Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Si nos llamáramos Guillermo Rosales (una obra frente a la intemperie insular)

CARLOS VELAZCO

 
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Guillermo Rosales leyendo un ejemplar de su Boarding Home, en el área comunitaria del home en el que se inspiró. Al dorso de la imagen, escribió: “Parezco un retirado de los Ómnibus Aliados” (Foto: cortesía de Leyma Rosales)

 

Varios de los protagonistas de Guillermo Rosales podrían reconocerse como un mismo personaje inconforme que atraviesa su narrativa. Una entidad que muta del casi adolescente Agar que en El juego de la viola desdibuja los límites entre los cómics y el entorno hostil de su familia y la pandilla de muchachos de ese barrio costero; al joven Danilo Castellanos que ansía evadirse de la isla tiranizada en “El búnker fantasma”; a Dalmiro, exiliado cubano de tránsito por Madrid en “El hombre de las tres cartas”; al recién llegado a Miami que por escrúpulos en “¡Oh Pitágoras!” abandona su único trabajo y al William Figueras de Boarding Home.
  Un sujeto siempre excéntrico en sus respectivos escenarios, que coincide con el autor. La infancia de Guillermo Rosales transcurre en el habanero enclave de Santa Fe, cercano al mar. A lo largo de la década del setenta permaneció en Cuba distanciado de los círculos intelectuales, colaborando solo en revistas ministeriales de nombres CubaTabaco y Química; al comienzo de su exilio radicó en España entre agosto de 1979 y enero siguiente; a poco de llegar a Estados Unidos fue declarado incapacitado mental y pasó por varios hogares de desahuciados durante los ochenta. Un libro total que el escritor solo alcanzó a dispersar en los escasos relatos que publicó en revistas y en el único título que vio editado, y que se completa con su biografía.
  Tal concordancia ha determinado que se enfatice lo autobiográfico de su literatura, soslayándose la arquitectura ficcional. Maldición que lo persiguió desde que contaba todavía con veintidós años y su inédito Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección resultó finalista en el Premio de Novela Casa de las Américas 1969 y el fallo de Alejo Carpentier, Salvador Garmendia, Noé Jitrik, Ángel Rama y David Viñas, recomendó su publicación. Pese a que Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección oscilaba entre dos planos, uno real y otro fantástico erigido por el protagonista, Jitrik solo destacaría en Bohemia: “…es un libro que revela a un escritor que tiene un mundo y capacidad para expresarlo. Tal vez se transparenta que se trata de un primer libro, por su tema restringido: recuerdos de la infancia en el ambiente de la vieja Habana, antes de la Revolución”.1
  Sus primeros cuentos podrían asumirse como una rescritura de William Faulkner y Ernest Hemingway. Entornos asfixiantes y sin posibilidad de escapatoria donde los perdedores se dignifican en la voluntad de resistir su destino fatal. El campesino de “Oro pa’ Patinegro” urgido de dinero echa a pelear a su gallo favorito en lo que se anuncia un sacrificio.2 La maestra rural de “Algo de las montañas” se empecina, contra al dictamen médico, en una marcha para salvar a un sietemesino.3 “Groggy” es la historia del viejo auxiliar de limpieza de un ring que enfrenta la frustración de su vida en un patético combate.4 Hasta el soldado de once años de “Azogue El Parlanchín” (aparecido en Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias), a pesar de su “vocación más de cuentero que de otra cosa”, acalla las risas de sus incrédulos compañeros de tropa.5
  Franz Kafka —presente en la tiranía de Papá Lorenzo sobre Agar en Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección— solo emerge por esa época en la conflictiva relación del joven escritor con su padre (ya habrá borrado el “Isidro” de sus diplomas y poemas de niño) y en una crítica recogida en Mella: “Dicen que tenía dos grandes obsesiones en su vida: lo infinito y la subordinación. […] Luce como si este hombre, aborreciendo al mundo hueco y agrio de su época, se encerrara dentro de sí mismo y sintiera placer y goce al dar vida a los personajes de sus relatos”.6
  El proceso fue el único tomo que cargó consigo a mediados de los sesenta cuando viajó a reunirse con su familia en Praga, donde Isidro Rosales ocupaba un puesto diplomático. Este aparece mencionado por Virgilio Piñera a razón de su paso en septiembre de 1964 por Checoslovaquia: “[el cónsul] me presentó al señor Rosales (consejero político de la embajada) y este me llevó a casa de Corratgé”.7 En esa Checoslovaquia de 1965, el poeta Heberto Padilla conoció al joven cuentista: “Recorría las calles con un abrigo largo y negro, cargado de libros. Siempre iba solo y apenas se dirigía a los demás”.8 El pintor Salvador Corratgé, agregado cultural de Cuba, contaría de dicho vínculo filial: “Isidro Rosales me trajo unos poemas de Guillermo que me gustaron. Y me dijo que su hijo iba a ser escritor y que eso iba a ser un dolor de cabeza para él, pues opinaba que ‘ese mundillo era el horror’”.9
  Solo una entrevista se le hizo a Guillermo Rosales, y el texto basta como autodefinición literaria al revelar de manera directa las constantes que dan coherencia a su obra. A Boarding Home la describía como “obra desoladora”, “un tanto cruel”, “donde no hay piedad para nadie y no hay mensaje de esperanza”. El amor era imposible también en ese “engendro de la sociedad capitalista, tal como lo fue y lo es bajo el sistema comunista. Al final, nada queda”.10 Partiendo del tono de francotirador de William Figueras, la narración acentúa el desenlace kafkiano de cualquier orden, sistema de valores o tradición (aquello que se establezca como verdad única), al conseguir deshumanizar uniformemente al individuo.
  La predisposición genética a enfocar desde una perspectiva ingrata toda realidad, podría justificarse con un verso de “La isla en peso” de Virgilio Piñera: “Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada”. Guillermo Rosales hace suyo el “Mea culpa” de Louis-Ferdinand Céline: “¡La gran pretensión a la felicidad, he aquí la gran impostura! ¡Es ella la que complica toda la vida! ¡La que vuelve a los hombres tan venenosos, tan crápulas, tan insufribles! No hay felicidad en la existencia, solo hay desdichas más o menos grandes, más o menos tardías, deslumbrantes, secretas, diferidas, disimuladas…”11 A este ensayo, Céline anteponía el epígrafe: “Todavía me faltan algunos odios. Estoy seguro de que existen”, y Guillermo Rosales resume Boarding Home: “Es una novela escrita con odio”.12
  En sus salidas del hogar de desahuciados, solo o acompañado de su doble Francis, William Figueras camina una ciudad que es un home más extenso. La casa aquí no es último refugio sino almacén de sujetos descontinuados. Cada huésped es despojo. Como Tato, el de “cara de boxeador grogui” y “mirada extraviada”, en claro reciclaje de aquel cuento de juventud. Cada victimario es ruina, incluso Curbelo, el dueño del home: “¿Me dio asco desde el principio? No lo sé. Era gordo y fofo, y vestía con un ridículo atuendo deportivo rematado por una juvenil gorrita de pelotero”;13 también Arsenio, el administrador del lugar: “El señor Curbelo le paga setecientos pesos semanales. Pero Arsenio está contento. No tiene familia, no tiene oficio, no tiene aspiraciones en la vida, y aquí en el boarding home, es todo un jefe”.14
  Solo reconociendo un planificado proyecto literario, se acepta la inverosímil afirmación del loco compañero de habitación de Figueras: “Yo soy un esclavo antiguo —dice—. Soy un hombre renacido. Yo, antes de esta vida, fui un judío que vivió en tiempo de los césares”.15 En el asumir la condición ancestral de hebreo, y en el hecho de que cada noche sale a trabajar a una pizzería por comida, Coca-Cola y seis dólares, siendo a la mañana siguiente saqueado por Arsenio, se establece un parentesco con Moisés el Judío de Antón Chéjov, el único paciente que goza del privilegio de salir a diario de la sala número 6, y que a su regreso, también es expropiado, por Nicolás, otro velador, de las limosnas conseguidas.
  Iván Dimitrievich Gromov sin duda resulta un modelo para William Figueras. Es un joven igual de irascible que pasa la treintena, sin recursos, “muy ilustrado, muy leído, y con reputación de diccionario enciclopédico en dos pies”. Si el Gromov reconocía padecer “manía persecutoria”, William Figueras recuerda: “Luego me volví loco. Empecé a ver diablos en las paredes, comencé a oír voces que me insultaban, y dejé de escribir”.16 El boarding home presenta un deterioro semejante al pabellón ruso. Solo que en “La sala número 6” de Chéjov es el doctor Andrés Efimich Ragin quien deviene protagonista tras iniciar una relación de respeto intelectual con Gromov —semejante a la que Figueras entablará con el doctor Paredes a partir de la admiración compartida por Hemingway.
  La frustración de la vocación literaria de William Figueras (recuerda haber terminado una novela que nunca se publicó en su país, igual que el autor solo llegó a ver de Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección dos capítulos en La Gaceta de Cuba en 1969) lo enlaza en inconformidad con el cónsul Geoffrey Firmin de Malcolm Lowry, frustración que en ambos casos refleja la inconformidad con el rumbo de su propia vida. Personajes ambos trágicos. Firmin deambula alcoholizado en Bajo el volcán un Día de los Muertos, así como Figueras presume en las primeras líneas su final: “La casa decía por fuera boarding home, pero yo sabía que sería mi tumba”. La condición de escritor representa en el home la rareza. Arsenio llega a comentarle:
  —Oye… —dice, bebiendo de la lata—. Yo ya te he observado bien.
  —¿Sí? ¿Y a qué conclusión llegaste?
  —Que tú no estás loco —dice, sin dejar de sonreír.17

Excepción también fue Guillermo Rosales, por lo joven, en Central Palace, el primer home en que ingresó, destinado a personas mayores, propiedad de Celestino E. García, esposo de su tía Carmen Ferreronz. Este tío —apodado el Nene entre los suyos, que aparece en las fotografías familiares cuidando al niño Guillermo— fue el modelo que inspiraría a Curbelo.
  Un parentesco une al William Figueras de Guillermo Rosales con otros inadaptados de obras de sus amigos escritores, también inadaptados. El Natán Velázquez de Puente en la oscuridad de Carlos Victoria, cuya existencia se altera en el delirio al que lo vuelca la búsqueda en Miami de su hermano desconocido.15 El marielito Ángelo, guardia de cementerio, de “Alta frecuencia” de Esteban Luis Cárdenas, el cual lamenta: “Esto es una mascarada y, aunque, a veces, uno pueda refugiarse en la soledad, eso, la soledad, es una cosa que va hiriendo en las entrañas…”19 El Juan de El portero de Reinaldo Arenas, obsesionado por abrir a los inquilinos de su edificio en Manhattan otras puertas incluso por él desconocidas, pero más perdurables.
  El protagonista de “¡Oh Pitágoras!” de Guillermo Rosales es casi una prefiguración del William Figueras de Boarding Home. Al renunciar a continuar de ayudante, más que por contribuir a las estafas del fotógrafo Ramsés, al comprobar su inclemencia con los clientes, este le pregunta:
  —¿Cuánto tiempo hace que estás en este exilio?
  —Tres meses —respondí.
  —Jamás levantarás cabeza.
  —Lo sé.20

Termina Guillermo Rosales incluido en la llamada Generación del Mariel, rótulo que integra a otros exiliados cubanos en fecha cercana, anterior o posterior, al puente marítimo de 1980. Tampoco sus integrantes se definen exclusivamente por no haber sido publicados en Cuba, sino por resultar, en el transcurso de finales de los sesenta y principios de los setenta, marginados de una concepción reducida de la cultura, cuando se establecen los límites que menoscaban la libertad del artista y, a la larga, si no de manera simultánea, repercuten en detrimento de la creación artística.
  En “Los hijos de Saturno” de Guillermo Rosales, un grupo de jóvenes escritores consigue liberarse del sometimiento del maestro literario “gordo y locuaz” y “fumador empedernido de tabacos”. Refuerza su condición de epígono de José Lezama Lima que comparta el nombre del rey númida “sofocado” en la Cárcel Mamertina romana, imagen a la que se acude en un momento de Paradiso: “…en la caseta del bañista, convertida en la mazmorra sentenciosa de Yugurta”.21 En otro relato, “El hombre de las tres cartas”, el capricho de desentrañar el truco de un mago callejero en los pasillos del metro madrileño, puede llevar a la ruina al exiliado. El trance es superado gracias a la intervención fantástica de una anciana limosnera a la que se clasifica como bruja: “Estás de paso por este país. Nunca has tenido suerte y no la tendrás jamás. Debes saber que los dioses solo premian el esfuerzo. No juegues más. Escribe. Eso es lo tuyo. Si no fueras tan vago ya tendrías terminada una obra responsable. ¡Escribe!”22
  Es la consagración literaria vedada en Cuba la primera de las aspiraciones que motivan el exilio de Guillermo Rosales, reflejada en los cuentos del libro que dejó inédito: El alambique mágico.23 El propósito de perfilar un proyecto le infunde confianza para abandonar Cuba, como evidencia la postal a su madre en la Navidad de 1979: “Vieja dama indigna Delia Quintana Tu hijo descarriado te desea todo tipo de ventura y felicidad en este 1980. La hallaremos desde Miami. Suerte. Guille”.24 Otra ilusión, vivir junto a Francis en una pequeña casa rentada con el dinero del seguro social, estimula a William Figueras en el plan de abandonar el home. Pero un elemento dinamita de manera subyacente el optimismo de los jóvenes escritores de “Los hijos de Saturno”: el texto que utilizan para probar la mediocridad de Yugurta es un “magnífico cuento de Fitzgerald que, ahora sabíamos, cualquiera de nosotros podría escribir en el futuro”.25 O sea, el texto de ese autor en parte frustrado, los condena de antemano. Buscando el “empujón para escribir” que brinda la bruja a Dalmiro en “El hombre de las tres cartas”, no más terminar su primera versión de Boarding Home, Guillermo Rosales escribió a Reinaldo Arenas:

Querido Reynaldo:
Esto que te mando es solo el borrador de mi novela. Todavía hay que arreglar algunas cosas y agregar otras más. Creo que te va a gustar algo, conociendo tu pasión por el horror y el lenguaje directo como un tiro a boca de jarro. Te repito, es solo un borrador. Pienso ampliarla un poco más. Me dice [Esteban Luis] Cárdenas que quizás puedas hacer algo por esta novela. Te lo agradeceré mucho. Vivo mal y no sabes cuánta falta me hace salir un poco de tanta penuria y soledad.
Sigo atentamente tus éxitos. Todo te lo mereces. Si algo envidio de ti es tu enorme capacidad de trabajo. Siempre tienes algo nuevo y magnífico que decir.
Te recuerdo con mucho cariño.

Guillermo Rosales26

Aquella amistad la refleja Carlos Victoria en el cuento “La estrella fugaz” —cuya idea para la segunda parte acreditaba a Rosales—. Asistimos a las reuniones de tres amigos escritores, marginados y exiliados. William, al que se le atribuye: “escribía una novela sobre una siniestra casa de huéspedes en el corazón de Miami”, reprocha de Ricardo: “Sí, claro, él me admira y me aprecia. ¿Y cómo no me ha ayudado a publicar mis novelas? Él tiene palanca con los editores”.27 A esto, Marcos (la voz que corresponde a Victoria) opone: “Tenía, ya no la tiene. Le han cerrado las puertas por su posición política”.
  Esos embates que los exponentes de la Generación del Mariel debieron resistir por parte de círculos intelectuales y académicos norteamericanos y europeos, que por su condición de izquierda preferían no reconocer la experiencia que contradijera la imagen idílica —en la distancia— de la Revolución cubana, los podemos confirmar en una carta que enviara Gastón Baquero a Reinaldo Arenas:

En casos como el tuyo, el de Valladares, el de Solzhenitsin, etc., ellos prefieren la difamación, el garciamarquismo, el ir cerrándole todas las avenidas al adversario, el no dejarle trabajar en una universidad, etc. No fue Stalin sino el mismo Lenin quien montó el aparato de difamación internacional junto al de prestigiación. Hacer y deshacer figuras es una de sus técnicas más desarrolladas, por la gran ayuda que les prestó y les presta la llamada “intelectualidad de Occidente”, donde hay una cantidad impresionante de comemierdas.28

Carlos Victoria terminó siendo el primer lector de los textos de Guillermo Rosales. En el cuento “Patillas de hacha”, el barbero Alipio, después de treinta años de buscar en Estados Unidos al excapitán del Servicio de Inteligencia Militar que asesinó a su hijo durante la dictadura batistiana, lo tiene ante sí solicitándole servicio. Tras la última oración que conocemos hoy: “Vine aquí porque me dijeron que usted me buscaba para matarme. Pero matar no es fácil. ¿Ahora se da cuenta?”,29 la primera versión continuaba: “Se puso la gorra de guardia, se arregló la pistola ligeramente caída y se fue de la barbería dejando a Alipio pasmado, mirándose las manos inútiles, inservibles para el acto más simple de la vida: matar a un semejante”. Carlos Victoria le anotó: “No sé. Pero me parece también que el final sería más fuerte si terminara con lo que dice el esbirro”.30
  Sobre El alambique mágico, ha planteado Ivette Leyva Martínez: “Es también el [libro] de mayor carga erótica, en momentos en que el escritor era consciente de que pocas mujeres se habían acercado a él”.31 Pero si algo caracteriza a muchos de los personajes de Guillermo Rosales, es que los atraviesa una persistente consciencia del aspecto sexual de sus vidas. Desde que en Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección, la masturbación indica el paso a la adolescencia de Agar, y representa la metáfora de su escape a los maltratos de familiares y conocidos. Leyva Martínez tampoco considera las varias relaciones sentimentales en la vida de Guillermo Rosales: con solo veintiún años tuvo un primer matrimonio con Silvia Cusidó; en 1969 se casó con Silvia Rodríguez Rivero; más tarde se unió (en alianza no matrimonial) a la periodista Lucía Corona; en sus últimos años en la Isla mantuvo un compromiso estable con Laura Dorrego; y en 1987 sostenía una relación con una mujer llamada Lucía.
  Para 1993, su primera novela, Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección, acompañaba a Guillermo Rosales inédita por casi veinticinco años. (En 1986, tras el eco del premio Letras de Oro por el voto único de Octavio Paz para Boarding Home, Mariel Magazine publicó la introducción y su primer capítulo. Es la primera vez que se le atribuye el título por el que la conocemos hoy: El juego de la viola.) Teniendo la promesa de su publicación por Juan Manuel Salvat, director de Ediciones Universal de Miami, la demora obedecía a que había sido presentada por su amigo Pío E. Serrano al Premio Tusquets en Madrid: “Creo que la obra es muy valiosa y que vale la pena mantenerla en el concurso”, se lee en un fax de Serrano a Salvat, en el que le envía el esquema de declaración que Rosales debe hacer llegar a Tusquets aceptando las bases.32
  Era otro el título con que competía el volumen: Júralo por Stalin —tomando el elemento de que Papá Lorenzo, militante comunista, atesore libros de Bujarin y Kropotkin y fotos de Stalin en lo que Agar denomina El Closet de los Recuerdos—.33 Ello obedecía a que uno de los requisitos era que la obra no debía haber sido presentada previamente en certamen alguno, y debía borrarse el rastro de los dos títulos anteriores, de los que quedaba constancia en La Gaceta de Cuba, Bohemia y Mariel Magazine.
  Aquel 1993 Guillermo Rosales esperaba los resultados de su candidatura a la beca de la Fundación Cintas —para la que contó con los avales de Pío E. Serrano, Luis Zalamea y Juan Manuel Salvat— y estaba en medio de gestiones para viajar a España. Pero en la mañana de un martes de inicios de julio, la policía de Miami encontró su cadáver en el apartamento 8 del segundo piso del 138 NW 15 Ave, casi esquina a calle 2, en La Pequeña Habana. También ocupó tres hojas escritas:

Es mi último deseo que mi cadáver sea cremado y mis cenizas enterradas en cualquier cementerio. No quiero velorios ni ceremonias de enterramiento. De mis amigos, solo quiero la presencia de Carlos Victoria, más nadie. Él se hará cargo de todo sin necesidad de que mi [tachado con corrector] familia se ocupe en lo absoluto de mi cadáver.

Guillermo Rosales
Teléfono de Carlos Victoria: 621 5419.
PD. No quiero familiares alrededor mi cadáver [sic].

En otro de los papeles se leía: “No se culpe a nadie de mi muerte. Yo soy el único responsable. Grosales”.34
  La nota necrológica publicada en El Nuevo Herald, citaba la afirmación de Carlos Victoria: “Rosales estaba terminando una novela sobre la guerra de independencia”.35 De ella, Andrés Reynaldo conoció un par de capítulos: “una novela de una poderosa belleza épica, sobre un pueblo llamado Daiquirí”, dijo.36 Y Luis Zalamea la recordaba “situada en la Cuba colonial en tiempos de la guerra del 95 cuando el Bando de Concentración de Weyler”.37
  Sobrevivieron dos variantes del mismo capítulo, una, narrada desde la tercera persona: “Los Cuéllar llegaron a Colón un poco antes de que estallara la Guerra Grande, cuando aún aquellas tierras no se llamaban Colón…”, y la otra, desde la primera: “Llegamos a Colón un poco antes de que estallara la Guerra Grande, cuando aún aquellas tierras no se llamaban Colón…” Desde los sesenta, Guillermo Rosales barajaba un personaje que curiosamente compartía el nombre con una figura vinculada al Partido Conservador de Cuba y yerno del presidente Alfredo Zayas. De entonces, el poeta Félix Guerra recuerda: “‘¿Qué te parece el nombre de Celso Cuéllar?’ Le dije: ‘¿Qué cosa es eso?’ ‘Un personaje para una novela que estoy haciendo. Celso Cuéllar’”.38 También su exesposa Silvia Rodríguez Rivero conoció un avanzado libro titulado Vara del Rey, acerca de la figura del general Joaquín Vara del Rey, considerado el artífice de la defensa española de El Caney durante la Guerra hispano-cubana-norteamericana en 1898, que extendió la toma de esta población de las dos horas previstas por el mando estadounidense a un día entero.39
  Desde su juventud, Guillermo Rosales solía revisitar figuras históricas. Su libreto “La pipa rota de la paz”, para el programa Teatro Testimonio del 27 de diciembre de 1969, sobre la expansión norteamericana hacia el oeste, desacralizaba, por no hablar del presidente Wilson y el general Custer, a Bat Masterson: “Los indios tienen la tierra. Nosotros tenemos las pistolas. Ellos tienen la piel roja, nosotros somos blancos. Ellos tienen sus dioses, nosotros la Estatua de la Libertad”,40 y a Hopalong Cassidy: “El problema indio es un asunto resuelto. He pasado gran parte de mi vida peleando contra ellos. Son obstinados y tercos, pero poco a poco han ido comprendiendo el mensaje de civilización y progreso que traemos nosotros, los blancos del Este”.41
  De la desaparecida novela también sobrevivieron cuatro cuartillas del borrador de una carta dirigida a Adolfo Leyva, miembro de la Fundación Nacional Cubano Americana, que es lo más cercano que nos queda de un plan: “Ya que no puedo volver a Cuba por datos, le aseguro que en Madrid hay suficientes como para tener una imagen más completa de la época y numerosas anécdotas hoy desconocidas. Llevo veinte años forjando esta novela, y tiene que salir”. Comprendemos la razón de su destinatario, y el que en un momento se refiera a la suya como “esta novela patriótica”: buscaba ayuda económica para emprender el necesario viaje a España y terminarla.
  La sencillez con que Guillermo Rosales esbozaba sus proyectos literarios contrasta con la complejidad intertextual con que va vertebrando sus ficciones. Aun cuando son evidentes las influencias o deudas de autores anteriores —incluso más siéndolo—. Elementales resultan los trazos de los varios dibujos que dejó en un cuaderno o al margen de sus mecanuscritos, pero donde están también sus obsesiones, la latencia del sexo y la violencia, y la voluntad de evasión representada en un barco, semejante al elemento que desencadena la alucinante trama de “El búnker fantasma”.
  En “El búnker fantasma” el paisaje que repele Danilo es espejo de la desolación interior del protagonista, como ocurre a Charlie Marlow en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Refuerza el vínculo de los dos textos la visita inicial a una tía. Ambas parientes franquean la puerta al escape: la de Conrad, porque es su recomendación ante un alto dignatario la que consigue el puesto a Marlow en la Compañía en el Congo; la de Rosales, porque es la que posee el dinero que es preciso sustraer para pagar al lanchero que lo saque del país.
  La novela enmarcada en las guerras de Cuba por la independencia de España, abarcaría la producción del ron cubano (siguiendo el desplazamiento competitivo por la Isla de los toneles españoles que se vendían a siete pesos y los de roble blanco norteamericanos, más baratos y de mejor calidad), abordaría la poca colaboración de los hacendados de Occidente, batallas como las del Naranjo y Las Guásimas, las relaciones de Céspedes con sus mujeres, y aparecerían figuras como “el a veces gago” Antonio Maceo y el “seco y tajante” Máximo Gómez. Pero su aspecto más significativo es el siguiente:

La novela trataría de demostrar que la libertad de Cuba nació con una sombra mala (una tragedia) en el aspecto de que Céspedes era un hombre autoritario, como que la historia elude sin pensar que todos los casos tienen su hora bajo el sol. La cuestión se resuelve en mi novela, cuando uno de los personajes fundamentales se vuelve loco, y un día defiende a Céspedes, y al día siguiente defiende a los jóvenes camagüeyanos, sin que jamás se decida a dar su apoyo a alguno de los dos poderes.42

Nótese cómo Guillermo Rosales enfrenta a un sujeto descolocado como el William Figueras de Boarding Home a un dilema similar. Al enmarcar la novela en el siglo XIX, revela una causa muy anterior para un padecimiento eterno. Es la iluminación a la que alude Walter Muschg: “El destierro solo se vuelve realmente poético cuando el expatriado comprende y acepta su situación como un decreto del destino”.43 Comprende Guillermo Rosales, en el caso cubano, un desamparo esencial del ser humano ante la “intemperie” social. Asumo el término “intemperie” de Reinaldo Arenas, cuando en oposición a Alejo Carpentier, en el deseo de marcar distancia estética de aquel del que también es heredero, prefiere identificar “barroco” con “artificio” u “ornamento”, y no con “desmesura” y “asimetría”:

Lo que determina a las Antillas, por lo menos a Cuba, que es el país que conozco, es la intemperie, no el barroco, que es para mí una cosa de gabinete, cerrada y estas islas están abiertas al viento, al aire, al sol; es más bien una literatura desgarrada, abierta a esa cosa de la intemperie donde los personajes entran y salen libremente, hablan, se mueven…44

Pero así como William Figueras en Boarding Home disecciona su situación, semejante al Esteban de El siglo de las luces de Carpentier, ambos no pueden aislarse del torbellino de acontecimientos que los sobrepasa. No deja dudas Carpentier de que la guillotina es el símbolo que precede a la Revolución Francesa en América: la “implacable geometría”. Su Esteban ha vivido antes la entronización de la represión en la propia Francia, no por gusto, cuando el revolucionario español Martínez de Ballesteros empieza su letanía de las injusticias, “temiendo que un vecino pudiera oírlo, invocó el pretexto de tener que comprar papel de escribir para sacar al desaforado a la calle”.45 En una petición que dirige a Victor Hugues, “pensando en quienes pudieran interceptar su carta”, Esteban emplea una estrategia que recuerda al idioma oficial de la Oceanía de 1984: la neolengua, y más todavía, la estrategia del doblepensar: “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica…”46
  No por gusto el escritor polaco Jerzy Andrzejewski —autor de Las puertas del paraíso, novela que ilustra el origen terreno de las utopías y las ideas elevadas e inmuniza contra los efectos de cualquier mesianismo— reconocía en El siglo de las luces: “Cualquiera que haya vivido la ocupación alemana y la fase más dura del estado totalitario, podría leer ese libro como si esa historia sobre ideales traicionados formara parte de su propia experiencia”.47 Pero si Carpentier tomaba de pretexto la narración de sucesos ubicados en la Revolución Francesa para manifestar la decepción de toda utopía, podemos definir a Boarding Home como una novela que hace saldo y liquidación por resumen. Su momento más evidente es el encuentro de William Figueras y Francis con Montoya, el viejo dependiente de la cafetería La Libertaria:

—¿Anarquista? —pregunto.
—Anarquista —confiesa—. Toda mi vida. Combatiendo a los yankis y a los rusos. Ahora estoy muy tranquilo.
Pone los dos panes, ya preparados, en el mostrador y nos invita a comerlos. Luego saca dos cocacolas y las pone ante nosotros.
—En el año sesenta y uno —dice, hincándose de codos en el mostrador— yo, Rafael Porto Penas, el Cojo Estrada, y el difunto Manolito Ruvalcaba, estuvimos juntos en el mismo automóvil con Fidel Castro. Yo estaba al timón. Fidel estaba sin custodios. El Cojo Estrada lo miró a los ojos con firmeza y le preguntó: “Fidel…, ¿tú eres comunista?”.
Y Fidel respondió: “Caballeros, yo les juro a ustedes por mi madre que yo no soy comunista ni lo seré nunca”. ¡Fíjense qué clase de tipo!
Nos echamos a reír.
—La historia de Cuba no se ha escrito todavía —dice Montoya—. ¡El día que yo la escriba se acaba el mundo!48

William Figueras en Boarding Home resulta en un final derrotado, como el Winston de George Orwell. Y existe en Boarding Home una clave orwelliana consciente del autor. Guillermo Rosales situó la acción de su novela en 1984, aunque no se mencione el año. En una de las visitas del Negro —inspirado en Esteban Luis Cárdenas—, este le da la noticia a Figueras de la reciente muerte de Truman Capote. El encuentro de ambos ocurre instantes después de que en una consulta, el protagonista asegure estar a viernes 14 de agosto, y el médico lo actualice en la fecha: lunes 23 de septiembre (lo cual explica que para él, Capote, fallecido el 25 de agosto de 1984, no haya muerto todavía). Para mayor evidencia en ese 1984 en curso, el Negro le regala un ejemplar de la revista Mariel donde ha publicado un poema en la página 6. Figueras lo busca, y dice su título: “Siempre hay luz en los ojos del diablo”, y continúa:
  Me recuerda a Saint-John Perse. Se lo digo. Le halaga.
  —Me recuerda “Lluvias” —digo.
  —A mí también —dice el Negro.49

Si se revisa la colección de Mariel, en la entrega correspondiente al verano de 1984 apareció un poema de Esteban Luis Cárdenas. Su título es “Y con tinieblas fue cubierto” y la página en que se recoge es la 8. La cifra del 6 corresponde a ese número de la revista, y en la misma se publicó una traducción de José Lezama Lima de Saint-John Perse, para mayor coincidencia, un fragmento del poema “Lluvias”. Por tanto, Guillermo Rosales nos presenta de manera velada Boarding Home como la materialización contemporánea del futuro mundo de 1984, donde los mecanismos inherentes a los gobiernos totalitarios se entronizan de una manera más sutil, y por ende, efectiva, en la sociedad capitalista desarrollada.
  En el cementerio Woodlawn Park, en el South West de Miami, está enterrado Guillermo Rosales. Indica su tumba un rectángulo metálico en el que están grabados también una cruz, una Virgen de la Caridad del Cobre y el nombre de su tía Carmen F. Vidal. A un lado, hay otra lápida, la de Celestino E. García, fallecido en 2009: “Por toda una vida de ejemplo en la tierra, una vida eterna de gloria en el cielo”, reza la inscripción. No es una ironía que tras la muerte de ambos, continúen tan cerca los restos de aquellos que sirvieron de materia prima a William Figueras y al señor Curbelo. Boarding Home focaliza entre los seres humanos ese individuo averiado resultante de la Historia cubana, tanto en la Isla como en el exilio. Pues la condición de averiado no resulta privativa de William Figueras. Al escritor no lo acompaña ni “un sauce ni un ciprés”, como advertía Juan Clemente Zenea, solo corresponde la siguiente información:

Guillermo Rosales
Abril 12, 1946
Julio 6, 1993

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1 Noé Jitrik en “Entrevistas: Una mención y dos recomendaciones” en Bohemia, La Habana, 1969, p. 67. [Archivo del autor.]
2 Guillermo Rosales: “Oro pa’ Patinegro” en Mella, La Habana, no. 207, septiembre, 1962, pp. 36-39.
3 Guillermo Rosales: “Algo de las montañas” en Mella para los Recogedores, Santiago de Cuba, no. 1, 1962, pp. 4-5.
4 Guillermo Rosales: “Groggy” en Mella en Oriente, Santiago de Cuba, no. 8, 1962, p. 13.
5 Guillermo Rosales: “Azogue El Parlanchín” en Verde Olivo, La Habana, no. 51, diciembre 22, 1963, pp. 22-23. [Agradezco al investigador Ricardo Luis Hernández Otero la referencia para localizar este relato.]
6 Guillermo Rosales: “Franz Kafka” en Mella, La Habana, no. 253, enero, lunes 6, 1964, p. 17.
7 Virgilio Piñera: Carta a José Rodríguez Feo, Milán, 16 de septiembre de 1964 en Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978 (comp. y pról. Roberto Pérez León), Ed. Unión, La Habana, 2011, p. 236.
8 Heberto Padilla: “Las consecuencias de la soledad” en El Nuevo Herald, Miami, sábado 10 de julio de 1993, p. 14A.
9 Salvador Corratgé: En entrevista con Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, 8 de enero de 2014.
10 Guillermo Rosales: Entrevista en Mariel Magazine, Miami, año 1, vol. 3, 1986, p. 4.
11 Louis-Ferdinand Céline: “Mea culpa” (trad. Pablo Montoya Campuzano) en Revista Universidad de Antioquia, Medellín, no. 272, abril-junio, 2003, p. 30.
12 Guillermo Rosales: Entrevista en Mariel Magazine, ed. cit.
13 Guillermo Rosales: La casa de los náufragos (Boarding Home), Ed. Siruela, Madrid, 2003, p. 12.
14 Ibíd., p. 23.
15 Ibíd., pp. 20-21.
16 Ibíd., p. 14.
17 Ibíd., pp. 36-37.
18 Tanto Carlos Victoria como Guillermo Rosales fueron rechazados por sus medios hermanos por la vía paterna con los que trataron de reunirse, en el caso del segundo, una hermana llamada Ana Dagmar de Fátima Rosales-Loynaz.
19 Esteban Luis Cárdenas: “Alta frecuencia” en Un café exquisito, Ed. Universal, Miami, 2001, p. 76.
20 Guillermo Rosales: “¡Oh Pitágoras!” en Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, no. 40, invierno, 2007-2008, p. 55.
21 José Lezama Lima: Paradiso, Ed. Unión, La Habana, 1966, p. 125.
22 Guillermo Rosales: “El hombre de las tres cartas” en El alambique mágico. [Inédito en español.]
23 Bajo el título de Leapfrog and Other Stories (New Directions, Nueva York, 2013) fueron recogidos en inglés El juego de la viola y cinco relatos de El alambique mágico: “El diablo y la monja”, “Patillas de hacha”, “La mujer ilustrada”, “Oh Pitágoras” y “El búnker fantasma”.
24 En Guillermo Rosales Papers, CHC5275, caja 1, Cuban Heritage Collection, Universidad de Miami.
25 Guillermo Rosales: “Los hijos de Saturno” en Mariel (edición especial), primavera, 2003, p. 30.
26 Guillermo Rosales: Carta a Reinaldo Arenas en “Reinaldo Arenas Papers”, Serie 2: Correspondencia, 1980-1990: caja 26, carpeta 3, Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Biblioteca Firestone, Universidad de Princeton.
27 Carlos Victoria: “La estrella fugaz” en Cuentos completos, Ed. Aduana Vieja, Valencia, 2010, p. 254.
28 Gastón Baquero: Carta a Reinaldo Arenas en “Reinaldo Arenas Papers”, Serie 2: Correspondencia, 1980-1990: caja 23, carpeta 4, l. cit.
29 Guillermo Rosales: “Patillas de hacha” en Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, no. 40, invierno, 2007-2008, p. 50.
30 En Guillermo Rosales Papers, l. cit.
31 Ivette Leyva Martínez: “Guillermo Rosales o la cólera intelectual” en Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, nos. 26/27, otoño/invierno, 2002/2003, p. 107.
32 Pío E. Serrano: Fax a Manuel Salvat, 6 de enero de 1993. (En Guillermo Rosales Papers, l. cit.)
33 Agradezco al escritor Pío E. Serrano la posibilidad de revisar esta copia.
34 En archivo del autor.
35 Maydel Santana: “Defunciones: Guillermo Rosales, escritor cubano, a los 47 años” en El Nuevo Herald, Miami, julio, 1993. (Recorte en Guillermo Rosales Papers, l. cit.)
36 Andrés Reynaldo: “La hora del artífice” en El Nuevo Herald, Miami, sábado 10 de julio de 1993, p. 14A.
37 Luis Zalamea: “Elegía para Guillermo Rosales” en El Nuevo Herald, Miami, lunes 19 de julio de 1993, p. 8A.
38 Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: Hablar de Guillermo Rosales, Ed. Silueta, Miami, 2013, pp. 101-102.
39 Ibíd., p. 147. Otro escritor cubano, Antonio Benítez Rojo, a fines de la década siguiente volvería al inusual respeto que desprende la figura del general Vara del Rey entre los cubanos, evocando al inicio del primer capítulo de su ensayo La isla que se repite la tarja de bronce que le rinde tributo en las ruinas del fuerte El Viso. (Ver: Antonio Benítez Rojo: La isla que se repite. El Caribe y la perspectiva posmoderna, Ed. del Norte, Hanover, 1989, pp. 1-2.)
40 En Guillermo Rosales Papers, l. cit.41 Ibíd.
42 Ibíd.
43 Walter Muschg: Historia trágica de la literatura, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1948 [1977], pp. 488-489.
44/span> Cristina Guzmán: Entrevista a Reinaldo Arenas en Reinaldo Arenas: La vieja Rosa, Ed. Cruz del Sur, Caracas, 1980, p. 113.
45 Alejo Carpentier: El siglo de las luces, Ed. R, La Habana, 1963, p. 133.
46 George Orwell: 1984, Ed. Destino, Barcelona, 1997, p. 42.
47 Sergio Pitol: “Prólogo” en Jerzy Andrzejewski: Las puertas del paraíso, Universidad Veracruzana, Veracruz, 2010, p. 15.
48 Guillermo Rosales: La casa de los náufragos (Boarding Home), ed. cit., pp. 70-71.
49 Ibíd., p. 36.
 
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En 1959, el adolescente Guillermo Rosales junto a su hermana Leyma, el día que marchó rumbo a la Sierra Maestra como maestro voluntario y fumó por primera vez (Foto: cortesía de Leyma Rosales)
 

Carlos Velazco (La Habana, 1985) Coautor de Tiempo de escuchar (2011) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (2014). Compiló y prologó los cuentos de René Jordán en el volumen La angustia del sábado (Editorial Silueta, 2015).

Carlos Velazco (Foto: cortesía del autor)

Carlos Velazco
(Foto: cortesía del autor)

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Un comentario el “Si nos llamáramos Guillermo Rosales (una obra frente a la intemperie insular)

  1. Maria Cristina Fernandez
    26/07/2015

    Descanse en tus palabras el genio lúcido y perturbado de Rosales, aunque no tenga en el camposanto ni sauce ni ciprés, Gracias.

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Esta entrada fue publicada el 26/07/2015 por en Ensayo.
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