Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Arquitectura del recuerdo

ALEJANDRO MESA

 
Arquitectura del recuerdo
 
Me leí La hierba roja,
no ahora,
un libro traducido del francés hace tiempo,
quizás no tanto.
Lo leí días atrás.
 
Generalmente cuando pienso en un libro me fumo un cigarro,
si no hay nadie,
porque detesto pensar;
pero fumé involuntariamente sin reivindicaciones o autocontrol,
y como sucede a veces, casi por casualidad,
puede ser la textura áspera del borde de la hoja de una yerba de nombre
[efímero,
o el reflejo tardío de aquel peptobismol entre todos irrepetible,
expandiéndose polvoriento al cielo de mi boca,
inundando polvoriento y rosado el interior de los cachetes,
colgante y lánguido sobre la garganta
el cadáver apolillado de la termita,
o el olor ubicuo de las pastillas junto al fregadero,
anticipo del after shave torpedo detonado en vano,
con su eco de bip salvador entre los cables,
o la abeja de polen peluda,
que adhirió su trozo insoportable a mi antebrazo pulmón,
que en la cima de una toz jamás espectorada se detuvo grangrenoso,
como el fango que formó el orine junto a las raíces,
o la fantasmal,
las ahora fantasmales caricias de la arena,
confundidas con las rítmicas caricias del diente de perro,
a través de la mordida fría con que el piso descalzo me limita,
o la misma aguja que siempre retorna
a pinchar el dedo,
rutinaria y decapitadora, nuevamente,
con su girar de rueda, mi dedo otra vez
pero no
como tampoco las repetidas resonancias de la rota rigidez del mismo espejo
[reiteradamente roto,
no el agua entre escaras y fomentos,
incluso no el agua,
no el agua.
 
Sino el aire que filigrana y holograma,
sentencia,
voluble bajo la yema palpitó,
hundiéndose la guitarra contra los dedos temblorosos, respirando agitados
las vibraciones grávidas de las otras guitarras,
también mis ojos oscilaban un poco.
 
Catecismo, Wolf,
quizás las sotanas, las canciones ensayadas…
pero eran muy alegres y yo tan postmoderno
yuxtaponía las cinturas barnizadas al cadencioso cartílago de su oreja,
que aunque era perfecta no que fuera tan perfecta,
como su nuca tan nuca la nuca de la monja,
aunque era bella podría decirse,
ni la erección más que preludio,
el atisbo de aquella otra atemporal
proyectándose lúcida…
profecía,
ahora es recuerdo.
 
Fatruvil la mía, si supieras
las veces que me vengo sin un orgasmo.
Ya no sé decir tu nombre,
simulando tus espacios con mis labiosazules.
 
Fui Lazuli, ¿recuerdas?
de algún modo fui tantos Lazulis y a cada vuelta,
cada rotatura,
acechábamos los amantes
que supieron de péndulos,
discernir entre las vísceras un eje nuevo,
hilo de oro de plata,
vocal tartamuda de mi alma.
 
Aquí, hecho una puta,
restriega contra la acera su pinga
el perro lampiño.
 
Fui santuario, por tu mano corrompido,
que tus pestañas mitificaron
en su paso por la sima
de tus párpados redentores, incólumes,
tan todopoderosos
que horadaron la iglesia:
el féretro vomitó gusanos.
 
No imaginamos, Fatruvil, que entenderías el funcionamiento de la máquina,
nosotros que tal vez la diseñamos,
y minuciosamente ajustamos las poleas,
tenemos un entendimiento perfecto del engranaje,
no supusimos tu capacidad de Alzheimer.
Observamos estupefactos,
todos los Lazuli, Wolf y mis nosotros,
desde algún incómodo rincón de las miradas horizontales,
tu vuelo laxo.
 
De más está decir qué tan protocolarmente regresé a la casa,
para atender al velatorio,
yo con mi traje para circunstancias muy sociales.
Oramos,
balanceando las manos sobre el hueco.
Genuflexiamos mi ataúd y mi lápida.
Incluso una ostia póstuma sin demasiado vino.
 
Al hueco, tierra.
Al hueco, pozo.
Sofóquese la llaga infértil, de modo que la escara
purulenta no sangre que no sea,
que a los ojos piedras contra el cráneo piedras
atravesando todo lo que ya no sea,
sentencien,
como a lo demás.
 
El penúltimo hipo de estertor y sangre,
canta:
 
Quién sustituya tu ombligo con escarcha.
Quién tapice tu boca por sombrillas,
para evadir tus centros que me ahogan y tauman,
o pudiera,
eternamente morir el paraíso
de los desmemoriados.
 
Quién pudiera ay si pudiera,
Fatruvil la mía singarte
como se singan los perros cuando no saben de amor.
 

Alejandro Mesa (Foto de Eva M. Vergara)

Alejandro Mesa
(Foto de Eva M. Vergara)

 

Alejandro Mesa (La Habana, 1994). Ganador con sus relatos de los Encuentros Provinciales de Talleres Literarios de La Habana: segundo lugar en 2005 y 2009, y primero en 2007. Incluido en la antología S.O.S. Ternura (Ediciones Extramuros, 2008). Mereció el Premio Especial Ediciones Extramuros 2009 y el Premio Especial de la Asociación Hermanos Saíz en el Encuentro Provincial de Talleres Literarios de 2012. Poemas y narraciones suyas has aparecido en diversas revistas literarias. Ha publicado El descenso (Editorial Silueta, 2016). Autor de la novela “El desmemoriado” [inédito].

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Esta entrada fue publicada el 17/12/2016 por en Poesía.
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