Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Ancla el pretérito y otros poemas

ANA CECILIA BLUM

 
Ancla el pretérito
 
Frecuentar las sillas que dejamos,
los pájaros encuentran allí la tarde.
 
Saber si en el patio nos espera
el juguete,
los árboles que trepamos
y esos frutos
que no quisieron
madurar.
 
Buscar el columpio
en la distancia de otros soles,
hallar sus asientos vacíos
de risas de vuelos,
palos vencidos
ante el peso
de las estaciones.
 
Tantear el agua turbia
guardada en el aljibe,
atisbar en el fondo
las ruinas de la casona
y descubrir que ya nada,
nada conserva tus ojos de niño.
 
 
 
La noche es el espejo
 
Y en el espejo está el relato,
un andar por las arcillas
de todo lo que fuimos
todo lo que no fuimos
en la intención en la desidia.
 
Vamos, hacia los filones
del pasado,
costumbre sombría
de los pasos
cuando es de madrugada
y el desvelo
un alevoso.
 
Es la noche, su dominio,
ases guardados
en la manga oscura,
barajas en los cristales
refractarios,
hasta que uno vuelve
a encontrarse,
fundirse
con la repetición del sol
y sus disfraces.
 
 
 
Rituales
 
Recoger botellas de vino en la mañana
y esperar en su vacío las respuestas.
 
Apuntar más de un verso
en las pupilas de mi gato,
el ritmo en sus pasos de pantera.
 
Retornar al río hijastro del deshielo,
a la tarde detrás de las lomas coloradas.
 
Hundir los dedos en la nieve,
perder el tacto de los días.
 
Voltear hacia el desierto
desempolvar al dinosaurio
dejar que sobreviva de mis huesos.
 
Caminar la yerba seca de los filos,
lo perdido en las orillas.
 
 
 
Que la ciudad te devore
 
Inicia el ceremonial de los pies descalzos:
restriégate los ojos,
sacude la cabeza,
busca el espejo,
luego el café.
 
No hace falta decir que es otro día,
las calles,
la parada del metro,
el quiosco de las mentas y el diario,
las notas de un violín desde la esquina
reclaman tu tránsito.
 
No te rindas,
busca los zapatos,
el maletín,
la sombrilla,
el libro que mitigue la embestida.
 
Concluye el rito,
la ciudad te espera
y tiene hambre.
 
 
 
Ser de aire
 
Torbellinos entran
y salen de esta casa-cuerpo
a cualquier hora.
 
Vórtices
me arrastran a otros mares.
Corrientes
colman mis alforjas de otra arena.
 
De vendavales se hace mi trayecto.
De tornados mi memoria.
 
Todos los huracanes del mundo llevo adentro.
 
 
 
Canción de ayer
 
Busco el sol de la feliz locura
que colgaba de los dientes,
la infancia tardía
cantando por las calles
El disco chino y La gallina co-co-uá.
 
“Co co ua ua,
co co ua ua,
co co co co ua…”
 
Libres éramos libres
de tejidos y jirones,
de mesuras y misiones,
de dolencias y de muertes.
 
Busco esos días de sube y baja,
de “sale y vale”,
claros purísimos lentos.
 
Y mientras más los busco
más se pierden.
 
 
 
La carta
(Versión del día malo)

 
El café está listo
humeante,
otro día
zozobra de pies sobre el mármol frío.
 
Uno se niega a los afanes de incendiario,
decide mojar los cerillos,
vender a descuento la bencina,
abrir la ventana
y dejar que la mañana cure
los malos pensamientos.
 
Los esfuerzos son vanos
para qué engañarse,
pronto se devuelve a uno mismo
-el ser de siempre-
el que termina buscando el fuego
con la pluma en la mano
escribiéndole esa carta a Ella
invitándola a vacacionar en los pantanos.
 
El café humea,
se sostiene la taza
como la última esperanza,
pero una taza de café en la mañana es otro día,
otro año que resbala en occidente,
la insistencia en las rutas del retorno,
el terror a la reiteración de los espejos,
este cansancio hacia la vida.
 
Francamente
todo habla en la taza de café por la mañana,
se empuña el esfero con la sangre,
se rinde al acoso de los dioses,
se decide finalmente
poner firma poner sello
y enviar esa carta.
 
 
 
En mi casa
 
Libros que son peldaños
y se suben
para alcanzar el sol.
 
Versos salpican lluvia
entre letras de Sabina
entre exquisitas uvas viejas.
 
El color lo cuenta todo
desde el grito, el beso,
la noche estrellada,
los huesos de Frida.
 
La voz sagrada de mis gatos,
timbre avisador
a las seis de la mañana,
ronroneo feliz
después del alimento.
 
Y el amor:
dos seres aleatorios
que se amparan
desamparan
cada día.
 
 
 
Supervivencia
(Para escribir)

 
Cualquier trabajito que apenas espante el hambre
y nos deje para comprar libros, música, ajenjo
y el tiempo para salir a vagar con la metáfora
y la libertad para contemplar el ancho camino de la
                    / hipérbole.
 
Cualquier trabajito que compre y fermente
el ser en las noches bohemias,
conducta necesaria que exige el poema
para madurarse.
 
 
 
Hacia la luz
 
Si hay algo que decir
decirlo.
Incendiar las soledades,
el tedio,
los delirios.
Soltar los andenes del tren
que va hacia la misma ruta,
a la misma estación.
 
Ordenar las cosas,
el escritorio,
la casa,
la vida
y encontrar ante el hábito
la estrategia.
 
Hurgar hondo
en el purísimo cuerpo del aire
que recala y resume
desde nuestro propio cuerpo.
 
Espera poco de los otros.
Celebra sin anhelos.
Únete al asombro
en la humildad de los instantes.
 
 
 
La jornada
 
Fieras gigantescas.
Filos de acantilado.
Falsetes de sirenas.
 
Que llegue yo liviana,
en vuelo, en brisa,
en barca de luna,
en gota de cielo.
 
Que sea yo Penélope y Ulises,
la jornada y la Isla.
 
Que sea yo el nácar, el coral, el ámbar.
Que sea mi talego la advertencia de los sabios.
 
El destino no, el camino. Ahora lo comprendo.
 
Un telar yo soy, un telar yo llevo.
 
 
 
La canción del caminante
 
Ascienden
las urgencias del éxodo,
los sueños del caminante,
soles sobre el hombro,
lunas en la boca abierta.
 
Olvidar esta máquina
que jamás podrá recorrer
las florecillas de la tundra,
o descubrir lo que el puma de montaña
al olfatear el viento,
¿acaso osará descifrar las profecías ancestrales
del búfalo blanco?
 
Me esperan
los bríos verdes de húmedos bosques.
El temblor azul de ríos y de mares.
Los tórridos valles de la muerte.
El ojo tieso de los lagos congelados.
Saguaros como soldados erectos
atacando el ocaso.
 
Hay tierras que terminan
donde empieza la jornada.
Hoy lo entiendo.
 
Soy ahora el caminante,
existencia de hierba y horizonte,
de cima de piedra de cascada.
 
Arriba de las áncoras está el viaje.
 
El viaje es la ruta. El viaje es el destino.
 
 
De Áncoras (CreateSpace, 2015)
 
 

Áncoras (CreateSpace, 2015)

Áncoras (CreateSpace, 2015)


 

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Ana Cecilia Blum (Foto cortesía de la autora)

Ana Cecilia Blum
(Foto cortesía de la autora)

Ana Cecilia Blum (1972). Poeta y ensayista ecuatoriana. Sobreviviente de Poliomielitis. Ha publicado los libros: Descanso sobre mi sombra, Poesía, 1995; Donde duerme el sueño, Poesía, 2005; La que se fue, Poesía, 2008; La voz habitada, Poesía (co-autora), 2008; Todos los éxodos, Antología Personal, 2012; Libre de Espanto, Poesía y Prosa, 2012; Poetas de la Mitad del Mundo, Antología de Poesía escrita por Mujeres Ecuatorianas, (co antóloga), 2013; Absurdities, Ficción Breve, 2014; y Áncoras, Poesía, 2015. Grado y Posgrado en Ciencias Sociales y Literatura. Ha sido invitada a leer su obra en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos dentro del marco del encuentro literario La Pluma y la Palabra en Washington D.C.; ha participado en varios festivales literarios en América y Europa, entre ellos el Encuentro de Poetas Iberoamericanos de Salamanca, y la Feria Internacional del Libro de Miami. Actualmente ejerce la enseñanza del idioma español como lengua extranjera; es editora de la Gaceta Literaria Metaforología; y colabora con varias publicaciones digitales.

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Un comentario el “Ancla el pretérito y otros poemas

  1. Isabel
    13/09/2015

    Qué belleza tus poemas, Anacé! Cada línea, cada verso. Es un deleite leerlos.

Los comentarios están cerrados.

Información

Esta entrada fue publicada el 31/08/2015 por en Poesía.
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