzar la transfiguración en títulos como Puente en la oscuridad, La ruta del mago y El salón del ciego. La de Carlos Victoria no es una literatura correlativa del exilio, pues se concentra en perseguir un destino cubano más allá de la geografía: esa Historia que derrota solo es puesta en evidencia por quienes, ya sea por sus inclinaciones sexuales, vicios, gustos artísticos o posiciones políticas, permanecen situados al margen. Es atisbar todo porvenir sin dejar de mirar atrás. Siempre un regreso.

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1 Calvert Casey: “El regreso” en El regreso, Ediciones R, La Habana, 1963, p. 126.
2 Carlos Victoria: “Cuando mi nombre era Pablo” en Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, no. 44, primavera, 2007, p. 44.
3 Reinaldo García Ramos: “Una novela de la simulación cubana (La travesía secreta de Carlos Victoria)” en Puente Libre, Ciudad Juárez, nos. 5/6, verano, 1995, p. 157.
4 Carlos Victoria: “Génesis” en Cuentos completes, Aduana Vieja Ed., Valencia, 2010, p. 13.
5 Albert Camus: El primer hombre, Tusquets Ed., Barcelona, 1996, p. 13.
6 Lorenzo García Vega: “El cristal que se desdobla” en Crítica, Puebla, no. 129, octubre-noviembre, 2008, p. 45.
7 Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: “Momento de Carlos Victoria” en Chakras. Historias de la Cuba dispersa, Ed. Verbum, Madrid, 2014, p. 165.
8 Ver: “Concurso” en El Caimán Barbudo, La Habana, no. 1, 1965, p. 14.
9 Luis Marré: “Introducción” en Poemas. Antología, Ed. Unión, La Habana, 1967, p. 7.
10 Carlos Victoria: “El tiempo se desata” en Poemas. Antología, ed. cit., p. 56.
11 Carlos Victoria: “Halloween”, Las sombras en la playa en Cuentos completes, ed. cit.,
p. 79.
12 Carlos Victoria: “El baile de San Vito”, Las sombras en la playa, ed. cit., p. 86.
13 Carlos Victoria: “Liberación”, Las sombras en la playa, ed. cit., p. 103.
14 Carlos Victoria: La ruta del mago, Ed. Universal, Miami, 1997, pp. 129-130.
15 Carlos Velazco: “Invitación a Carlos Victoria” en Conexos, Miami, noviembre, 2014.
 Disponible en: https://conexos.org/2014/11/02/invitacion-a-carlos-victoria/
16 Ver: Carlos Victoria: “Un pequeño hotel en Miami Beach”, Las sombras en la playa, ed. cit., p. 114.
17 Carlos Victoria: “La australiana”, Las sombras en la playa, ed. cit., p. 120.
18 Ibíd., p. 122.
19 Carlos Victoria: “El novelista”, El resbaloso y otros cuentos en Cuentos completes, ed. cit., p. 313.
20 Carlos Victoria: Puente en la oscuridad, Instituto de Estudios Ibéricos, Centro Norte-Sur, Universidad de Miami, Coral Gables, 1994, p. 1.
21 Luis Manuel García: “Travesías de la memoria” en Encuentro de la Cultura Cubana, ed. cit., p. 34.
22 Ver: Carlos Victoria: “Una faja de mar”, El salón del ciego en Cuentos completes, ed. cit., p. 371.
23 José Martí: “XXVII”, Versos sencillos en Obras escogidas, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 2000, t. II, p. 536.
24 Carlos Victoria: “Un llamado en Manila”, El salón del ciego, ed. cit., p. 405.
25 Abel Prieto: El vuelo del gato, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1999, pp. 53-64.

 

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Elizabeth Mirabal (Foto cortesía de la autora)

Elizabeth Mirabal
(Foto cortesía de la autora)

Elizabeth Mirabal (1986) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Coautora de dos libros acerca de Cabrera Infante: Sobre los pasos del cronista (2011) y Buscando a Caín (2012) y de Hablar de Guillermo Rosales (Editorial Silueta, 2013). Ganadora con La isla de las mujeres tristes del Premio Iberoamericano Verbum de Novela 2014.

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Esta entrada fue publicada el 26/07/2015 por en Ensayo.