Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Áspera despedida a la inocencia

ALEJANDRO LORENZO

 
Áspera despedida a la inocencia
 

A Carlos Victoria

 
Rememorar ahuyenta el deseo de no seguir con vida.
 
Eran las once de la mañana de un invierno del 1970
Ansiosos trescientos muchachos agrupados alrededor del monumento
a los chinos caídos en combate, amarillo por la mierda de los pájaros.
esperaban la llegada de los verdes autobuses.
Se trataba de trescientos muchachos con huellas en la expansión de sus
                                [sonrisas
Pertenecí a esos trescientos que asechaban a la sombra de gastados portales
el arribo de sus exterminadores.
 
No me arrepiento de haber seguido el grito de una abrasadora tristeza.
 
En aquella despedida no estaban los padres
con los pañuelos humedecidos por el llanto.
Imposible derramar una lágrima a los que nunca deberían haber nacido.
En definitiva no éramos héroes que se encaminaban hacia una sangrienta
                                [batalla.
Y los padres siempre lloran por los hijos que serán héroes o suponen
que morirán en la epopeya de una causa justa
En el adiós ninguna cámara hizo la gran portada.
Y es difícil hoy saber como eran nuestros verdaderos rostros.
 
Éramos derrotados en el cauce de una supuesta gran victoria.
Éramos los que nadie quería mirar de frente
porque una vez desafiaron al cadáver
que tenía medallas hasta en los labios.
 
Nos cerraron la puerta.
Prohibido el paso al reino de la redención
Éramos los que dormíamos desnudos en los arrecifes,
en aquel literal sumido en una perpetua oscuridad
Nos gustaba escuchar a toda hora la elegante sinfonía del Abbey Road
sin saber el idioma de aquellas canciones
Usábamos mascaras para confundir al que le pagan
por clasificar la conducta del hombre.
Quienes realmente fuimos aún no lo sé, supongo que nunca lo sabremos
 
Rememorar atrae a los que ya no pueden hablar.
 
Meses antes de haberse creado aquel contingente, los gendarmes le sacaron un ojo a uno de los nuestros, y el muchacho falleció desangrado con una palabra luminosa entre los labios.
EL Ojo allá lejos todavía nos culpa de haberlo olvidado, el Ojo que aún cuelga sobre una ciudad sin nombre ni montañas.
 
Antes de partir un teniente nombrado Elías calmaba la incertidumbre.
con palmaditas en la espalda.
Paciente anotaba la brevedad de nuestros nombres.
Quería conocer el sarcasmo del que sumergía los pies en el asfalto.
Indagaba por qué perdí el verdadero camino
para dedicarme a pintar cruces
que sólo trascienden al caer el sol
en la recámara de una iglesia abandonada.
En mí no encontró respuesta.
Sobre mi rostro una risa enorme giraba
contra cualquier interrogación.
Risa sin orden, indetenible, salvaje
como la veloz carrera de un animal acorralado.
Al pasar los años supe que le quitaron los grados.
Lo hicieron chófer de transporte público
e iba por la ciudad sin memoria
Y su cara, aquella extraña cara de misionero,
no era ya la suya.
 
Cuando llegaron los verdes autobuses
entramos en ellos jubilosos y obedientes. No había por qué temer.
Los altavoces hablaban del gran sacrificio.
Lentamente dejamos atrás la ciudad
que un discurso arrancó todas sus luces.
La ciudad donde cancelaron el ruido de vender café
y empanadas de pescado.
Y su farmacia se transformó en un hueco negro
para asfixiar la desobediencia de los borrachos.
Y la barbería no volvió a deslumbrar a un cronista alemán.
Atrás quedó mi calle,
la cual devoraba con disfrute el orden de sus viejas historias.
Un relámpago atroz transformó el paisaje y a los hombres.
Un relámpago nos mato.
 
Las parejas se separaban
porque pensaban encontrarse en el porvenir.
Los hijos tenían que ver a sus padres
en las ruedas de los centrales
y sus padres al verlos les regalaban sus manos
como quienes ofrecen las hojas de un atardecer.
El dinero no valía nada.
Uno podía comprar el pasado
igual que se adquiere la cola de un pez.
Podía comprar el olvido de un amor casual
o el amuleto para colocarlo
en los funerales de tu propia muerte.
 
Como la mayoría creí en el extenso cartel que anunciaba:
No habrá oscuridad en los teatros.
Por las calles las frutas rodarán, las paredes corroídas y sucias
serán estandartes inmaculados para envidia de otras naciones.
Las fachadas serán azules, -repetía mi madre
desde su último lecho, -y nadie cargará los baldes
desde remotas cañerías.
Las voces de los pregoneros volverán a danzar por las avenidas.
Y todos nos sentiremos grandes al mirar de frente el humo de los trenes.
Ya se compran miles de objetos para que nadie robe el bien común.
Las inclinadas casas de los callejones serán apartadas de los hombres.
Tu amigo Emilio Dingolondango recopilará
por fin los datos de la tierra prometida,
sin ser molestado en las bibliotecas públicas.
Así hablaba mi madre
que era el eco de otras voces estafadas,
así hablaban los inocentes
que no querían ofender al que tragaba con ferocidad el tiempo
de un pueblo que ciego lo seguía.
 
Como todos tenía fe en aquellas pancartas que prometían que las antañas
profecías ya no estarían tan distantes de cumplirse.
 
Y el que intuía que todo aquello podía ser una gran locura,
el que sabía que la música de una comparsa siempre será pasajera.
El que sospechaba que hay algo más
que el entusiasmo de un carnaval,
y luego viene la vertiginosa caída.
A ese, lo mataban con el silencio.
 
 
II
 
Arribamos al campamento Verdún cuando atardecía.
El campamento fue el tatuaje que llevaríamos hasta el final de nuestras
                                [vidas.
Por las promesas de que no habría más ceniza mezclada en la sangre
Por la animada plegaria que exterminaría la desesperanza,
sacrificamos aquel Submarino Amarillo que cambiaría el destino del
                                [mundo.
Los campesinos del caserío cercano al vernos corrieron a encerrar a sus hijos y a sus mujeres por temor a que fueran contagiados por la lepra de nuestra mala apariencia.
Una docena de pulcros y jóvenes comisarios nos alojaron en dos barracas. En el centro, un largo y ancho comedor, y en su cornisa central un cartel: Bienvenidos jóvenes voluntarios.
Era la pecera donde transcurrida la primera semana separarían los peces indeseables de aquellos aptos para deslizarse por el gran torrente que haría única y grandiosa toda la nación.
Nos adentrarnos en el insomnio de la yerba. Y los casi un millón de soldados alemanes y franceses despedazados en el verdadero Verdún, nos contemplaban desde la eternidad con cierta sorna.
Avanzaba un experimento social.
La mala yerba desyerbaría a la mala yerba enredada en los fértiles campos.
 
Allí residió el que abandonó su carrera de historiador
por defender al que llevaba el atuendo de mujer seductora.
El hijo que cruzaba los puentes en busca del padre cuando lo encontró supo que una lápida al otro lado del mar siempre pierde la memoria
Estaba el mejor ajedrecista preocupado por la pólvora
de un remoto combate del cual se sentía culpable de no haber participado.
Allí deambulaban los infantes sin cabezas
Que hacían sereno el movimiento exacto de las horas.
 
Bienaventurada la Flor de la campana cuyo brebaje nos hizo ver al Dios que nos enseñaron que no existía.
 
De noche nos volvíamos una tribu en torno a las fogatas,
mientras escuchábamos al trovador que alababa al que luego sería su
                                [verdugo.
Debajo del techo de las barracas empezó a cabalgar el sexo.
Niños con niñas, niños con niños, vírgenes devoradas por otras vírgenes,
el lobo sobre el cuerpo de la doncella deslumbrada por sus descomunales
                                [colmillos.
Y en medio de aquel caos, devoramos con pasión los libros proscriptos.
Porque entre fatiga y sol, muchos leían y otros escuchaban
y aprendieron en aquellas improvisadas lecciones
que la humanidad anhelaba el fresco de la medianoche
y el canto de los poetas.
Que la humanidad, no soportaba más trincheras,
cráteres y humo, para que nacieran monstruos
en búsqueda de otros monstruos.
Los que nunca fuimos escuchados,
queríamos que los ejes del poder
terminaran el absurdo juego de desintegrarlo todo
para volver a integrarlo todo.
 
Y en los vientres de las madres se gestaron otros árboles torcidos.
 
Oí decir a la violada por doce estibadores
Que en la mañana menos pensada al despertar seríamos pateados
y trasladados a prisión.
Que si se cumplía el engaño que presentía se fraguaba
por venganza, se acostaría con todos los hombres y mujeres que encontrara
en una gran orgía que matara para siempre su sinuosa sombra de meretriz.
Pero la mayoría no le hizo caso a sus presagios.
Eran los tiempos de creer en un destino feliz,
sin saber que nunca tendríamos un destino.
 
Todos fuimos culpables de un crimen que nos dejó sin rostros
todos fuimos cómplices del caos, y de una alianza imperdonable con la
                                [desidia.
 
 
III
 
Nadie escapa de una Revolución sin haber sido tocado por las bestias.
Nadie puede borrar de un golpe la época en que creíamos ser el sombrero
                                [del mundo,
sin estar consientes que ni siquiera teníamos cabeza para colocarnos aquel
                                [sombrero.
 
La mala memoria de los pueblos hace que se repitan las grandes y pequeñas
                                [tragedias.
No hay escarmiento. El polvo disperso que fuimos y seremos,
siempre estará en silencio.
Porque si los muertos hablaran, la verdadera historia de los pueblos
                                [cambiaría.
 
Sin embargo un trepador en la cima del poder sugiere que se haga una
                                [crónica
sobre aquel contingente.
¿Acaso tan fácil es trasladar al presente aquellos trescientos muchachos que dedicaron sus canciones al blanco traje de las casas que nunca llegaron habitar?
 
Extraviadas están las coordenadas.
Es demasiado tarde para reconstruir cada confesión declarada
cuando esperábamos hundidos en la maleza el amanecer.
A la dócil muchedumbre poco les importan nuestros nombres
El árbol calcinado no da frutos aunque se invoque al Dios de la foresta.
 
A veces desde mi precaria existencia, algunos de aquellos muchachos se
                                [asoman
y me sonríen.
A veces desearía apartar de mis visiones a la audaz bailarina
que tenía tatuado en la espalda el nombre de todos los héroes, pero ella aparece de súbito en el rostro de cada mujer que amo.
Nunca tendremos un presente porque nuestro pasado fue un sueño.
 
Es posible que después del lodo vertido en los ojos de un pueblo,
los trescientos muchachos sólo sean un incidente menor en los bolsillos de
                                [un loco.
O imágenes difusas, o colmena sobre una tierra infecunda.
 
Ninguna reclamación podrá traer al magnífico caminante nombrado
                                [Mezclilla
que colocaba golondrinas en la boca de los fusiles.
Por más que quisiera un poeta, le será imposible redimir la obra mutilada en aquellos concursos donde detectaban posibles conspiradores.
El extenso informe solicitado
no reconcilia a los decapitados que yacen tumbados en ambas orillas.
El territorio de mis escombros ha dejado de trasbordar al bosque
el esplendor de los ciervos.
 
Fue la utopía, que continua igual a un eco que se desvanece en una cueva habitada por cómplices y hacedores.
Sí, una despiadada utopía que arde en las manos de los hombres que una
                                [vez
la acariciaron.
El pérfido disparo que hubo de entrar en los espejos de nuestras vidas, para que nunca volviéramos a creer en el advenimiento de la primavera.
 

Alejandro Lorenzo
(Foto: cortesía del autor)


 

Alejandro Lorenzo (La Habana, Cuba, 1953). Pintor, escritor y periodista. Estudió arte en la Academia San Alejandro. Ha publicado, en poesía, La cuerda rot (1991), La piedra del cielo (1994) y Antes y después del mar (1999). Sus relatos de Cuentos de Mateo (1992) aparecieron en edición bilingüe por Pureplay Press en 2004. Reside en EE. UU.

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Esta entrada fue publicada el 20/08/2018 por en Poesía.