Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El camino del río

O.T. SOCAS

 
El camino del río
 

Madrugadas de New York con el abrigo abierto. Mis senos se congelan a toda velocidad por el Lincoln Túnel (vagina enorme que me introduce en el vientre de la ciudad). Menstruando gotas de hormonas muertas, aferrado a la última célula viva, un sentimiento anacrónico se impulsa hasta el timbre de tu puerta. El humo de la lluvia mancha los cristales, agrede los árboles del patio. Te desabrocho con mi inservible orgullo de dos semanas, una postal enamorada, días de cigarrillos, cafés, pastillas de tranxene. Recorro tu frente con la yema de mis dedos, abro mi mano sobre tu oreja y no logro detener el ruido atormentador. Tu palidez europea inunda de luz la habitación, las pecas de tus hombros resbalan al piso donde mueren como estrellas de espuma, tiemblas a la puerta de mi espíritu, me tocas con las manos de Chopin, mientras la ciudad respira agitada y flotamos en una llanura blanda. Se envenena la noche con el humo del subterráneo, tiene convulsiones, se hunde en el infinito; con ella caemos entre partículas de carne y nervios. Cada miércoles y viernes conduciré por las curvas del camino del río, así como conduzco por tu cuerpo elástico; caminarás de una esquina a otra tratando de encender un cigarrillo, evitarás mi mirada.

Fort Washington Street: Todo me arrastra a ti, el líquido de sus glándulas, las vibraciones espasmódicas, mis sandalias calientes de agosto. Calle de mi asesino frustrado. Tres meses bordeé el río, compré periódicos y revistas con la mirada fija en el hueco de subway, o el parque donde las ancianas planeaban sus días, sus tés, sus recetas. Bajo los árboles, los esqueletos de las tardes pérdidas dibujan sus sombras como un augurio. Entre el monóxido de carbono y el apuro del mundo damos la espalda a la calle del lugar que ya no importa. En el sofá repito que no me pasa nada aunque me pase todo; tu nombre se llena de espinas, no tienes por qué mover un ventrículo de tu corazón a mi favor. Pudo ser el vidrio que respirabas y tu apuro por vivir en otras realidades. Te escondí donde no llegan los curiosos, nadie nunca sabrá de las horas donde tu elegancia se transformaba en vómitos y miedos. Te devuelvo, me deshago de mis extremidades, ningún médico remediará tu ausencia. Allá lejos las velas huelen a cerezos y nadie descongela tu traje gris. Quieres regresar, has dejado todo por hacer, mi coche desaparece en la oscuridad, entre curvas pienso en tus ropas de Macy’s, tu indecisión donde pasar las navidades. No quiero subir hasta la puerta. Te reintegro como quien se arranca una herida, solo me importa el marcador de gasolina, poder llegar y dormir, y no pensar. Volver al origen es más cruel que quedarse en la mentira. Cuelgas del espejo retrovisor como un amuleto. A toda velocidad por el Washington Bridge y las curvas del River Road, de regreso a New Jersey, que siempre espera con sus pueblitos suspendidos en el tiempo, sus cientos de años borrosos y solitarios, sus carruajes invisibles y cementerios abandonados donde yacen miles de inmigrantes. Tropiezo contigo en el estéreo que se quedó encendido, al voltearme en la cama, y preparar la cena. Almuerzo con parientes mientras vas a la iglesia, mañana no sabré que haces, con quien repites mi actos. La tranquilidad de mi buhardilla es tan falsa, como las mariposas de la ventana por las que resbala la nieve. La fiebre de los músculos me habita, todo se ha empolvado en unas horas. Muerdo el vacío mientras observo las líneas de mis manos, sentada sobre la cama donde la primera vez; busco otro camino, no el del Río, otro que me devuelva a mí misma.

Tú siempre ahí, helado, gris, con tus sombras apoderadas de mis arenas, pensándolo bien para secarte o desbordarte, sucio siempre, caiga nieve, caigan hojas esqueléticas, así se hunda en ti una lata de coca cola, una cartera, la llave de algún hogar desconocido, un asesinado, o un suicida.

Soy un violín contra una orquesta de terror me oculto en la niebla que esconde la ciudad, en el aire que respiro y me infecta incurable. No importa donde vaya, te quedaste con lo mejor o lo peor de mi tiempo, eres parte de la regurgitación del soplo con que existo.

 
 
Este poema pertenece al libro Casajena (2008), el cual está disponible en Amazon. Para adquir un ejemplar pinchar en el enlace:
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Casajena (2008) de O. T. Socas.

Casajena (2008) de
O. T. Socas.


 
O. T.  Socas (Foto cortesía de la autora)

O. T. Socas
(Foto cortesía de la autora)

O. T. Socas (La Habana, Cuba). Ha escrito, poemas, ensayos, artículos y relatos, publicados en diferentes revistas y periódicos impresos y online. Fue editora cultural de El Nuevo Hudson, semanario de The Jersey Journal, donde trabajó durante 11 años como Asistente de Editor y News Librarian.
Su libro de poesía Casajena fue finalista del concurso Letras de Oro de la Universidad de Miami.

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Esta entrada fue publicada el 07/11/2015 por en Poesía.
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